El Merodeador Nocturno (Final)
11.02.08 @ 19:08:21. Archivado en Cultura, Ficción
Hace ya varios días dejamos al Merodeador Nocturno mientras llevaba a cabo su macabro proceso de depredación. La historia continúa en esta entrega. Días después de su última fechoría, Richard Ramírez atacó con ferocidad al matrimonio Zazzara.
Al señor Zazzara lo borró del libro de los vivos sin la mínima vacilación. Apuntó su arma directamente a la cabeza y disparó. La masa encefálica saltó en varias direcciones y quedó adherida en la pared.
Esta visión no hizo más que exacerbar la furia diabólica del asesino.
Atacó a la esposa de Zazzara, Maxine con la mayor aberración de la que podía ser capaz. Le sacó los ojos, hizo profundas heridas en el cuello, abdomen y región perineal. Sobre el seno izquierdo había grabado una T profunda. Las vísceras fueron encontradas esparcidas por la policía.
La necesidad de verter sangre del monstruo iba en aumento. Dentro de su cabeza bullía el germen de la locura en su grado más desenfrenado. Sentía en su pecho la angustia de ver un rostro horrorizado, de someter hasta la humillación más indigna a sus víctimas.
No demoró en volver a atacar. El 24 de mayo incursionó en casa de los señores Wu. Una sola bala en la cabeza utilizó con el esposo. La mujer, dormida a su lado, despertó por el ruido atronador del disparo. Intentó gritar pero Ramírez le tapó la boca con cinta adhesiva y luego la ató a la cama, mientras la sangre del marido fluía por el orificio hecho en el cráneo.
Procedió a revisar la casa en busca de dinero y de objetos de valor. Al no encontrar nada, golpeó a la pobre mujer de 63 años y luego la violó sin misericordia, no sin antes zafarle varios dientes de un puñetazo.
El 30 de mayo atacó de nuevo. Violó repetidamente a Ruth Wilson. La sodomizó de forma brutal y, algo inesperado, le perdonó la vida porque era una mujer hermosa. Temblorosa, la víctima reafirmó otras descripciones del criminal, trigueño, alto y sucio.
Cuando llegaba a su casa, Ramírez se liberaba de un pesado fardo. Se relajaba a tal punto que se dormía en cualquier parte, mientras recordaba las sangrientas faenas del día.
No dejaba de sentir satisfacción por haber evadido una vez más a las autoridades. Se solazaba imaginando el alboroto en el recinto policial, el papeleo, la vocinglería, el nerviosismo, el acecho de los periodistas. Todo el jaleo exultaba el ánimo de Ramírez y le proporcionaba mayor estímulo para continuar con su periplo de exterminio.
Sus sueños debieron estar plagados de escalofriantes escenas. Sangre que fluía, rostros perturbados por la sorpresiva muerte, ojos arrancados, vientres desgarrados, aullidos de dolor y de terror.
Pero estos son solo imágenes vaporosas en su memoria que se desvanecen pronto. Se hace necesario repetir los actos, reafirmar su poder sobre los sacrificados que a su paso conforman un mapa de oscuridad.
Después vino el desenfreno absoluto. Llegado el 29 de mayo, la primavera estaba en pleno esplendor. El paisaje hervía de colores. El sol comenzaba a ocultarse y dejaba manchones dorados, devorados en pocos minutos por las sombras.
Saltó de sus resortes el Merodeador Nocturno. Salió a caminar por la ciudad. Olisqueaba el aire con fruición. El olor de la carne provenía de todas partes. Miraba con interés cada movimiento, cada forma. Hombres y mujeres ajenos al peligro que les acechaba, se dedicaban a sus cosas, seguían su rutina, completaban sus actos diarios sin la mínima sospecha.
Llegó hasta un edificio. El portero eléctrico estaba dañado. Empujó la puerta con cuidado. Entró a un ámbito iluminado tenuemente. Subió las escaleras. No había nadie. Miró el pasillo donde se alineaban a derecha e izquierda los apartamentos.
Eligió uno casi al azar. Allí vivían dos hermanas, ancianas ellas. Malvia Keller y Blanceh Wolf. Tenían 80 y 83 años. Frágiles ramas secas, apenas escuchaban y sus ojos no filtraban mucho la luz.
Llevaba un martillo con el que las golpeó tan fuerte que casi les deshizo el cráneo. No satisfecho con la saña con que asesinó a las dos ancianas y como una burla macabra, les pintarrajeó la cara y les dibujó pentagramas invertidos sobre el vientre y los muslos.
Entonces sobrevino un mes de sosiego, tal vez de esperanza. El fauno maldito no aparecía por ninguna parte. La policía intentaba delinear su perfil, anticipar sus movimientos, reconocer sus motivaciones, pero los detalles eran muy confusos.
No seguía una línea fija para cometer sus asesinatos. Tan pronto podría ser una mujer, como un hombre, una niña o un niño; se podía ensañar con una anciana o una adolescente; utilizaba un arma de fuego, un cuchillo o un objeto contundente.
Pero la tranquilidad terminó de manera abrupta. El 27 de junio, el merodeador violó a una niña de 6 años. Ese mismo día se encontró con Patty Elaine Higgins, a quien acuchilló repetidas veces y la degolló. Cinco días después tasajeó el cuello de Mary Louise Cannon y robó su residencia.
El 20 de julio cumplió uno de sus más sangrientos rituales. Dos adultos de 66 años fueron asesinados con toda la furia que impulsaba su perversidad. A ambos los mutiló de manera terrible y les encajó un disparo en la cabeza.
Sin embargo, comenzaba algo a funcionar mal en el organismo de Ramírez. Acostumbrado a violar a sus víctimas, ahora enfrentaba un obstáculo inesperado: la incapacidad de mantener la erección. Esto lo volvió más furioso y se entregó a la ira más desenfrenada. Mató a un matrimonio joven de origen asiático.
Pero la suerte terminó para Ramírez entre personas de su propio origen: los hispanos. Intentó robarse un vehículo en Los Ángeles. Vio una estacionado frente a una casa. Se acercó con cautela, pero no observó todos los detalles del entorno. Debajo del automóvil, su dueño, Faustino Piñón, instalaba algunos accesorios.
Cuando Piñón escuchó el ronroneo del motor encendido, surgió de debajo del carro y cogió por los brazos a Ramírez quien gritaba que tenía un arma. Pero el joven hispano no cejó en su empeño por darle su merecido al ladrón.
Lucharon por unos minutos y Piñón logró derribar a Ramírez quien se levantó y corrió hasta otro vehículo abordado en ese preciso instante por una vecina. Ante la alharaca, todo el barrio se percató de la presencia de un antisocial y se lanzó a su captura.
Fueron los hermanos Burgoin quienes lograron finalmente, reducir al merodeador. Le dieron con tubos y varillas de metal. Lo derribaron y después de someterlo le ataron de pies y manos hasta que llegó la policía.
Después de un complejo y dilatado proceso, el 3 de octubre de 1989, luego de cuatro días de deliberaciones, el jurado votó porque a Richard Ramírez le fuera aplicada la pena de muerte. Esta decisión fue ratificada el 4 de noviembre.
Poco después, aunque parezca extraño, Ramírez contrajo matrimonio con una de sus admiradoras. A tal punto llegó la divulgación de este proceso en los medios que pronto, el terrible criminal comenzó a captar simpatías entre personalidades inestables.
Al momento, Ramírez espera el momento en que se cumpla una de sus penas de muerte. Fue condenado a un total de diecinueve, pero como es lógico suponer, no podrá hacerle frente a todas.
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Roderick Guzmán Meza


