Imaginaciones de un Ataque desde el Sur
05.03.08 @ 21:11:54. Archivado en Historia, Ficción
No intentaremos desentrañar los elementos morales tras el hecho. No es asunto de ideologías ni de filosofía. Nadie puede ganar en un enfrentamiento armado, eso es fama. Los bandos enfrentados utilizan estrategias, acorralan, secuestran, espían, engañan, asesinan, destruyen en la búsqueda de la pírrica victoria, pero al final, solo son impuestos los intereses de los poderosos.
La sombra del mal se yergue en Sudamérica. Los vientos le han dejado suspendida sobre tres naciones hermanas, Colombia, Venezuela y Ecuador. Un conflicto interno que ya tiene más de cuatro décadas se ha expandido y devuelve estos estados soberanos la incertidumbre de la supervivencia de hace más de dos siglos.
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han recibido un duro golpe por parte del ejército regular de ese país. Uno de sus jerarcas había ingresado en la densa selva ecuatoriana. Allí, con su escolta, dormía en la alta madrugada. El campamento estaba en silencio. Tan solo se escuchaba el chirrido de los grillos y la ruidosa respiración de Raúl Reyes, el segundo del movimiento guerrillero.
Sobre sendas atalayas, dos combatientes cumplían su turno como centinelas. La oscuridad era casi total. Como en toda jungla, el calor era sofocante, casi eléctrico. Un rubor desnudo y prístino. La humedad era una cortina de vapor levantada desde las raíces de los árboles hasta las líneas que dibujan el orbe suspendido sobre nuestras cabezas.
El camino de la serpiente ondulaba hacia la ribera del río, donde el reptil se había sumergido como un fino hilo de cristal. Las huellas de la iguana tenían la forma de una flor de arena. Olía a hierba húmeda de relente, a espumas de río y a musgo, a hierbabuena y a ceniza. El oso hormiguero olisqueaba entre las peñas y el tapir se deja caer sobre la podrida hojarasca, el vampiro se descuelga de las ramas.
Todo está en paz en ese vergel. A lo lejos, se adivina el cauce del río sin nombre. Su rumor es profundo. Temblorosos reflejos sobre la lámina invisible. Es noche negra, sin luna. Pero de pronto se escucha un zumbido, una oración extraña en el diálogo sin frases de la umbría floresta. Los vigías se despabilan pero nada pueden ver, nada pueden escuchar.
Ha de haber sido la montaña, el ventarrón lejano que se ciñe en torno a la cima de un remoto monte, desgajado del macizo andino a cientos de kilómetros del campamento muy cercano al cielo.
Llovizna de repente. Se calan los capotes y cuelgan los fusiles en un saliente de la madera. Arrecia la tormenta. No es tan poderosa como las que se dejan caer por estos contornos, pero incomoda y hace pesada la vigilia. Abajo, los hombres duermen arrullados por el aguacero.
De pronto, llegándoles desde el sur, del más lejano hito, desde donde el sol se ha ocultado, un estruendo de metrallas arrasa la selva. Zumban los proyectiles por todas partes, como feroces animales de metal que se introducen en el cuerpo en busca del alma.
Los helicópteros iluminan el campo y ametrallan a los que abajo todavía sueñan. No hay respuesta. Tan solo un frenesí de arbustos despedazados, de ramas lanzadas por los aires, de humo y salpicaduras de sangre y lodo. Los enclenques bohíos son despedazados. Los cuerpos son acribillados mientras los pájaros nocturnos escapan lanzando gritos de espanto. Los vigilantes han caído de sus torres atravesados por las balas.
Otra vez desde el sur, el contingente de máquinas voladoras traquetea sobre el recuadro donde la sangre corre a la par del río. Unos soldados disparan morteros desde las cabinas abiertas de los autogiros, mientras otros descienden por oscilantes escalinatas colgadas de las panzas de los aparatos.
Caen sobre el suelo fangoso y disparan a mansalva. Buscan a uno, solo uno, pero deben matar a todos. Cuando dan con ese uno le disparan. Vuelan los sesos, los huesos son rotos, las vísceras se esparcen. El sol artificial ilumina la masacre mientras los escarabajos empujan hacia sus agujeros el estiércol de los monos.
En la chabola hecha con ramas de palmera, un hombre de barba y cabellos canos, yace muerto junto a una revista, un cuenco de metal, una botella de caña y una metralleta. Tiene un tiro en la cara y otro en la pierna que le ha sido casi arrancada. Viste una camiseta blanca.
Le toman por los brazos y las piernas y le colocan dentro de una bolsa negra. Cierran la inmensa cremallera y conducen los despojos hacia uno de los helicópteros. Algo de rabia se adivina en el gesto del comandante de la operación, pero también satisfacción y orgullo.
Los demás soldados se felicitan y hacen algarabía, beben sorbos del ron doméstico y lo escupen sobre los muertos. Lanzan vítores por su país, alaban a su gobernante, ondean su bandera. Pero están en otra nación, en otra tierra cuya soberanía será reclamada con acritud por el mandatario y su gobierno.
Terminada la operación se marchan. Se escucha el golpe del metal de los fusiles vomitando casquillos, los tacones de las botas entrechocan. Seguirán hacia el norte, más allá del cinturón de neblina donde se han refugiado los papagayos y los armadillos rascan la tierra. Dejarán atrás un sembradío de cadáveres, casi veinte cuerpos desechos por las balas de grueso calibre.
Un perímetro cuadrado de unos doscientos metros ha sido pelado por las balas y los machetes. Allí encontrará el ejército del país parcialmente invadido, a los hombres en calzoncillos, con un gesto de alarma en sus rostros ahora eternos.
Ahora las dos naciones son cruzadas por miles de soldados, tanques y aviones. La guerra se planea en los amplios salones de los palacios presidenciales. Esperemos que no se haga el primer disparo y nos preguntamos ¿quién o qué está detrás de estas acciones?
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Bellamente descrita la escena como si de una película se tratase, nos llena de horror al recapacitar, al volver nuestra mirada al presente, a la actualidad, a la realidad...Nos llena de horror al temer una futura guerra. Nos llena de horror al imaginar las muertes de los inocentes.
"Esperemos que no se haga el primer disparo".
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Roderick Guzmán Meza








