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El Tema del Traidor y del Héroe (R)

Permalink 20.02.08 @ 20:47:53. Archivado en Literatura, Historia, Ficción

En línea con las realidades alternas conformadas por la fantasía y la imaginación, se vislumbra una estrambótica hipótesis sobre un personaje capaz de crear adhesiones poderosas y aversiones igual de contundentes.

Sueltas las amarras nos hacemos al vasto mar de la ficción y la imaginación, navegamos en búsqueda del arcano mayor, del sobreviviente del colapso de los antiguos sistemas y de las ideologías, del hombre, del personaje, del líder y del héroe.

Aventurémonos por esta senda cubierta de nebulosidades, de escarpados abismos, de desolados desiertos, donde pueden verse móviles siluetas todavía difusas, expansivas y retractiles, luminosas y oscuras.

Al desvanecerse el denso celaje aparece un atril en lo alto de una tribuna. Inmensas fotografías del hombre en mejores épocas cuelgan de las paredes del edificio desde donde aparece la cansada organización biológica del adalid, encorvada por la gravedad de los muchos años, vestido con su tradicional uniforme de campaña, su luenga y cana barba se derrama sobre el pecho escurrido, la gorra calada hasta el pabellón superior de las orejas pone un alero de sombras sobre la mirada.

Lleva un paso inseguro, lento y hasta un poco torpe. Avanza entre una nube de burócratas e incondicionales que le saludan. Algunas palmadas no muy fuertes sobre los hombros y la parte alta de la espalda de este anciano octogenario de rostro estupefacto, de ceño sorprendido y ojos como cisternas vacías.

Ante el sustentáculo apoya las manos disimuladamente temblorosas, manchadas por la vejez, amplias e irregulares. Las mangas de la chaqueta oliva se cierran en los puños.

El hombre intenta una sonrisa, pero parece un macabro gesto de alguien que sufre, de alguien que es incapaz de ceder a las evidencias de la decadencia, del cansancio y del abismo.

Es Fidel Castro quien ahora abre los brazos en señal de infinitud, con el gesto de abarcar a la masa que le aclama mientras todavía resuenan los marciales arpegios de un himno revolucionario.

Lanza su incendiaria proclama sin prólogo, el aire se cristaliza para impedir el avance del tiempo, como todas las veces que aparece ante el público, como cada vez que tiene la oportunidad de proyectar sus pensamientos para seducir a la hipnotizada biomasa, que sucumbe al duende de las palabras, al carisma de la personalidad.

Es propicia la ocasión para recordar heroicas hazañas, para rescatar desde las mazmorras del olvido a quienes cayeron en la batalla y nunca más estarán presentes, para ensalzar a los leales seguidores, heridos o ilesos, para apuntalar las cuñas de la sagrada revolución.

Luego de varias horas bajo el sol canicular de La Habana y de haber concluido el acto, la muchedumbre se disipa, se descompone en deformes y móviles máculas oscuras sobre el embaldosado y las calles. Castro ha sido llevado ya a sus aposentos donde ha de descansar antes de dirigirse a su residencia.

Pero en un momento particular, las puertas se abren de par en par, entran varios gendarmes y agentes, desalojan a los ayudantes de cámara, a los médicos, asesores y consejeros. Todos se marchan en silencio, no sé si alguno anima alguna idea antagónica en su mente, un punto oscuro que crece en medio del límpido pliego de su pensamiento: “Todos han caído, los rusos, los checos, los búlgaros y los rumanos y el líder permanece…”
Quien esto lleva entre sus parietales se marcha con los demás, baja las escaleras y se pierde en el dédalo de calles desgajadas del centro citadino, sigue las señales de los policías que le permiten el paso. Después, el líder se dirige a Palacio.

Una vez en su despacho las puertas son cerradas. Con meticulosa paciencia son “peinados” los pasillos, las escaleras, los ascensores, las demás habitaciones, el clóset y los balcones también son sometidos a la pesquisa antes de aprobar cualquier contacto del líder con los visitantes que han aguardado con geológica paciencia su llegada.

