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El Travesti Asesino de Ancianas

Permalink 04.03.08 @ 14:35:25. Archivado en Cultura, Ficción

El viento arrullaba con una suave canción las costas de la isla Martinica. A lo lejos una sombra se expandía en el cielo. Las nubes dejaron de ser blancas como la espuma y se transformaron en fantasmas de ceniza y de sílice. Las barcazas en los muelles ondulaban indiferentes a la tormenta que se acercaba desde el poniente.

Era el 28 de noviembre de 1963. En una casa modesta, casi una cabaña, casi una casucha, un tanto descuidada, con las paredes mustias y desconchadas, el tejado arruinado por el óxido y las puertas desvencijadas por los embates de iras ya desvanecidas, nacía de un vientre africano de tercera generación en este soleado caribe, Thierry Paulin.

La madre era una chica de apenas diecisiete años, seducida por un sucio patán de barrio, acostumbrado a las escenas melodramáticas y a la insolvencia financiera. Era una muchacha sin educación ni aspiraciones, vestida como marioneta de cuerda, suspendida sobre abismos de coral y arenales, se hizo invisible en la vida de su vástago porque no podía hacerse cargo de su crianza.

Lo envía entonces a la abuela, quien no tiene tiempo para él. El negocio del restaurante le impide atenderle. Los días son jornadas interminables ante los fogones, la estufa y entre las mesas, entre los platos sucios y los restos de animales muertos a medio consumir dejados por los comensales sobre la redonda indiferencia de los platos.

Thierry halaba del faldón a la abuela y ella le empujaba a un lado. El niño le miraba impreciso entre el miedo y una rabia creciente. Algo en su interior comenzaba a gestarse a los cinco años cuando requerido de la caricia de la mano protectora y proveedora, era lanzado hacia los recuadros del aislamiento.

Nada de afecto, nada de ternura, tan solo la voz distante, las palabras ajenas a los sentimientos, el traquetear de los vasos y los cubiertos, el ulular agua hirviendo en las cazuelas, el crepitar del aceite caliente tostando los pescados con sus ojos fríos y ausentes, el golpe del cuchillo sobre la madera durante la preparación de las ensaladas, el estruendo de las voces de los turistas borrachos, el sonsonete del calipso y el lamento del ukulele.

De pronto aparece la madre. Se ha casado y ha tenido otros tres hijos. El marido es un sujeto con cierta solvencia financiera, pero que no tolera la presencia del hijo de otro hombre que le recuerda la profanación del objeto afectivo, materialización de una historia antes de su aparición.

Perseguido por la intolerancia de su padrastro y la omisión de la madre, Thierry se esconde en los alrededores donde los matorrales desdibujan la curva línea de las colinas. Levanta montículos de arena, crea ciudades fantasmales, dialoga con los caracoles y los cangrejos, estimula el ascenso arborícola de las larvas y persigue a las libélulas.

Entre ausencias e incipientes accesos de rebeldía, Thierry se convierte en un personaje non grato dentro del ámbito de la nueva familia. La madre, acorralada entre él y su marido, decide enviarlo donde su verdadero padre, quien residen en Francia.

Infortunado Thierry Paulin se encuentra con el mismo escenario, con los mismos gestos. El padre ha vuelto a casarse y había procreado dos hijos. Ya no era el rufián de hace algunos años, había cedido a la lenidad de encontrarse ante una personalidad con mayor fuerza que él, con relámpagos en la voz y magma ardiente en la palabra.

No esperara los malos tratos, no intentará definir su espacio entre los dos medio hermanos. Decidirá marcharse a la aventura, al vagabundeo, aún no trabajado del todo por el odio y los deseos de revancha, se instalará en una buhardilla sucia y deplorable en un edificio del barrio de Monmartre.

Intenta ser útil a si mismo. Se enrola en el ejército y allí se enfrenta a una nueva forma de rigor para el cual no se encuentra preparado. No tuvo nunca una imagen para el respeto y ahora, a sus dieciocho años, la voz de mando del oficial a cargo es como la descarga de una escopeta, el rostro adusto del sargento le ha de despertar un demonio que ha crecido junto a él.

Un día de asueto vaga por las calles. Sus compañeros se han lanzado a la juerga. Tiembla en su interior, algo le hace falta, un impulso incontenible le lleva a recorrer la ciudad sin rumbo hasta que de pronto se detiene ante una tienda.

Entra y amenaza a la dependienta con un largo y dentado cuchillo militar. Roba algo de dinero y escapa hacia los arrabales. Sin tomar precauciones es visto cuando emprendía la huída y reportado a la policía que le captura y lo devuelve a su instalación, donde es recluido durante una semana.

El resto del servicio se mantiene alejado de todo. Se aísla durante las comidas y el tiempo libre lo dedica a garrapatear incoherencias en una libreta que después quemaría en la estufa de la cocina.

Después de la milicia se da a la dulce vida en París. Primero camina solo por los parques, por las avenidas para después incursionar en el mundo de la bohemia. Acude a los bares y descubre o tal vez reconoce su afinidad con los grupos de homosexuales que se reúnen por las noches en oscuras tabernas tan solo iluminadas por el destello del neón de los anuncios sobre las botellas de licor.

