Reflexiones sobre una Muerte
13.02.08 @ 20:32:22. Archivado en Ficción, Personal
En una línea que no se distancia tanto del texto anterior, he de reflexionar sobre ese inefable suceso que es la muerte. Un amigo le ha catalogado de “escándalo”, nosotros, menos filósofos, pensadores más asustadizos ante los abismos de la existencia, observamos su actividad despobladora como un acto de terrorismo permanente.
Terrorífico porque ha sido una sombra indeleble tras nuestros pasos, un remezón de viento en la soledad de los caminos, un súbito silencio que nos envuelve en alguna concurrida avenida, una estridencia en la privacidad de una habitación, un rostro que nos mira desde el fondo del ascensor, un roce en el brazo cuando en solitario miramos la línea del horizonte, unos pasos en el callejón, un ruido en la ventana... un glóbulo que recorre las arterias.
Hace poco se ha servido el menú. Un compañero de faena, peregrino también de esta senda que llamamos vida, sucumbió ante las feroces embestidas de la muerte. Era un día cualquiera, sin signos ni anuncios.
De imprevisto llegó la noticia. Un agudo dolor en el pecho surgió de lo más profundo de si, su voz se hizo un hilo, su respiración anhelante apenas le permitió llegar al consultorio del médico. Desde allí, en una camilla, su cuerpo ya inconsciente fue trasladado al quirófano.
Una arteria había sido obstruida por una placa adiposa. La atención rutinaria, le había diagnosticado una crisis hipertensiva. Las píldoras se deslizaron por su garganta hacia las insondables simas orgánicas donde, al deshacerse, liberarían la potencia terapéutica para impedir daños mayores a su ya casi consumido corazón.
Pero el hombre murió. Algo se reventó tras su rostro o en su pecho, algo se desbordó en su interior mientras una jeringuilla inoculaba sustancias de contraste que permitieran detectar la magnitud del daño. Todo fue en vano.
Antes de alcanzar la curvatura, antes elástica, del vaso sanguíneo, el corazón se detuvo. El último latido ha de haber sido como el sonido de una gota al evaporarse o quizás como el crujido de la arena bajo los pasos. Su rostro se deshizo en una mueca casi irreal, ridícula; los párpados cayeron pesadamente sobre las fijas pupilas y el rictus de los labios permitió una abertura por donde, como una burla final, como un deformado reptil, asomaba la punta de la lengua.
Después, alguien consultó su reloj y certificó la hora del fallecimiento. La noche era densa y no había estrellas. Ningún símbolo saludó aquella partida, ni el viento ni las nubes, tan solo el tintineo de los instrumentos estériles, de las probetas y los pistilos y el frufrú de la sábana con la que finalmente le cubrieron.
La noticia llegó en las alas de un rimbombante timbrazo del teléfono móvil. La voz seca, como la del dipsómano, articuló la insólita frase, la imposible oración: “Fulano de tal ha muerto”.
No mucho antes habíamos intercambiado saludos y promesas de apurar un par de copas. Nada era el tiempo desde la última ocasión. No podíamos imaginar que las sílabas habrían de dispersarse entre las órbitas de luz de aquella tarde.
Después, el ritual. La iglesia repleta. Las caras vencidas por la estupefacción, por el cansancio, por la desolación (En el fondo, muy escondida, sin sílabas ni acentos, la frase “Gracias a Dios no soy yo”).
Alguien gime en uno de los bancos cercanos al féretro. Murmullos fluyen por todas las hileras de bancos. En lo alto del templo giran indiferentes los ventiladores que remecen el cabello de unas señoras circunspectas vestidas con blusas blancas y faldas negras, con el rostro adusto.
En la entrada de la capilla nos topamos con un muro de personas casi infranqueable. Finalmente, accedemos al interior del aposento. Un pasadizo nos permite llegar hasta el féretro. Reconocemos el temor, la angustia, el estremecimiento ante la visión a la que nos aproximamos.
Tres personas delante de nosotros se detienen y conversan entre ellos. Escucho apenas las frases: “como dormido”, “no parece estar muerto”. Imagino el rostro detrás del cristal y no es nada diferente al que por fin puedo ver.