Se puede escuchar la voz de Castro argumentando sobre el incremento en la producción de caña de azúcar y de habanos y de los nuevos compradores.

Gesticula con ampulosidad mientras justifica algunos retrasos en la entrega de ciertos embarques. El anciano está con que alguien. Un guardia escucha en la puerta.

El viejo se desabotona la chaqueta de fatiga, el sudor resbala por la comisura nasolabial y se enreda en la barba. Frunce los labios y aprieta un puño, en tanto se escucha un metálico acento anglosajón que increpa con cierta delicadeza, pero con firme propósito.

El coloquio continúa. Nadie sospecha lo que allí se urde, tan solo quienes alientan el encuentro. No es la primera vez que se reúnen. Hace varios años los discretos encuentros son realizados. Oscuro mar temporal del que no se tiene certeza alguna, del cual no hay registros ni anotaciones.

Ahora sonríe el revolucionario patriarca . La voz interlocutora accede a ciertas condiciones. Concede, otorga, proporciona.

El que antes ha esbozado aquella dosis de orgullo por la permanencia del dirigente, ya está en su casa, en el portal o en el balcón, mirando la calle, la playa o la plaza, fuma un cigarro con fruición y observa las gruesa volutas ascender hasta enroscarse en los últimos resplandores de la luz de los faroles. Desde donde se encuentra quizás hasta pueda verse la ruta de los marieles, el acuoso sendero hacia Miami, hacia la otra forma de revolución y liberación, depende de qué lado se encuentren sus intereses.

En el interior de su cráneo se repiten voces ya hace mucho escuchadas, en aquellos tiempos en el servicio secreto, cuando joven y energético, eléctrico y feroz, cuidaba de la seguridad del líder y espiaba a sus vecinos, torturaba a los reos y encarcelaba a los disidentes empujados al calabozo con un seco puntapié.

Un diálogo se reaviva en ese recinto encefálico. El líder habla en un tono casi susurrante pero audible con alguien embutido en un gabán oscuro, con anteojos polarizados y aspecto ejecutivo.

“Sí, Rusia está dispuesta para el cambio. Los viejos líderes caerán, los altos funcionarios planean marcharse a sus dachas. Me lo ha asegurado Gorbachov. Sí, eso es, el tiempo ha sido el preciso para las transformaciones, pronto se derrumbará todo el muro y ustedes ya saben lo que quiero a cambio. Tienen todo lo necesario para remodelar Europa y configurar sus teorías de libre mercado”.

El otro, el incógnito, añade: “La confianza depositada en usted por los jerarcas ha servido a nuestros propósitos. Usted continuará siendo el carismático líder y nosotros cuidaremos que eso sea siempre así. A usted le corresponde, tan solo, mantener su espacio y estimular su política. También le necesitamos para preservar el estatus en el continente. Nos encargaremos de su absolución por la historia”.

La breve conversación prefigura el resultado de un juego oculto, desconocido. Más allá se encuentra el vacío, las tinieblas. El mundo debe ser así, sus fuerzas han de ser canalizadas antes de permitir la eclosión de efluvios desconocidos y maléficos para los propósitos del orden y del poder.

Este recuerdo logró estremecerle. Hombre rudo donde los haya, sintió la pesada carga de mantener este secreto por el bien de la Revolución y por el bien del país. Se dijo así mismo que había servido en una empresa de infinitas proporciones, de inconmensurable nivel en los avatares del cosmos. No siempre se puede ser fiel al traidor y al héroe al mismo tiempo.

Ahora se ha cerrado el portal. Por allí no se volverá a entrar hasta que la fantasía sea estimulada. Todo es ahora territorio de la normalidad. La conspiración y la suspicacia dejan de tener peso específico. El mundo gusta de las historias así que concedámosle el derecho a conocer una más de las tantas.

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