La Rebelión de Isadora
21.02.08 @ 20:00:00. Archivado en Cultura, Ficción
El 26 de mayo de 1877, en una clara noche primaveral nació en San Francisco, California, Isadora Duncan. No hubo augurios ni señales en el cielo, ni raudos meteoros ni relámpagos sobre el negro tapiz de la eternidad. Nada hacía imaginar que nacía ese día una de las más deslumbrantes personalidades del arte de la danza, una mujer que rompió ataduras y virtualmente transformó el ballet en una sinfonía cósmica.
Era delgada y soberbia; nerviosa y ausente de niña. Sus ojos eran acuosos como la tristeza pura, su piel blanca tornaba a rosa cuando las emociones encendían el caudal de sus arterias, su corazón era un aposento donde podían entrar todos y beber de los fluidos de sus sístoles y diástoles si llegaban a traspasar el umbral de su silencio.
Los estudios no le fueron indispensables, sentada en un recinto sufría como el ave enjaulada. Nada de viejos libracos ni de repeticiones estériles de fechas y sucesos. El cuerpo era su herramienta más fina para la expresión de los sentimientos y del pensamiento, para rendir homenaje al universo, para acceder al Empíreo y sus luminiscencias. Por eso, desde los diez años abandonó el liceo para tomar clases de danza. Dejó los claustros académicos para subir al escenario donde habría de describir signos secretos en el aire.
La familia era pobre. Los sueños eran emparchados con ilusiones traslúcidas. Los padres se divorciaron. Isadora ha de haber resentido esta separación. Faunos se asomaban en su habitación para tentarla, ninfas azules le conducían hacia los jardínes donde se adormecían los arroyos con el zumbido de las flautas y los acordes del harpa. Así se defendía de la soledad y del miedo. La madre era un rutilante ejemplo de excentricidad y desborde de bríos.
Sobre ella habría que decir que se mantuvo aferrada a sus hijos, eran como su piel, como si su espíritu se desdoblara en encarnaciones menores. Era feminista, en medio de dos fuerzas antagónicas, el calvinismo paterno por un lado, dictatorial, tiránico e intolerante y el ecuménico catolicismo, por el lado materno, con sus falencias y ambigüedades, con sus excesivos rituales.
Tocaba en el piano obras de Beethoven, Schumann, Mozart o Chopin y como a ellos, un aire melancólico le pintaba el rostro de sombras, como si un duende de nocturnidad se sentara junto a ella para jugar con sus cabellos sueltos, más tarde utilizados por la desgracia para materializar sus proyectos. Isadora comenzó entonces sus giras por escenarios europeos y estadounidenses.
Cuando bailaba era un arcángel, un encuentro entre fuerzas hostiles, entre un vendaval y una erupción, entre una riada y un terremoto. Vestida de luces, su cuerpo se evidenciaba debajo del tul como una fuerza o energía imprescindible para el arte y el placer. Cada músculo, cada curva, la superficie de piel y carne era de un nevado terciopelo. Era de aire, de gasa e hilachas de nubes se enredaban entre sus cabellos. El fuego de la inspiración le otorgaba un aire fantasmal de poseída. El tablado apenas era rozado por sus pies de espuma mientras el público balbuceaba hipnotizado.
Verla era asistir a un acto creador, al acto de procreación entre dos luciérnagas, a la manipulación de las potencias cósmicas por manos invisibles mientras el telón se elevaba hasta las incrustadas configuraciones del teatro.
Su corazón latía al compás de los címbalos, de la percusión de un corazón enamorado del espacio abierto, de los crisantemos de la noche, su respiración era como el tañer de las arpas, su parpadeo era como el deslizamiento de un copo de nieve sobre una rosa. El movimiento de sus brazos era el batir de las alas de las mariposas mientras el rocío se deslizaba sobre la nervadura de las hojas de hierba nueva, sus piernas se asemejaban a largos alambres pintados de rosado.
“Quiero amar, quiero sentirme amada, pero el amor puede ser un pasatiempo y una tragedia a la vez”, dijo en cierta ocasión al ver a un apuesto mozo, vestido con frac en uno de sus conciertos. Miró sus ojos azules, su cabello negro, su piel blanca como una nube. Pero supo que le era imposible beber de esa fuente, sumergirse en ese caudal, nadar en esa corriente. Detenido el tiempo sobre la visión, rompió el jarrón de sus sentimientos contra la pared de sus miedos.
