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El Fauno en las sombras

Permalink 26.02.08 @ 21:12:59. Archivado en Cultura, Ficción

Norman Mailer ha muerto hace pocas semanas. Abatido por problemas de salud, propios de un hombre de 84 años, su cuerpo se deslizó en silencio hacia la oscuridad. Poco o nada queda ya del hombre que escribió Los Desnudos y los Muertos, El Evangelio según el Hijo, El Prisionero del Sexo, La Canción del Verdugo y tantas otras. Tampoco quedará ya nada del violento machista que fue.

Por allá por el año 1960, comenzaban los irreverentes sesenta, una bulliciosa fiesta se celebraba en un apartamento de Nueva York. Se había consumido mucho alcohol, tal vez algo de droga se pudo haber inhalado.

Mailer estaba borracho. Pequeño pero fuerte y macizo en aquellos tiempos, había sucumbido a los efluvios del whisky y bailaba de manera frenética por toda la pieza. En un sofá muy largo de color rojo vino, un hombre y dos mujeres se habían dormido después de haber hecho ebullición en una juerga de sexo fantasmal; en otro sitio, un indescifrable nudo de piernas y manos compartía un clarooscuro ángulo sobre el embaldosado.

El escritor perdía la lucidez y se transformaba en una bestia taurina. Embestía con fuerza, haciendo de cuernos sus dedos. Emprendía la acometida contra cualquiera que se atravesara en su camino. En la cocina, su mujer, Adela Morales, se entretenía en el trajín doméstico que representaba despejar la habitación de obstáculos.

La mujer salió y vio al fiero minotauro. Entonces ella se transformó en torero y le lanzó un reto con todas las fuerzas de su voz de viento: Venga, toro, venga, marica. Enséñame tus bemoles, macho de cristal.

¿Dónde está tu querida? ¿Acaso los tiene ella en su cajita de cobre?”.
En los ojos de Mailer brillaba la rabia, no un simple enojo, no un mal momento, sino rabia pura, estruendosa y dura ira. Se lanzó sobre Adela con los puños cerrados. Resoplaba con fuerza, los alerones de su nariz se inflamaban y dejaban salir un grueso torrente de aire con olor a caña.

Adela logró evadirse de la potencia de los golpes de Mailer, pero no pudo hacerlo del cuchillo que el escritor clavó en su espalda y que ella había dejado caer en su escapada a los pies de Norman. El autor lo recogió casi en el aire y lo incrustó en las carnes sólidas de esta mujer con el aire de las furiosas tempestades caribeñas.

Después, cuarenta años después de ese suceso, Mailer dijo que era el único acto de su vida del cual se arrepentía. “Lo lamento profundamente y siempre lo lamentaré. Ese hecho formaba parte de esa vida vacía que llevaba. Me hacía más violento cada vez y no había forma de parar. Por fortuna lo hice, por desgracia perdía a la mujer que amaba”.

Mailer no pudo evitar el escándalo, pero si la cárcel. La noble Adela no quiso acusarle ante la fiscalía. Sin embargo, no se pudo evitar algún tipo de penalización y el literato debió pagar cierta cantidad para lograr la libertad bajo fianza.

De este arrebato no salió del todo inmune. Durante tres semanas fue recluido en una clínica psiquiátrica. En el salón de terapia grupal se encontraba a diario con forajidos emocionales de mayor catadura que él, violentos masacradotes, terroristas familiares; también se ensimismaba en la contemplación de los catatónicos y los delirantes que aullaban a la luna en las ventanas o se arraigaban en los pasillos como plantones adormecidos por el aura de los tubos de luz.

Estuvo a punto de recibir descargas eléctricas como tratamiento para restringir su acceso a los senderos de la lunática violencia. Uno de los médicos que integraban la comisión evaluadora de su caso le diagnóstico como esquizofrénico – paranoico. Cumplidos los veintiún días fue dado de alta. En sus bolsillos llevaba varios potes con medicamentos para combatir los arrebatos.