Un individuo que conoce en estos sitios alaba su presencia física y le convence para que trabaje como travestido. Planea una fórmula de degradar a su madre, de avergonzarla y la invita para que le vea desarrollar su “trabajo artístico”. Al verlo vestido de mujer, con una serpiente de plumas colgada al cuello, con ropas ínfimas, contoneándose como una cadena de ADN en el furor ígneo de una probeta, la progenitora de Thierry huye llorando al ver a su hijo convertido en una horrible criatura a mitad de camino entre la inmundicia y la lujuria.

Nuestro protagonista se une en una relación afectiva con Jean Mathurin y se hospedan en cierto hotel donde viven con holgura y elegancia. La vida es espléndida entre el burbujeo de la champaña y las tórridos encuentros pasionales… y las drogas.

Este estilo de vida palaciega y desenfrenada le hizo contraer cuantiosas deudas y para enfrentarlas estafaban, robaban y hurtaban en las calles y los apartamentos de la periferia de la ciudad.

Pero son muy notorias estas andanzas y Thierry decide cambiar de táctica. Un día de esos en que las cosas deben darse porque se han venido concatenando causas para definir los efectos ingresa en el apartamento de una anciana de 91 años. Entre los dos la amordazan, golpean y le roban todos sus ahorros. El estado de nervios, además la edad y el maltrato le impidió la mujer dar una descripción de los delincuentes. Era el mes de enero de 1984.

No le alcanzaron los recursos obtenidos en esta primera incursión. En una demarcación cercana irrumpen en la casa de otra anciana, esta vez de 83 años. Thierry la asfixia con una almohada. Su amigo, mientras tanto, registra el lugar donde tan solo encuentra 200 francos.

Un mes después aparece en los diarios la foto de una señora de 89 años ahogada con una bolsa de plástico mientras descansaba en la sala de su casa. Arriba, en las habitaciones había pasado un vendaval. Los dos maleantes lograron llevarse un reloj de oro y 500 francos.

La maldad crecía en el interior de Thierry. Buscó una nueva víctima. Una mujer de 71 años. Maestra. La amordazaron y ataron con cable eléctrico. La golpearon con furia y le rompieron los huesos de la cara. Al final la estrangularon y le robaron 10 mil francos.

Cuando completaron la octava víctima la ciudad se conmocionó. Los medios de comunicación tan solo hablaban de esta barrería criminal, llamaban la atención sobre los ancianos que vivían solos y les pedían tomar precauciones. En cinco semanas, ocho muerte.

A este censo se agregó una mujer de 84 años. Le hicieron ingerir soda cáustica. Terminó con la boca y la garganta quemadas. La torturaron hasta la muerte, mientras se carcajeaban frenéticos bajo el influjo de las drogas. La población comenzó a sentir el frío del pánico y se cuidaban de quedarse a solas. Cerraban ventanas y puertas con hierros extras para impedir el paso hasta del viento.

Thierry fue arrestado de forma imprevista, pero no por los crímenes, sino por la venta de cocaína. Las huellas que le tomaron no fueron cotejadas con las halladas en las escenas de los crímenes porque, aparentemente, eran delitos diferentes. Pero habían pasado tres años y la primera víctima, la dama de 91 años, recuperó la memoria y dio la descripción de sus atacantes. Con lujo de detalles, sorprendente para alguien de su edad, la anciana dibujó las señas de los dos asesinos.

Finalmente fue capturado. Durante los interrogatorios se mostró altanero e irónico. Irrespetaba a los detectives que por 43 horas lo sometieron a sus preguntas hasta que aceptó haber cometido 20 asesinatos. Dijo que la vida valía un rábano y que los viejos no merecían nada, los odiaba porque le recordaban su niñez. Dijo por último que siempre actuó solo. Su amante tan solo tuvo participación al principio. Fue enviado a prisión y murió en su celda a causa del SIDA el 16 de abril de 1989, a la edad de 26 años.

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Con la sutileza propia del estupendo escritor que es, con la recreación en los ambientes y lugares donde Thierry vivió su infancia, descritos con minuciosidad, con deleite, con profusión de enriquecedoras y vibrantes metáforas, Roderick va prefigurando el terrible criminal en que se ha de convertir un inocente niño, víctima de las circunstancias, de su familia, del momento y del lugar en los que le tocó nacer, pasando por las diferentes etapas de una temprana juventud que lo conducen a insanos ambientes de perversión y lujuria, de alcohol y drogadicción, de farándula y travestismo, igualmente descritos con impresión fotográfica y sugestivas metáforas, donde termina de cuajar la personalidad de un abyecto criminal.
Una vez más nos muestra Guzmán Meza, en su galería de asesinos en serie, la desgracia y la falta de amor en la infancia como causa determinante en la conformación del futuro asesino.
Brillante exposición sobre la vida y obra de Thierry Paulin.
Enlace permanente Comentario por solariana 07.03.08 @ 13:50

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