Horror en una granja de Wisconsin
03.03.08 @ 21:07:23. Archivado en Cultura, Historia
Los asesinos seriales han sido motivo de inspiración para algunos géneros artísticos. La literatura y el cine, principalmente, han utilizado las siniestras acciones de los depredadores humanos. La idea del horror no se desvanece ante el desarrollo de las sociedades, ante el repunte de la tecnología ni de las ciencias. El miedo es real y no ficción en nuestros textos sobre criminales en serie. Hoy ofrecemos a vuestra consideración las terribles hazañas de Edgard “Eddie” Gain.
Eddie vivía en una modesta granja de Plainfield, Wisconsin. Empotrada en una suave colina, desde su piso superior, se divisaba una verde planicie durante la primavera, una alfombra de reflejos dorados durante el tórrido verano y un albo manto nevado durante el invierno.
La macabra inclinación de Eddie se descubrió cuando se descubrió el cuerpo de Bernice Worden, una agradable señora dueña de un local comercial y a la vez, madre de uno de los oficiales de la localidad. Era una dama a la usanza del oeste, un tanto jovial pero también habilidosa para descubrir el sentido desasosegador de las malas transacciones.
Era el mes de noviembre del año 1957. La conocida mujer había desaparecido de su negocio la noche anterior. Los vecinos la conocían desde siempre y acudían a su almacén casi todos los días. Era una cuestión de rutina intercambiar algunas palabras con los más allegados en el portal de la casa de intercambio comercial. Los transeúntes saludaban desde la calle y ella respondía con una gigantesca sonrisa.
Las investigaciones señalaron que Eddie Gein había estado charlando con Bernice. Se había retirado después de unos pocos minutos de plática, pero cuando el temprano crepúsculo otoñal pintaba de malva el paisaje, alguien le divisó en un sospechoso merodeo por el lugar.
La pesquisa llevaría a la granja de Gein, casi a la salida del pueblo, antes de la encrucijada donde la carretera local se transformaba en la vía de movilización del condado. Nunca se imaginaron lo que allí encontrarían. Ni en sus peores pánicos oníricos habían experimentado el terror en un nivel tan inconmensurable.
Cuando llegaron debieron sortear un muladar. El pestilente jardín estaba cubierto por hierbajos y basura de toda naturaleza. El olor era insoportable. Algo podrido podía adivinarse, carne en descomposición o desahogo de cloacas.
Dentro de la casa no había luz eléctrica y las sombras engullían todo el ámbito. El alguacil inspeccionaba en la cocina cuando dio con una especie de cazuela abollada y oscurecida por el hollín. Dio unos pasos para buscar mejor ángulo visual y percibió algo colgado de una viga del techo.
Como era costumbre, los cazadores suspendían los restos de sus piezas para salarlas y conservarlas. Pero no era tal. El oficial alumbró con su linterna y descubrió el cuerpo de una mujer tasajeado desde el vientre hasta el pecho. Las vísceras habían sido extraídas y la cabeza arrancada, al parecer de un solo sablazo.
Era la madre de su subalterno, la dueña del local comercial, Bernice Worden la que se había convertido en pieza de cacería. Pero esto no sería lo único que ese día encontrarían en aquella granja del horror.
El inventario de atrocidades incluyó en el listado tazones para sopa hechos con cráneos, en una caja de zapatos rebosaban secciones recortadas de genitales femeninos, al parecer deshidratados. En un cofre de mediano tamaño, tachonados con imitaciones de esmeraldas y labrado con figuras campiranas las linternas alumbraron narices ensartadas en una varilla de acero.
En medio de los embates de la náusea y el miedo, los policías continuaron haciendo descubrimientos cada vez más insólitos y estremecedores. Nunca pudieron concebir tanta demostración de sadismo.
Llegaron después hasta el sótano donde en una perfecta hilera, colocadas sobre un largo tablón se veían unas lámparas. Era lo único que les había parecido normal dentro de esa casa. Sin embargo, uno de los agentes rozó la pantalla de una de las lamparillas y percibió al extraño en su superficie.
Sí, como ya habrán adivinado los lectores, estaban hechas con piel humana. El delicado trabajo las haría pasar desapercibas en la penumbra de la casa. La sutil epidermis había sido invadida por el moho propio de los lugares húmedos y una extrañas manchas con apariencia de rostros se reflejaban con los haces de luz de los focos.
