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Roderick Guzmán MezaRoderick Guzmán Meza

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El Espantajo Harvey (Final)

Permalink 25.02.08 @ 20:04:21. Archivado en Historia, Ficción

Habíamos dejado a Harvey bajo el hechizo de la cámara fotográfica. A toda mujer que estremeciera el cieno de su libido la seguía con precaución para tomarle fotos. Después, coloca las imágenes sobre la pared de su cuarto y allí se embelesa en su contemplación. Practica entonces el onanismo para desahogar su enorme carga de angustia.

Después de la autosatisfacción, de la disolución del denso barrizal donde se encontraba sumergido por sus frustraciones, sentía un profundo hastío y hasta un creciente enfado contra la mujer de la fotografía.

Entonces, se lanzaba a las calles en busca de alguna estrella que apagar, alguna flor que estrujar con sus propias manos. Sentía predilección por mujeres menudas, manejables, frágiles, incapaces de enfrentarle y estropear sus intenciones.

Pero antes de empezar con su carrera homicida, disfrutó de la liberalidad de sus mujeres. Ellas no se escondían de él, al contrario, le dedicaban deslumbrantes sonrisas a su cámara detrás de la cual su mirada lanzaba rachas de fuego y de exitación.

Pero pronto escaseó el dinero. Harvey entonces debió robar, en ocasiones con actos de violencia. La policía le capturó en uno de esos movimientos y le envió a la cárcel de Sing Sing, donde por cinco años mostró una actitud pacífica y sumisa. Dentro de si, crecía el furor, el arrebato y la destrucción.

Salió de la prisión en 1951. El portón del centro penitenciario rugió al abrirse. Los guardias le abrieron el paso. El hombrecillo salió con un gesto imperturbable. Sobre su cabeza se amontonaban las nubes y las quebradizas líneas del vuelo de los pájaros.

Durante todo ese tiempo debió mantener encadenado al monstruo, confinado a la oscuridad y al silencio. Obligado por las circunstancias, el asesino dormía entre los vaporosos recuerdos de su infancia, entre rostros difusos y voces incongruentes.

Fue entonces cuando apareció una noche en el umbral de su puerta, Charlie, el niño de cabellos ensortijados y pecas en las mejillas. Harvey nunca tuvo curiosidad por saber la procedencia del crío, por entender su presencia.

Iban por la calle en silencio. Cuando Charlie le hablaba, él tan solo asentía o negaba con un movimiento de cabeza. Lo miraba de reojo entre la multitud y de vez en cuando aventuraba una sonrisa ante alguna broma del niño.

El asunto no pasaría de ser un encuentro entre dos fuerzas imposible, si una tarde, al promediar las cinco y treinta, Chalie le señaló hacia un sitio determinado del otro lado de la calle. En la entrada de un edificio de departamentos, una joven mujer rubia, de delicada expresión se encontraba entretenida por esas distracciones femeninas ininteligibles para los hombres.

Charlie le susurró algo a Harvey. Como eran los primeros días del invierno, la oscuridad avanzaba sin freno y comenzaba a darle una tonalidad grisácea a todas las cosas. Poco tiempo hacía falta para que la noche se abalanzará sobre la ciudad. Harvey miró a su fantasmal interlocutor y afirmó con una mueca levemente emparentada con una sonrisa.

El odio de Harvey era tan grande que había creado dentro de si un espacio vacío. Para rellenarlo le hacían falta emociones, no las tenues del hombre común, del habitante del barrio ni del ex convicto inseguro sobre su futuro. Le era imperioso nutrir esa ausencia con el frenesí de sustancias desconocidas, con el movimiento impreciso de esos sitios donde el organismo se convertía en una clase de anatomía.

Debemos recordar algo: durante su estancia en la cárcel descubrió la subyugante pasión por las revistas pornográficas. Debió sentirse apabullado por las imágenes de las mujeres desnudas, por las escabrosas escenas de posesión y entrega que incineraban las páginas de la publicación.

Tuvo entonces un rapto de inspiración. Su hábito a la fotografía habría de servirle para los propósitos que ahora gestaban en su mente y que eran refinados por Charlie, el niño de voz dulce y mirada acuosa que le acompañaba y con quien sabía no poder establecer comunicación delante de los demás.

Esta pugna por dar a conocer su delirio, creaba en Harvey demasiada tensión, así que una noche caminó por el sitio donde antes había visto a la hermosa mujer. Se colgó la cámara al cuello y salió a la calle. Caminó varias cuadras y para su estupefacción pudo ver a la joven entretenida en una conversación de vecindad. Allí estuvo disimulado entre los objetos de la calle hasta que la conversación se silenció entre las dos mujeres.

Como por casualidad se dirigió hacia la mujer. Miraba la cámara como quien tiene algo importante plasmado en la película. Hizo lo posible por llamar la atención, sin hacerlo realmente. Algo debió haber balbuceado porque la mujer le abordó.

Habló casi sin parar. Mencionó una ya larga carrera, logros importantes, independencia laboral, modelos, estudio y arte. De pronto la joven se encontró envuelta en la maraña de Harvey, mientras Charlie susurraba a su oído: “hazlo”.

Para su fortuna, la chica era aspirante a modelo, pero con poca suerte. Su nombre era Judith Ann Dull. La suerte se redondeaba para Harvey, porque ella estaba consciente de que para lograr ascender en una carrera tan competitiva, tal vez debería ceder a algunas peticiones.

Harvey la condujo a su casa, no sin antes decirle a Charlie que acudiera de prisa a su apartamento y preparara la escena. Por supuesto, todo había sido obra de Harvey. Había dispuesto un escenario con cierta elegancia, pero también con un toque de minimalismo.

