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El Amargado Bierce

Permalink 22.02.08 @ 21:26:58. Archivado en Literatura, Ficción

Era el 24 de junio de 1842. Las hojas de los árboles comenzaban a caer en hacia los zigzagueantes caminos sobre cuya superficie sobresalían los peñascos milenarios. El viento levantaba espirales de polvo de la tierra seca y pintaba los rostros de los campesinos con el color que tienen los muertos.

Horse Cave Creek, Meigs Country era un pueblo de agricultores pobres. Algunos sembraban maíz otros, trigo en cantidades que apenas permitían la subsistencia. Pequeñas parcelas eran trabajadas por la familia. Hombres y mujeres inclinados sobre los surcos dejan caer la dura simiente. Algunos aguardan varias horas antes de retirarse para evitar que las aves rebusquen las semillas y estropeen la labor.

En una cabaña recortada contra una suave colina de abedules se escuchaba el llanto de un niño. El silbido del viento acompañaba aquel sollozo. Los efluvios del verano otorgaban al paisaje ese aspecto de ausencia y de vacío que tienen los campos abiertos, ese toque de aridez, de paisaje lunar, de universo en escombros. Aquí nació Ambrose Bierce.

Vino al mundo en el seno de una familia muy pobre. La cabaña de madera comenzaba a mostrar los signos de la decadencia. Las polillas carcomían las paredes, mientras el viento, el sol y la humedad erosionaban el tejado. El mueble de la despensa alojaba apenas un par de latas de frijoles y una dura hogaza de pan.

La madre de Ambrose había envejecido de forma prematura luego de trece partos. Ahora deplora toda forma de pasión y de emociones. Siente dentro de si cansancio y abulia. Sus ojos, hundidos en las cuencas, eran oscuros como una noche de tempestad, con chispas blanquecinas en las pupilas. Los años le habían dado a su piel un color cetrino y los cabellos, ya encanecidos, se encontraban permanentemente revueltos por el viento y el descuido. Tenía la apariencia de un árbol con ramas quebradizas.

El padre escondía el rostro detrás de un espeso bigote. Tenía la frente estrecha como si le comprimiera los pensamientos. Usaba un sombrero alto con las alas desgastadas. Una larga nariz surgía de la mitad de la cara en un gesto hostil y debajo, la boca, era apretada por una ira reprimida de hombre frustrado. Bebía a escondidas en el granero, tras las pacas de heno para no ser acribillado por los insultos de la mujer.

Ambrose ocupaba el puesto número trece en el censo de hijos de la familia Bierce. Ahora la despensa se tornaba más pequeña y los víveres se convertían en humo y cenizas dentro de cacerolas oxidadas. Los niños se conformaban con un poco de avena y tal vez un remilgo de tocino; tomaban café desde edades tempranas porque la leche era un producto de lujo.

El padre tenía una fijación con la letra A. Tal vez esa forma de filoso ángulo ascendente, representaba en su inconsciente una suerte de adherencia a las formas fálicas que explicaban el machismo y la incapacidad de negarse a concederle tregua al vientre de la esposa.

Todos los hijos llevaban un nombre que comenzaba con A: Aurelius, Amelia, Abigail, Amelia, Ann Marie, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Arthur, Aurelia y Adelia; el colofón a esa tozuda presencia de la primera letra del alfabeto, lo impone Ambrose.

El padre, Marcus no era afecto a las tareas campiranas. Aborrecía el arado, la tierra sucia, las inclemencias del clima, la desolación de los parajes durante el invierno, las terribles tormentas, las raíces, los peñascos, la hojarasca estival, el duro suelo, el olor de los caballos y sus residuos orgánicos y el barritar de los asnos. A cambio, amaba las jornadas de sosiego en su biblioteca.

Quizás por eso sus labores en el campo, siempre resultaban un tedioso fracaso. Con un libro en una mano y el azadón en la otra, no se logra precisamente arrancar frutos a la tierra.

Por su parte, la madre era rígida y terrible en el celo con que conducía el hogar. Desde temprano, antes de despuntar el primer hilo de luminosidad del alba, Laura Sherwood sacudía a los adormilados vástagos y designaba responsabilidades. Ambrose, a pesar de ser el más pequeño, no logró evadir la estricta disciplina.

Nueve años tendría Ambrose cuando fue enviado a trabajar en una imprenta. Allí se editaba el diario local. No muchos ejemplares como corresponde a un pueblo pequeño. Eran asunto de atención algunas curiosidades locales, matrimonios, defunciones, nacimientos, celebraciones.