Más adelante encontraron una caja de bombones muy grande en cuyo interior había una correa de pezones. Debajo encontraron una cabeza y máscaras hechas con piel. Pero si el horror les había sobrecogido y su equilibrio había sufrido un atentado por tan espantosas visiones, no era nada con lo que todavía les faltaba encontrar en una de las habitaciones.
Subieron las escaleras y se dirigieron hacia lo que debían ser los aposentos, las alcobas. Las puertas estaban abiertas y eran mecidas por un viento proveniente de los cerros, cuyas cimas comenzaban a ser cubiertas de escarcha.
El más joven de los policías, un muchacho de unos veintiún años, de apellido McBride, abrió la puerta de uno de los clóset. Vio algo colgado de una percha. Intuyó una camisa, una chaqueta de verano. Adivinó en la sombra sus colores, la sensación de su tela al rozarla con los dedos.
Algo le llamó la atención cuando la alumbró. En el sitio donde debían ir los bolsillos vio dos extrañas formas. Llamó a su jefe que acudió enseguida. Algo se cernía sobre la pieza, un peso imposible sin forma. Era una chaqueta hecha con piel de mujer cuyos senos no habían sido arrancados.
Eddie Gein el responsable de estas masacres, el demonio de Wisconsin había nacido el 27 de agosto de 1906. La madre era autoritaria, feroz, poderosa imagen en desmedro de la personalidad del padre, un mequetrefe huidizo con voz aflautada cuya mayor virtud era el silencio.
La madre de Gein estaba obsesionada con los preceptos religiosos luteranos. Todo el mundo era una amenaza, según rezaba su paranoica percepción de la naturaleza humana. Todos son pecaminosos, pervertidos, impíos y malignos.
La granja donde habían sido encontrados los cadáveres había sido adquirida por la señora Gein para alejar a su familia de la oscura depravación del mundo. Para ella, todas las mujeres eran una perdidas, unas putas, unas vampiresas pegadas a las salientes venas de la vida.
La influencia de la madre sobre Eddie le proporcionó una conducta afeminada, pero discreta. Esta actitud le ocasionó molestias. Los chicos grandes no reparaban en abusar de la esmirriada y delicada personalidad del cruento personaje.
Pero Eddie no se atrevía a comunicar a la madre los abusos de los cuales era objeto, porque esto representaría un mayor aislamiento del que ella intentaba imponerle. Así que callaba y consumía su descontento durante las interminables jornadas en las cuales la madre leía sermones paleotestamentarios.
No había un día en la vida de Gein en que no imaginará los horrores de la ira de Dios, el Apocalipsis, la destrucción y la muerte. Pero si algo disipaba este miedo era estar seguro de que las mujeres serían las receptoras de todo el furor de la divinidad.
Uno de los hermanos de Eddie, el mayor, de nombre George, era el único bastión de rebeldía, la única voz que contradecía los designios de la madre. A pesar de los castigos corporales y de las amenazas del fuego eterno, del sumergimiento en lagos de azufre y plomo derretido, George se atravesaba en el camino ultra moral de su progenitora.
Eddie resentía que su madre fuera contradicha por su hermano. Un día se declaró un incendio en los campos de la granja y ambos corrieron a sofocarlo. Pero George no regresó. Según Eddie se le había perdido en la humareda, entre las llamas. Lo encontraron muerto entre unos matorrales sin una sola quemadura, con un golpe en la cabeza. Según se dijo, la causa fue el golpe recibido por una roca al caerse mientras huía del fuego.
Eddie Gein fue enviado a un sanatorio para enfermos mentales. Nadie se imaginaba que era un feroz asesino. Se mostraba humilde, callado y cooperador. Dedicaba una sonrisa a sus médicos tan encantadora que a nadie se le hubiera ocurrido que detrás de aquella luz se ocultaba un verdadero monstruo.
La lucha por someterlo a juicio por parte de los familiares de las víctimas se vio frustrada el 26 de julio de 1984, cuando Edward Gein muere como consecuencia de un paro respiratorio. Luchaba contra un cáncer, pero su debilitado organismo no soportó los tratamientos y abandonó este mundo a los 61 años.
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Roderick Guzmán Meza








