Cortázar, los Cronopios y la Eternidad
14.02.08 @ 21:16:46. Archivado en Cultura, Literatura, Ficción
En el laberinto de fechas de calendario, habíamos dejado a un lado la que señalaba el final físico de uno de los escritores más grandes y apreciados, no solo por su obra, sino por su carismática personalidad, Julio Cortázar.
Hace dos días se cumplieron 24 años desde el momento en que Julio cometió el error de abandonarnos, de dejarnos sin más muestras de su ingenio y su sabiduría. Escasos estamos de personajes iluminados, de individuos capaces de devolvernos un poco de luz en este pisoteado sendero de sombras para que haya cometido semejante osadía.
Fue recluido en el hospital de San Lázaro casi ya vencido por la enfermedad, agotado, exánime. Sin fuerzas casi, murmuraba algunas secretas palabras tan solo escuchadas por unos pocos. Letanía o salmos, versos o ficciones, Julio se introducía en un mundo para el cual había imaginado muchas opciones.
Allí en ese recinto su energía vital ascendía en espirales y se enroscaba de orbes eternos de luz. Rozaba a velocidades vertiginosas el vapor de las estrellas, se alzaba sobre las órbitas de los cometas y los bólidos de fuego y escarcha que surcaban en ese momento la eternidad.
Abajo, la pesada carga de su cuerpo. Los huesos que no dejaban de crecer, los tensos músculos de hombre angustiado, las moléculas de una raza que provenía de todos los rincones de la tierra.
Julio ingresó subyugado por un mal sanguíneo. Algo dentro de él se resecaba como un páramo bajo los rigores del estío. La savia de su vitalidad gigantesca se había quemado en las yescas del dolor. Sus últimos momentos fueron discretos pero impresionantes. Sus labios resoplaban, su pecho ascendía y descendía con fuerza declinante hasta que vencido ya el furor de la existencia, se quedó inmóvil. Sobre sus párpados un enjambre de capilares perdía su color.
La cara erizada por una barba entrecana, estaba muy pálida. La frente era surcada por las finas estrías de un gesto de asombro permanente. El pelo revuelto, salpicado de albos filamentos también. La piel del rostro era una especie de viejo papiro donde se había escrito su vida.
Le acompañaban en ese momento, el último, el postrer, su primera esposa, Aurora y su amigo Luis. La ex mujer recordaba al Julio de luz, al hombre de la mirada lánguida y cansada, al individuo que bebió en sus labios toda la miel de la aurora.
Luis recordaba las tertulias, las inspiradas tardes de ajedrez y las charlas prolongadas hasta las alturas de la noche. La última vez, hace unos días, ambos se estrecharon las manos con tal fuerza que no entendieron que era un adiós.
El día 14, uno como hoy, idéntico en su expresión indolente, sin signos ni acentos, el cortejo se dirigía hacia los jardines de Luxemburgo. Al pasar frente a la estatua de Balzac, la comitiva sintió una ráfaga de viento helado. Alguien especuló sobre una voz tronante recitando versos o un aleteo de palomas.
No tardaron mucho en llegar al cementerio, en traspasar las herraduras del umbral. La hierba era tan verde como los ojos de una diosa o como una veta de esmeraldas iluminada por la sonrisa de la luna.
Nada de discursos ni de rituales. El séquito fúnebre se mantenía en el más cerrado silencio. El viento se detuvo, la ciudad era acorralada por densos anillos de neblina. Después, los sepultureros colocaron el féretro sobre las cintas de la polea y descendió con lentitud hacia el foso.
Uno a uno, los concurrentes dejaron deslizar entre sus dedos una flor roja. Era un arcángel que descendía a las mazmorras de la materia, a la catedral del polvo, al palacio del silencio y la oscuridad.
A cierta distancia, como señal de respeto y sobrecogimiento, un número creciente de jóvenes daban el último adiós al maestro. Las lágrimas caían sobre la hierba cristalizada y se deslizaban como perlas en el terciopelo hasta extinguirse en el rústico suelo.
Después las paladas de tierra caían sobre el ataúd. La negrura cubría el largo recinto donde ahora se disiparía la esencia orgánica que imaginó a la Maga, a Los Reyes, El Bestiario a El Perseguidor.
Mucho se dijo sobre la muerte de Cortázar. Le contagiaron SIDA según algunos, la leucemia le consumió, alegaban otros. Se ha afirmado que Carol Dunlop, su mujer, su sueño, llevaba en su cuerpo el arma mortal del virus, adquirida a través de una transfusión. Lo pasó a Cortazar después de haberse amado al calor de una chimenea, ante la reverberación de las chispas entre los troncos.
Pero la verdad es que Cortázar fue destruido por la leucemia. Sus más allegados, empero más románticos y condescendientes, dicen que Julio murió por no haber podido soportar la pérdida de Carol. Contaban que por las noches, detrás del humo de su pipa, veían el rostro de Cortázar arrasado por calladas lágrimas, absorto en la contemplación de una fotografía de la mujer amada.
Ella se había ido el 2 de noviembre de 1982, víctima también del cáncer sanguíneo. Dolido en extremo, dejó caer toda su inmensa humanidad en un agujero de donde no habría de salir más que para entrar en otro, el del sepulcro.
Cortázar era un individuo noble e impresionante. Medía más de un metro noventa. Su voz era grave, con un dejo francés en su acento porteño, con esa graciosa manera de pronunciar la erre como ere.
Era el chico bueno del barrio, el compañero, el cómplice, decían quienes tuvieron la fortuna de ser sus amigos. Sus paseos en solitario por las calles, eran respetados por todos, le dejaban caminar hacia donde le llamaban los espantajos o los sonidos del harpa o la flauta. Estaba en pleno proceso de creación, estaba en esos momentos imbuido por la magia de los genios.
Tenía sesenta y nueve años cuando fue vencido por el monstruo escondido en su interior. Había descendido al Maelstrom de Poe con una capa de lirios y rosas.
Duerme para la eternidad el mayor de los cronocopios, cerca de Baudelaire, patriarca de los poetas malditos quien ha de invitarle una copa de vino para charlar sobre el amor, las mujeres y la vida.
"Los perfumes, los himnos órficos, las algarias en primera y en segunda acepción ... Aquí olés a sardónica. Aquí a crisoprasio. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro que una mujer no pueda olerse como la huele el hombre."... JULIO CORTÁZAR
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Roderick Guzmán Meza