Mientras caminaba hacia la estación de autobuses, Norman recordaba los primeros tiempos de su relación con Adela. Revivía el color oscuro de sus ojos, el cabello que, como un oscuro río de sombras se precipitaba sobre unos hombros del color de la canela. Recordaba unos labios intensos y rojos, dulces y feroces.

Cuando se casaron, la tarjeta de invitación evidenciaba el tipo frenético de relación que ambos sostenían. Tenía la forma de un pene plegable que demostraba los diferentes estados de excitación que atravesaba la energía hormonal del autor de El Negro Blanco y Un fuego en la luna.

Se dice que eran asiduos a orgías y participaban en intercambios de parejas. Antes de lanzarse a la alberca de la promiscuidad, consumían ingentes cantidades de alcohol. Los excesos le demacraban, le transformaban en una especie de fauno insaciable, voraz, duro y tenaz.

Alguien ha dicho que Mailer, en el desenfreno de una noche de alcohol se fue a la cama con una hermosa mujer. Una hembra muy alta, cimbreante como una palmera, dura como la tierra árida, pero tierna y amorosa. Al día siguiente, al despertar con una conflagración dentro de su cabeza, Mailer pudo darse cuenta de que a su lado yacía un travestido.

Lo golpeó con todo lo que encontró. Lo lanzó a patadas mientras quemaba su ropa y la del transformista. Se metió en la bañera y restregó su cuerpo con esponjas, toallas y cepillos. Estuvo a punto de vomitar. Se volvió a adormecer en la tina del baño y soñó con árboles recortados sobre una tierra cubierta de cenizas.

A pesar de que Adela no le acusó, no pudo apagar la hoguera de odio que sentía por su ahora ex esposo. Escribió una autobiografía donde, lógico, lo espeso de la trama se encontraba en su relación matrimonial con el feroz Norman Mailer.

Puso debajo de la luz de las miradas todos los defectos y villanías de Norman. “Me enteraba de que se había casado a través del periódico y conmigo no quería ataduras”, decía la mujer. “Conocía de sus nuevos libros, de jugosos contratos gracias al diario, porque Norman, cuando quería hacer algo, no me lo consultaba y cuando lo hacía no me decía nada”.

Con las mujeres, el novelista llevó relaciones tortuosas, apasionadas y conflictivas. Todas lo odiaron, pero también le amaron. Ellas declaraban su odio – aversión por este hombre talentoso que podía recitar los poemas de Robert Browning y de Walt Whitman en medio de una escandalosa borrachera.

Seis veces se casó Norman Mailer y nueve fueron sus hijos. Más allá de lo consecuente que pudo haber sido como padre, este tipo de relaciones le ocasionaban muchos quebraderos de cabeza debido a las pensiones alimenticias.

Fue un feroz machista. Los movimientos reivindicativos del feminismo le expresaron abiertamente su rechazo. A cambio, las mujeres con fobia a los hombres aparecieron muchas veces en su obra.

El pasado diez de noviembre Mailer estaba hospitalizado. Sus riñones fallaban. Tenía 84 años y toda la pasión se había apagado. Cuando sus ojos se cerraron para siempre, detrás de sus párpados apareció el rostro eterno de Adela, la innombrable.

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...Y pobre Adela, diría yo.
En cualquier caso, Mailer fue víctima de sí mismo en vida, sin embargo murió ya anciano. Probablemente tuvo que pagar algún alto precio a cambio del tipo de vida disipado y turbulento al que había accedido, pero no fue más que lo que él eligió. Si probó el peso de la justicia, la frialdad de un psiqiátrico, la burla de un travestido y la evidencia de sus actos en la autobiografía de Adela tal vez eso no formaba parte más que del cheque en blanco con el que pagó la compra de una vida como le dio la gana, a tope, disfrutándola, exprimiéndola, sacándole su jugo aun yendo más allá..., aun a costa no sólo de los demás sino también de sí mismo.
Roderick, como siempre, magnífica esta semblanza biográfica de Mailer sobre el que esperamos en algún momento próximo dedique algún tiempo para hablarnos de su obra.
Enlace permanente Comentario por solariana 27.02.08 @ 12:17
Pobre Mailer pobre. Paz a los muertos.
Enlace permanente Comentario por More 27.02.08 @ 01:57

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