Dijo a la mujer que para que las fotografías fueran verdaderamente atractivas, debería simular cierta dosis de sumisión. Para ello la ató de pies y manos. Le hizo algunas indicaciones sobre la mirada, los gestos, la expresión a través de los labios semiabiertos.

Ya indefensa, la mujer sentía dentro de si un leve resquemor hacia el hombrecillo, pero estaba dispuesta a sacrificar algo de su dignidad para lograr su cometido. Entonces apareció Charlie. Harvey le vio instalarse ante la mujer. El fantasma le impelía a la acción malévola. “Es tuya, hazle lo que te venga en gana. Recuerda su cara, ella era de las que te humillaba en la escuela. Se reía de tus orejas y de tus ojos”.

Entonces se lanzó sobre ella. Rompió sus ropas y la violó incansablemente varias veces. Charlie le señaló el cuchillo sobre la mesa.

En este momento, un destello de raciocinio iluminó su espíritu. Lo que acababa de hacer significaría la prisión de por vida si la mujer lo acusaba. Se llenó de miedo, mientras Charlie no dejaba de señalarle el brillo letal de la hoja del cuchillo.

“Si la dejas con vida te denunciará, Harvey”, dijo Charlie dándole a su cara una apariencia casi santificada. Las rosadas mejillas, los bucles sobre la frente, la edulcorada mirada infantil. Harvey intuyó la familiaridad con el pequeño e intentó descubrir algo de él, pero reparó otra vez en el peligro de dejar viva a su víctima.

No quiso tomar ni el cuchillo ni el martillo. Caminó dando tropezones por la estancia. Abrió uno de los cajones y sacó un revólver. Levantó a la mujer y la condujo hacia el vehículo que tenía estacionado en la parte trasera donde no podía ser visto.

La condujo a un campo despoblado a unos 200 kilómetros. En un paraje solitario la lanzó al suelo y la volvió a ultrajar. Le sacó más fotografías mientras la mujer lloraba y pedía clemencia.

En medio de la tormenta mental que experimentaba Harvey perdió el arma. La buscó pero antes de encontrarla dio con una cuerda. Caminó con lentitud hacia la chica, Charlie a su lado sonreía beatíficamente. La estranguló. Luego cayó de rodillas llorando y pidiéndole perdón al cuerpo ya sin aliento. Regresó a su apartamento con la convicción de que pronto sería atrapado, pero no fue así.

Varios días pasaron hasta que recordó las fotografías que había tomado a la mujer. Las reveló y las observó todos los días hasta que se enamoró de la inexistente, de la inmortal y ausente.

De tanto ver aquel rostro pálido dejó de tener sentido su muerte. Empezó entonces a pensar en una nueva víctima. Buscó excusas para acercarse a otra mujer, dada su timidez e inseguridad. Se inscribió en un club de solteros y allí estableció contacto con una joven de 24 años de nombre Shirley Ann Bridgeford. Charlie aprobó la elección de Harvey.

También la violó y la asesinó. Ahora no sintió el peso de la culpa. Algo se había despertado en su interior, una candela, al parecer inextinguible, como un chorro que incineraba el pedestal de sus temores.

Después de esto mató una vez más. En el lúgubre sendero por donde su vida transitaba hizo de pronto un alto. Quiso cambiar, adaptarse a las exigencias de la vida, estimular el mutuo sentimiento de amor entre él y alguna mujer desinteresada, pero siempre terminaba por escuchar a Charlie que le recordaba su infancia y el dolor producido por las mujeres.

Cuando encontró a la que sería su cuarta víctima las cosas cambiaron. Lorraine Vigil, a pesar de estar urgida de dinero, no se dejó violar. Se defendió con fiereza. Harvey le disparó y la hirió en una pierna, pero la mujer no le permitió la consumación del abuso. En plena pugna se encontraban cuando los descubrió la policía. Harvey miraba por todas partes en busca de Charlie, pero no pudo encontrarlo.

Harvey Murria Glatman confesó sus crímenes y fue sentenciado a muerte. El juicio duró solo tres días. No quiso apelar la decisión. Este era su castigo y se acogió a él con resignación. Charlie le había abandonado.

El 8 de agosto de 1959 Harvey recorrió el pasillo de los condenados. En un rincón pudo ver a Charlie que le decía adiós con lágrimas en los ojos. No entendió muy bien, pero antes de que fuera ejecutado, se sintió uno solo con ese niño.


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Comentarios:
...pequeño ser vulnerado que le acompañó a lo largo de su vida y le condujo a su muerte.
Genial
Enlace permanente Comentario por solariana 25.02.08 @ 22:35
Fuerte y de profunda introspección psicológica es este "final" de El Espantajo Harvey que nos ofrece hoy Roderick. La inocencia y el candor propios de un niño convertidos en espíritu del mal, en cómplice incondicional, en portador de todo tipo de pretextos, de convicciones para cometer los más espantosos crímenes.
Repele a los ojos del desprevenido lector imaginar a un niño animando a un adulto a cometer ese tipo de crímenes. Piensa uno, la mente de Roderick Guzmán Meza no tiene límites, puesto a escribir no se autoimpone ninguna clase de censura, no es capaz de respetar ni siquiera a los más pequeños, almas inocentes, criaturas frágiles desprovistas de maldad.
Pero ¿qué nos está diciendo Roderick al acusar a un infante de las perversidades de Harvey? Nos está indicando que volvamos a su infancia, que indaguemos en el pasado de Harvey, en esa figura frágil e infantil que sufrió las burlas, el escarnio, el desprecio, la ira y el abandono por parte de las mujeres; en ese pequ...
Enlace permanente Comentario por solariana 25.02.08 @ 22:32

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