Cetrino y absorbido desde adentro, parece una especie de criatura hecha con una materia desconocida (Pensé entonces en El Golem de Maynrik). Sobre las cejas se expandían caminos arteriales diminutos y algunas manchas oscuras se acrecentaban en los pómulos. A pesar del embalsamamiento, el trabajo de desintegración había comenzado.
El cabello había sido peinado con meticulosidad, con partido a la izquierda, pero ni una sola hebra tenía brillo. Los labios blanquecinos habían quedado parcialmente abiertos y permitían la aparición de una lengua gris y deshidratada.
Le vimos con detenimiento. Imaginamos los ojos carcomidos por las hormigas, sobre la piel el gusano y el escarabajo hincando sus dientes y sus pinzas sobre la carne agrietada y purulenta. Levantamos la mirada y en la tapa del ataúd estaba la imagen de una virgen de rosadas mejillas y ojos intensamente azules.
Toda la impresión que nos ha ocasionado el cadáver, todos los pensamientos que hemos producido en medio de esta pesadez, no ha sido tan poderosa, ni tan horrible como la de la imagen religiosa. Suponemos despertar dentro del sarcófago, sentir el terror de estar encerrado en las tinieblas y la angustia por romper las murallas que nos separan del mundo.
De pronto, como en un último acto de cinismo de la existencia que se escapa, un círculo de luz se posa sobre la estampa cuando las fuerzas se extinguen. El último instante antes de fenecer lo hemos gastado mirando esos ojos por toda la eternidad. ¿Habrá algo más espantoso que mirar por siempre un rostro?
La fila avanza y debemos continuar. Ocupamos nuestro sitio al final de la capilla. Desde allí no dejamos de mirar el cajón hecho de madera de caoba y remachado con bronce. Lo flanquean sendos cirios blancos y sobre el embaldosado coronas de flores dan, paradójicamente, vida al recinto.
Después han quedado las preguntas, las interrogantes de siempre. La incertidumbre de la supervivencia del alma. ¿Dónde habrán quedado los recuerdos, las cualidades, el conocimiento, los instintos?
¿Por qué acumular tanta información en un cerebro portentoso, si a la vuelta de los años habrá de desperdigarse como hierbajos sueltos por calles abandonadas? ¿Es justo venir a un mundo al cual fuimos llamados por fuerzas incontenibles, para después convertirnos en cenizas y no tener la certidumbre del regreso?
No abogo por ninguna doctrina, ni reencarnación, ni eterno retorno, ni resurrección. Tan solo esbozo sobre este blanco lienzo virtual, algunas inquietudes de una mente abrumada por las evidencias del vacío y de la ausencia.
Comentarios:
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
1 Corintios, 15,55
¿No será que si necesitamos volver, tal vez porque quedó algo inconcluso, podremos hacerlo con otro cuerpo, en otra época y en otras circunstancias? ¿A qué viene tanto lloriqueo por un cuerpo muerto? Esa persona se ha librado de su peso, de su carga, ahora es cuando le toca vivir.
En fin, son muchas las interrogantes, volveré a consultar con mi almohada aunque ya sé por experiencia que no me saca de ninguna duda.
Eso a lo que su amigo ha "catalogado de escándalo" yo creo que no es la propia muerte sino toda la parafernalia que la rodea, incluídos los propios signos cadavéricos. Pero, si hemos nacido para morir...Bueno, para vivir primero, pero después morir. Claro, ya sé, la cuestión es que no nos lo avisaron antes de nacer, si no más de uno habría elegido no nacer. O tal vez resulta que sí, que sí lo sabíamos e incluso decidimos hacerlo a sabiendas de que todo acabaría. ¿No será que la vida es un paso, una especie de viaje, un ir a la escuela a aprender cosas, algo necesario para poder volver a aquel lugar del que venimos? ¿No será que nos han prestado el cuerpo para poder movernos, para poder desempeñarnos, como instrumento necesario para...
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Roderick Guzmán Meza