Delicada criatura que descendió de cimas insospechadas donde los ángeles son de nácar, alcanzó a tocar el maléolo de los dioses cuando danzaba, la escarlata colgadura de los palacios olímpicos, la nimbada cúspide de la creación vedada a los mortales comunes.
Sobre su frente una diadema de luces y flores, en sus manos una guirnalda de magnolias, sus piernas se mecían con el delicado equilibrio de las barcas sobre el mar tormentoso.
Ajena al mundo, imaginó que su destino era bailar ante criaturas celestiales, no ante uno, sino ante todos los que hubiera creado la humanidad, no ante un mártir sacrificado, sino ante toda la pléyade que insuflaban su aliento de nieve en el pecho de los humanos. Tal era su ego, tal su ambición para el arte de flotar como un burbuja sobre la dureza insoportable de las piedras, de los titánicos diamantes, de los despojos de la materia.
Isadora amaba Grecia. Su alma tendría reminiscencias de otras épocas, de otros símbolos, de otros valles y otros templos. Suspiraba ante los hermosos modelos de las estatuas desnudas y ciegas. Se embelesaba ante el Apolo y ante el David. Sus ojos horadaban con fuego el mármol para admirar aquellas figuras de dioses y héroes a partir de duros peñascos cincelados por el mazo.
Sus movimientos eran libres, no pertenecían a ninguna escuela, a ningún estilo, sus giros y deslizamientos tan solo podían ser imaginados en los sueños. Alado corcel, carroza de musgos, retozaba sobre el tablado como si su corazón fuese estimulado por un fusión nuclear de elementos desconocidos.
Sobre el escenario cubría su cuerpo con túnicas transparentes, el largo cabello derramado sobre hombros y espalda, en salvaje salto del agua forestal hacia el precipicio, mientras sus piernas y pies desnudos derramaban el ámbar de su arte como un exótico perfume hecho con el almizcle y la dulzura de la eternidad.
Oh, Isadora, ¿qué tragedia resucitó del pasado con tu vida? Todo lo perdiste, incluso a ti misma por salvar la armonía, por perfeccionar el movimiento de las esferas con tu danza.
Tuvo dos hijos que murieron antes de tiempo, apagados por el intenso fulgor de su madre, por esa feroz energía que solo acompaña a los predestinados.
Vivió en la pobreza, metida en una buhardilla que olía a alcanfor y a humedad. Años de carencias, de insolvencia, la convertirían en un fantasma, imaginaron sus detractores, quienes concebían su arte como una malsana transformación de la belleza de la ondulación clásica.
Su impresionable espíritu, su alma frágil no estaba preparada para un mundo brutal, para un peñasco burdo en medio de una tolvanera de orbes fríos y desolados, ni para enfrentar las falanges atrabiliarias de la ignorancia o abordar el buque de la mediocridad.
Cuando llegó el 14 de septiembre de 1927, un aire frío le rozó el rostro, caía la tarde, el crepúsculo asomaba su mirada oscura entre las grietas del día que se desvanecía. La helada sensación le conmovió, era una caricia extraña. Algo le empujaba al sacrificio, al abandono.
Bebió varias copas de champaña, lúcidas burbujas, estímulo contenido bajo el manto de la carne. Conversó con parroquianos y hasta les deleitó con sus sutiles pasos sobre el rústico embaldosado del recinto. Vítores y alegría la rodearon durante esos momentos, los últimos de su excitante vida.
Abordó su automóvil para dirigirse a Niza. El vehículo era un deportivo descapotable. Isadora, llevaba una larga bufanda para protegerse de ese aire frío que antes le rozó el rostro.
Aceleró y la brisa finalmente la hizo sentir libre, el paisaje raudo que pasaba a su lado era un espejismo, destellos y reflejos, leves apariciones verdosas o azuladas. El largo paño flotaba. Se detuvo un instante para admirar una flor o una forma nubosa que se enfrentaba al crepúsculo.
Al reiniciar la marcha, la chalina se enredó con el eje de los neumáticos y le rompió la tráquea, la estranguló. Allí terminó inmóvil y absurda sobre el tapiz de los asientos del carro, con los ojos abiertos mirando absorta la danza de las estrellas.
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Roderick Guzmán Meza


