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El Espantajo Harvey

Permalink 18.02.08 @ 20:49:41. Archivado en Historia, Ficción

El extraño sujeto que hoy integramos a nuestra galería del crimen, vivió atormentado por su apariencia. Era pequeño y simple, sin atributos ni atractivos. En el fondo de su alma despreciaba a las personas porque era discriminado a causa de su fealdad. Ese sufrimiento se convirtió en odio y después en salvaje sadismo.

Odiaba al mundo, pero sobre todo a las mujeres porque ellas no accedían nunca ni siquiera a sus miradas. Tenía sueños disparatados con hermosas damas que le entregaban no solo su cuerpo, sino también su alma. Él era el amo supremo en ese mundo de ensoñación, el único motivo de placer y agrado.

Pero la realidad era tan dura como una piedra y contra ella se estrellaba Harvey Murray Glatman, quien había nacido en Colorado, en medio de una familia disfuncional, con un padre borracho pero medroso y terriblemente ineficiente y una madre metálica y filosa, de muy mal temperamento.

Desde su infancia estuvo marcado por su apariencia: grandes orejas despegadas del cráneo, ojos separados, saltones y acuosos, nariz desproporcionada y curva; la boca parecía una herida mal cicatrizada, con unos labios abombados, el color de su piel era muy pálido, casi traslúcido.

Los compañeros de clase se burlaban de manera implacable y hasta sus propios familiares hacían bromas a su costa. Él tan solo desviaba la mirada y se sumía en el caldo de su amargura.

Se sospechaba en el pueblo que Havey no era hijo del que reconocían como su padre, porque el hombre no era tan desafortunado. Además, la madre no le iba muy a la zaga con sus grandes ojos azules, su perfil respingado y unos labios carnosos y sensuales.

Alguien aventuró la idea de que Harvey era hijo de un repartidor de mercancías que había fallecido en un accidente de tránsito. No se podía afirmar esta hipótesis, pero lo cierto es que al fallecer la madre se encontró entre sus cosas una foto del malogrado individuo.

Le apodaban el monito, el gorilita o simplemente, el feo y cada vez que escuchaba las burlas de los demás, en su corazón brotaban espinas y en su espíritu se conformaba un remolino de impiedad y venganza.

Pero el encono de Murray estaba previsto, sobre todo, para las mujeres, a quienes intentaba acercarse, no siempre con propósitos eróticos o románticos, sino también con una imperiosa de refugiarse en alguien que le sirviera de reemplazo por la feroz madre.

No obstante su exterior desecho por las irregularidades y las deformaciones, Harvey era un hombre muy inteligente, con un cociente intelectual de 130. Aunque de nada le valió su capacidad de pensamiento porque la personalidad había sido marcada por su fealdad.

Poco a poco fue aislándose de todos. De la misma manera crecía el odio hacia sus congéneres. Prefería la soledad, el aislamiento. La presencia de cualquier ser humano le incomodaba y le producía angustia. No sabía en qué momento, un comentario sobre su apariencia derrumbaría sus defensas y lo arrinconarían en un sitio oscuro y frío.

Encerrado como vivía, su sexualidad fue reprimida y se elevaron los niveles de su frustración. Las mujeres le aborrecían por lo que su desahogo erótico provino de actividades onanistas.

Esta autocomplacencia, sin embargo, era tenue e insostenible. No había imagen para estimular su fantasía porque de todas las mujeres había recibido tan solo escarnio. Las motivaciones de su sexo eran la oscuridad y la soledad.

Entonces, ante el incontenible deseo, ante los avances de una libido poderosa, Harvey intentó otra variante para alcanzar el clímax del placer. De mostraba humilde y solícito con sus compañeras. Al ganarse la confianza, también lograba acceso a ciertas situaciones que le permitían hurtarles sus objetos.

Sobre ellos afinaba su deseo. Se convirtió en un fetichista consumado. Se masturbaba con cualquier objeto que hubiera sido tocado por sus “amigas”. Fantaseaba con los bolsos, con los lápices de labio, con los pañuelos. Se atrevió a apoderarse de sus agendas, las que leía con fruición, sobre todo los pasajes dedicados a los romances.

Pero esto no era suficiente. Cada vez, necesitaba más. Los utensilios no eran ya más que meras cosas sin valor, sin carácter. Un día tuvo una idea.

Cuando tenía 17 años, adquirió un revólver de juguete y lo guardó en su cintura. Salió a la calle. El pueblo se terminaba después de la vieja estructura de un granero. Más allá un vasto campo sembrado de árboles frondosos y de escondrijos. A cierta distancia se levantaba una cadena de colinas, moteadas por la ambarina luz del atardecer.

Ensimismado en la contemplación del arma de juguete estaba cuando escuchó el crujir de las hojas secas. Alguien se acercaba. Era una muchacha de unos quince años. Tenía el pelo rubio y era pecosa. En sus ojos verdes se asomaba la inocencia. Sus labios humedecidos por un hilo de sudor eran perfectos y sensuales.

Harvey la vio venir. En su distracción la joven no se percató de la presencia que acechaba tras un fornido tronco. Le salió al paso con el revólver en mano. La obligó a desnudarse y cuando la muchacha esperaba lo peor, el hombre feo no hizo más que mirarla con ansiedad y rozarla con sus nudosos dedos.

Esto dejó en un momento determinado de ofrecerle placer. El auge de los sentidos se desvaneció para dar paso a una incontenible necesidad de posesión. Un furor diabólico se elevaba desde el oscuro sitio donde sus entrañas metabolizaban tanto el dolor como la rabia.

Entonces la poseyó sin contemplaciones. Mordió su rostro, su cuello y sus senos. La sangre resbalaba por sus labios como un néctar recién destilado. En sus manos quedaba el olor de los cabellos y de las zonas púdicas, erizadas por el dolor y el espanto.

Al concluir, le volvió la razón. Se dio cuenta de que sería delatado y le esperaba la cárcel, así que mirándola con fijeza, rodeó el cuello con sus manos y las estranguló. Miró como los ojos de su primera víctima se abrían desmesuradamente para después cerrarse mientras de su boca expelía un ruidoso resoplido. La joven murió y Havey no sintió el mínimo remordimiento.

Justificaba su aborrecible acto con imágenes de la gente burlándose de su fealdad, de las chicas riéndose de él y señalándole como un bicho raro.

La compleja psiquis de este hombre apesadumbrado, torció la dirección de sus instintos. Compró una cámara fotográfica y comenzó a retratar a las mujeres que le apetecían. Este preámbulo sería tan solo una variante para sus posteriores crímenes…CONTINUARÁ.

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De nuevo Roderick nos muestra aquí la tragedia humana marcada desde la infancia, desde el sufrimiento producido por el desprecio por lo diferente, lo feo, lo raro, en definitiva, por la discriminación, por los prejuicios que motivan y conducen nuestros actos, nuestras relaciones, nuestras manifestaciones sociales.
De nuevo nos muestra el poder del sufrimiento humano convertido en una poderosa arma mortal.
Muy interesante esta serie de los lunes en la que, con su estilo acostumbrado y un sabio toque de ficción con el que hacer más atractivo a la vez que comprensible la evolución del personaje tratado, Roderick Guzmán Meza nos va mostrando una amplia galería de asesinos en serie pertenecientes a la vida real.
Enlace permanente Comentario por solariana 23.02.08 @ 16:26

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