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Caballo Loco el Guerrero Místico (Parte I)

Permalink 13.03.08 @ 22:14:24. Archivado en Historia, Guerras, Invasiones

Eran los tiempos de la expansión y de la conquista, del desarrollo y el progreso de la civilización blanca, de la sociedad del fenómeno industrial, de los herederos de otro imperio. El vasto territorio de Estados Unidos escondía insospechadas riquezas, fuentes de luminosidad para una nación en busca de su destino.

El general George Armstrong Custer estaba sentado en el interior de su tienda de campaña. Sus capitanes le mostraban el mapa del territorio. Serpenteantes ríos, oscuros despeñaderos, poderosas montañas, interminables planicies cubiertas de hierba, escarcha y neblina, de colosales rebaños de búfalos.

Afuera, el Séptimo de Caballería del ejército acampaba seguro de su capacidad destructiva, de su habilidad para borrar enemigos de los cuadrantes terrestres. Nobles guerreros, adalides de la patria, descansaban después de duras jornadas, mientras los líderes discutían los pormenores de la próxima campaña.

Mientras Custer se pasea entre sus subordinados, se envanece de sus victorias, con altanería recuerda sus éxitos. Se engrandece recordando la adquisición de sus galones a una muy joven edad: General a los veintitrés años y ahora, a los treinta y siete, su ambición no le permite menos que aspirar a la Presidencia de los Estados Unidos.

Conocido por los indios como Cabellos Largos o Rizos de Oro había egresado con lauros y honores de la Academia Militar de West Point en 1861. Ese mismo año comenzaba la guerra civil.

Dos años de enfrentamientos sin tregua, de fatigas, de interminables periplos bajo el rigor del sol, azotados por la nieve y la lluvia, de derramamiento de sangre por toda la tierra estremecida por el ruido de los cañones y el zumbido de las balas, por el aullido de los soldados que agonizaban y por la risa de la muerte enseñoreada sobre la tierra oscura.

Custer era ya una leyenda, alguien que debía ser visto para asegurarse de que era un ser real. Vertió más sangre enemiga que cualquier otro soldado. Elaboró exitosas estrategias, destruyó fuertes, arrasó emplazamientos, quemó ciudades, masacró trincheras, sometió pueblos, quemó pastizales, arruinó cosechas.

Era un estratega genial. A algunos les recordaba a Aníbal Barca a otros Julio César, para otros era un genocida feroz y soberbio, una instrumento de la muerte frío y despiadado.

Custer peleó en la legendaria batalla de Gettysburg. Allí enterró el asta de su pendón, rasgó la tierra con sus botas y blandió su cuchillo mientras el suelo era bañado con sangre y vísceras enemigas.

Al concluir la fratricida guerra, Custer fue enviado a castigar a los rebeldes e indomables Cheyenes y Arapahoes, incapaces de entender la supremacía del hombre blanco, ensoberbecidos por defender la tierra donde sus ancestros habían vivido y donde yacían para siempre sepultados. La tierra del búfalo, del trigo y del maíz, era ahora apetecida por el apetito de expansión de los “cara pálida”.

Llevaba 700 soldados. Le bastaron para masacrar a hombres, mujeres y niños mientras avanzaba. Entraba con la fuerza de un demonio de viento y fuego al territorio de las naciones indias, aterrorizadas por la impiedad del titánico guerrero de los cabellos de oro y la mirada de hielo.

El río Washita se torna rojo por la sangre derramada. Los muertos son tantos que amenazan con desbordar el cauce. El general sube a una pelada colina para otear el horizonte, para ver la desolación que ha ocasionado. Algo de escarcha caía y el frío calaba hasta los huesos. Puede distinguir los anillos de humo que ascienden desde la tierra quemada, donde los cuerpos comienzan a descomponerse. Este ha sido su estreno en la memoria colectiva de los aborígenes estadounidenses.

Casi diez años después, se descubre oro en las Montañas Negras de Dakota. Los mineros invaden ese lugar para desgarrar las entrañas del círculo de cerros en medio del cual habitan los Cheyenes y los Sioux, los más antiguos habitantes de aquellas zonas.

Estas dos tribus se ven amenazadas y organizan un gran ejército para defender su nación, su cultura, su historia y sus vidas. Armados con rifles de repetición, son comandados por un joven guerrero llamado Caballo Loco. Le han llamado así porque sus sueños han sido invadidos por salvajes equinos cuyos cascos despedazan la pradera.

Cabellos Largos creyó que podría someter a los salvajes con rápidos ataques y un intenso bombardeo de cañones. Intentaron un golpe contundente, pero fueron repelidos con fiereza y eficiencia. Enérgicos en la agresión, los Sioux hicieron huir a los soldados. Precipitadamente, la oscura mancha de los batallones escapaba con los estandartes rotos y los heridos desmoronándose sobre la planicie.

Los indios eran expertos tiradores, además de consumados jinetes. Acribillaron a los soldados. Entonces, Custer incapaz de concebir la derrota y mucho menos la huída, arenga a sus tropas. Habla del furor del combate, del honor, de la dignidad y el orgullo, de la muerte, de la sangre y del dolor, del imperio del hombre blanco, de su epopeya, de su conquista de aquellos territorios donde los salvajes pastan como parásitos adoradores de ídolos y del sol y la lluvia.

En un campo abierto a varios kilómetros, Caballo Loco establece su estrategia. Atacarían a los soldados formando círculos concéntricos. La fuerza de su avance los constreñiría hacia un punto del cual no podría salir ni cambiar de dirección, oprimidos por sus propias fuerzas.

Era la filosofía del regreso a las fuentes de la existencia donde también asomaba su torva faz la fantasmagoría de la nada, del retorno a los páramos de la soledad, del silencio y de la oscuridad. Mientras ellos empujaban a los soldados al punto medular de su circunferencia, los hombres blancos intentarían con la centrífuga fuerza empujar hacia los abismos a los valientes guerreros cubiertos con penachos y cruzado el pecho con cintas cargadas de balas... Continuará...

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