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El Cocinero del Terror

Permalink 10.03.08 @ 18:13:15. Archivado en Cultura, Historia, Ficción

Uno de los personajes más aterradores de nuestra galería de asesinos ha sido George Kart Grossman. Nació en la localidad alemana de Neurepen en 1863. Bajo los designios de una noche de relámpagos, este monstruo se dedicó a una de las más diabólicas costumbres, asesinar.

Le dominaban las perversiones más atroces. Su corazón latía al compás de un mórbido deseo de verter sangre humana. Humeaba su cerebro ante la posibilidad de proporcionar dolor y sufrimiento.

Desde muy joven fue un degenerado sexual. Sádico y maligno, fingía ser un individuo encantador, lleno de encanto, incapaz de levantar sospechas. Detrás de una resplandeciente sonrisa, tras unas azules pupillas llenas de brillo, se asomaba una espantosa entidad del mal.

Abusaba de los niños. Les seducía con el tintineo de cascabeles y canicas. Les invitaba a la contemplación de truchas en un estanque solitario, parcialmente oculto por una abundante floresta.

La primera de sus víctimas era un pequeño de ocho años. Con la ingenuidad y el asombro de un niño de esa edad, para quien todo lo desconocido es atrayente, el chico fue conducido con el pretexto de descubrir un lugar donde aparecían hadas y duendes.

Le golpeó con una roca. El niño cayó sobre un manchón de hierba. Sangraba copiosamente, mientras Grossman le miraba con detenimiento. Le rozaba la cara con los dedos mientras sentía en su interior una especie de frenesí y de temor. Pero más pudo la delectación por la escena del pequeño moribundo. De pronto, le llegó un aire de arrepentimiento, pero no por el hecho propiamente, sino por el sufrimiento ocasionado.

Sepultó el cuerpo cerca de un promontorio de tierra. A lo lejos escuchó voces y se apresuró. Dejó unos hierbajos sobre la improvisada tumba y trató de dispersar cualquier evidencia que delatara su presencia.

Pasaron más de dos semanas y sus temores de ser descubierto se disiparon. Nada se escuchó sobre la desaparición de un niño de ocho años, nada sobre un joven de diecisiete que le había concedido un pase al más allá.

Sin embargo, el impulso de destrucción le acometía con fiereza incontenible. Hielo por dentro, nada de reflujos morales ni de silencios de arrepentimiento. Grossmann comenzó a disfrutar lo que consideraba ahora un juego de evasión y supervivencia...pasó el tiempo...

Grossmann vivía en esa casa desde hacía unos ocho años. Por allí pasaron chicas. Muchachas pobres y de mediana condición económica. Engatusadas con el cuento de obtener una forma fácil de ganar dinero, ingresaban al terreno del maléfico sujeto embelesadas por suaves palabras y dignas maneras.

Su modo de operar consistía en seducirlas con promesas de salir de la pobreza, de convertirlas en personalidades famosas de la danza o del canto, tal vez en actrices. Les mostraba daguerrotipos de mujeres famosas que según su falso discurso, habían sido elevadas a un sitio de prestigio gracias a su apoyo.

Una de estas infelices de nombre Graciela Odorsk, era una especie de consumación de la ingenuidad. Tonta y elemental, no representó el mínimo esfuerzo para Grossmann conducirla a su habitación.

Le habló sobre viajes a Europa y América, le hizo vislumbrar una vida de abundancia y poco esfuerzo. Le dijo que era pintor y que su rostro era el de una ninfa y su cuerpo como un albaricoque en almíbar. Alabó sus ojos grises y sus labios carnosos. Ensalzó su sonrisa blanca como la espuma, levantó su ego hasta las nubes al decirle que su pelo era como una lluvia de luces al alba sobre los campos desnudos.