Allí, Ambrose ingresó en un universo que le resultó atractivo y sojuzgante. Conoció su profesión aún antes de saber lo que era una noticia o un artículo. Eran los primeros movimientos de su pluma, los escarceos iniciales con las letras y el pensamiento.

Sin embargo, Ambrose se vio en problemas y su sueño le era coartado, al menos de forma temporal. Cuando tenía diecisiete años, fue involucrado en un enojoso asunto de faldas. Él tenía apenas una sombra de barba en la punta de la barbilla, una lana amarillenta, un asomo de gravedad en su voz y se encontró inmiscuido en un estrépito de voces y amenazas con una mujer que superaba los setenta.

Cuando llega el año 1861 estalla la guerra civil. Bierce viste el uniforme de los soldados del norte Pelea en varias batallas sin heroísmo, pero también sin miedo. En una de esos combates resulta gravemente herido. La guerra era, como siempre, un horror, una alucinación, un asomo al oscuro foso del infierno. Su obra recibió esta influencia, dolorosa y triste.

Después del conflicto bélico civil, Bierce contrae matrimonio y trabaja en varios sitios. Logra encontrar una ocupación como periodista en San Francisco, donde se hace de una reputación como ácido articulista, como cronista despiadado. Por aquella época le apodaron Bitter Bierce o el “Amargo Bierce”.

Luego de varios episodios difíciles, Bierce puede recopilar y corregir sus textos. Artículos periodísticos, ensayos, poemas y obras de ficción ocupan su portafolio.

Noventa y tres cuentos acumula Bierce en su portafolio, la mitad de corte fantástico. Los demás pertenecen al ámbito de la cruda realidad. Sangre, muerte y dolor son dibujados con meticulosidad y fuerza. La guerra es la fuente de donde emanan las historias que desgarra sobre el pliego.

De su veta imaginativa sustrajo El Club de los parricidas. Acaso escondía en su corazón una necesidad de destruir su origen, su surgimiento. Anegado de humor negro y sentido crítico, desmonta el andamiaje de la sociedad de su época y entorno.

Por su parte, los relatos fantásticos le han permitido ser mencionado en el mismo renglón que autores como Poe y Lovecraft, ellos inmersos en sus atmósferas de terror y magia.

No podemos dejar de mencionar a su muy famoso Diccionario del Diablo, donde recopila un luminoso epítome de aforismos cuyo origen ha sido el acervo popular.

El tejido de la leyenda se ha expandido con el tiempo. Cada año se agrega una puntada más en este inmenso tapiz. Se supone su muerte porque no hay certeza de la manera en que ocurrió. Por eso la historia de Bierce no tiene un final cerrado. Cualquier magín calenturiento sería capaza de argumentar sobre un balazo en el pecho en medio de una escaramuza o un infarto mientras dormía en su tienda o tal vez vencido por algún monstruo celular escondido en la oscuridad de su cuerpo.

Nada ha podido ser confirmado porque todo el misterio que la envuelve se inicia con su viaje a México en 1913. Tenía más de 70 años. Su cuerpo ya daba señas de decadencia, se consumían sus fuerzas, sus pasos eran demasiado lentos y sus reflejos para acometer la sola empresa del viaje.
En la zona de México donde decidió detener su recorrido, había combatido en su juventud. Se dice que buscaba a Pancho Villa. Las razones podrían ser muchas, pero igual de inseguras.

El viejo cabalgó sobre territorio hostil, sobre tierra polvorienta y agrietada. Ha de haber divisado un horizonte incendiado de grises y recorrido por hierbajos secos. A lo lejos los guerrilleros mexicanos surcaban el camino con su correa de balas cruzada sobre el pecho y sus grandes sombreros.

Ambrose Bierce los siguió por un tiempo y se incorporó a su grupo. Bebió tequila en los campamentos, río de los chistes subidos de tono y recordó viejos tiempos al ver a las mujeres sacudir sus cuerpos al compás de un jarabe tapatío. Era el año 1913 y la leyenda de Bierce se iniciaba con su desaparición misteriosa.

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Como siempre, otro ejemplo del buen oficio de escritor nos muestra Roderick en su artículo sobre este misterioso y amargo personaje, sobre su vida, su obra, su familia y el ambiente que lo rodeó, magníficamente descrito.
Enlace permanente Comentario por solariana 23.02.08 @ 00:44

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