Mientras simulaba pintarla. Buscó un escalpelo muy filoso. Le pidió que cerrara los ojos para captar el resplandor de su piel sobre la cual descendía un filamento de luz a través de una claraboya en el tejado. Le dio un solo tajo en la garganta y la chica cayó ahogándose en su propia sangre que manaba en abundancia, ante la impávida mirada del asesino.

No le importaban las pistas ni las manchas de sangre. Arrastró el cuerpo hasta una habitación trasera donde reposaba una parrilla. Acomodó cierta cantidad de carbón y luego le prendió fuego.

Después procedió a despellejar el cuerpo. Arrancaba la piel con pinzas y ganchos primero, para después halarla con sus propias manos desnudas.

Posteriormente, con un hacha un tanto mellada, picoteó el cuerpo y los pedazos los depositó sobre el asador. Antes había rociado condimentos sobre la carne. Cuando el olor ascendía en densas volutas troceó un pedazo y lo probó. Le gustó. Después se sirvió junto a una ración de judías y algo de papas.

Continuó con sus macabras operaciones culinarias. Muchas mujeres ingresaron en aquel oscuro antro. No se sabe a ciencia cierta cómo hacía Grossmann para limpiar el lugar y no levantar sospechas. Pero esto no sería por mucho tiempo.

Fuentes del lugar y la época alegan que se encontró tanta carne picoteada proveniente de cuerpos humanos que toda la población de Leganés hubiera podido ser alimentada durante una semana.

Pero Grossmann comenzaba a perder ya el sentido de toda su malevolencia. Ese frenesí por alimentarse de carne humana comenzaba a desbordar su voluntad. De pronto vislumbró la posibilidad de obtener beneficios económicos de sus hazañas y comenzó a comercializar el producto de su sangriento entretenimiento.

Puso un puesto de venta de hamburguesas. El sabor de este platillo resultó tan delicado que pronto se convirtieron en un éxito de venta. Los lugareños alababan el exquisito punto de especias, el delicado sabor de las carne, suave y robusta.

La aberración de Grossmann no conocía límites. Vendía su producto a la salida de la iglesia, entre funcionarios y transeúntes. Cada vez se acrecentaba la fama de este cocinero del terror y la demanda de la deliciosa carne aumentaba cada día.

Cierta noche, serían cerca de las doce, un vecino recién mudado, escuchó gritos y golpes. Se asomó a la ventana que daba al edificio donde vivía Grossmann, porque de allí provenía el ruido. Se dice que alcanzó a divisar la sombra de alguien que golpeaba a alguien. Llamó a la policía, pero esta no llegó hasta pasadas unas tres horas.

Llamaron a la puerta, pero nadie acudió a responder. Los gendarmes lograron abrir la puerta y pasaron al interior de la casa. Dentro, casi caen de espaldas cuando vieron el cuerpo sin vida de una mujer. Estaba listo para ser asado. Se encontraba dispuesto para ser instalado en una barbacoa. El olor de la sangre y los fluidos corporales se fundían con el de las especias y los condimentos.

Grossmann fue capturado no muy lejos de allí, camino hacia la estación del tren. Llevaba un horno portátil y en una bolsa pequeños frascos con pimienta, nueces, orégano, jengibre, romero, sal, azúcar, vinagre, mostaza, salsa de tomate, menta y hierbabuena.

En un saco de cuero iban piezas de carne picada. Algunas vísceras, rodajas de los muslos, el vientre y los senos previamente sazonados.

No se ha podido nunca determinar la cantidad de víctimas que sucumbieron a manos de este depredador. La especulación apunta a varias docenas de mujeres asesinadas. Otras fuentes consideran que este demente asesino acabó con la vida de más de cien.

Fue sometido a juicio y el jurado le encontró culpable. Grossmann no hizo nada por defenderse, al contrario, se lanzó por el despeñadero. Al final le esperaba la horca. Sin embargo… el propio Grossmann se ahorcó en su celda. Fue descubierto un día antes de ser ejecutado.

Los pocos documentos de este caso reconocen que Grossmann sentía también predilección por la necrofilia y el bestialismo.

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