El Poeta de la Trastienda
08.02.08 @ 21:12:20. Archivado en Cultura, Literatura, Política
Es un sujeto joven, con un especial talento para describir con sutiles giros y enriquecidas armonías, las intenciones y las esperanzas, los proyectos y la voluntad de quien aspira a ser el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos, Barack Obama.
No ha sido común en las últimas campañas presidenciales del país más poderoso del mundo, el uso de un lenguaje exquisito, entretejido con hilos de sueños casi desvanecidos, pero también con la firmeza de un puño de bronce o de una tempestad.
Tiene veintiséis años, es de raza blanca y su nombre es Jon Favreau. Suena a marca de perfume o cosmético francés, pero también tiene la cadencia de una rima en mitad de un griterío. Es el hombre que acciona el verbo detrás de la figura presidenciable del precandidato demócrata.
Antes, participaba en las caravanas de asistencia social destinadas a los lugares pobres del estado de Massachussets. Ayuda a las familias sin recursos a encontrar fórmulas para valerse por sus propios medios. Eran momentos de altruismo y de generosidad.
Esa fina sensibilidad, esa capacidad para percibir como propio el asunto de los otros, ha permitido a Favreau, también conocido como Favs, llamar la atención de los políticos, desde los tiempos de John Kerry.
Anteriormente había conseguido un empleo común, tal cual hacen los muchachos de su país para comenzar a saborear el gusto por la independencia, por la libertad de movimientos y gustar del delicado roce del viento en la cara al recorrer las enormes planicies del centro oeste del país.
Su talento le ha depositado en el umbral, en la entrada del campamento de Obama. Dentro el murmullo de la gente que va de un lado a otro, el movimiento incesante, la ansiedad, los fax, los correos, los resultados de las encuestas, el rostro adusto o sonriente del precandidato.
Hace cinco años le tocó ser el orador de fondo en la graduación de la generación 2003, del Colegio de la Santa Cruz en Worcester, Massachussets. Poco después el escenario de los trascendentales abrió para él sus telones.
Cierto día del 2005, Obama invita a Favs a tomar un café juntos, en un momento de descanso. Miraban por la ventana la caída de las hojas de los árboles. Un manto amarillo era tejido y depositado sobre el suelo por las manos del otoño.
Había electricidad en el ambiente. Un hombre inteligente, con aspiraciones y carisma y otro con sensibilidad y arte para expresar las ideas. Conversaban de cualquier cosa, de largos recorridos, del descenso de la temperatura, de los cristales empañados, del viento enroscado entre los árboles y de las espirales de polvo levantadas sobre los arbustos, de cierta reunión al día siguiente en una de las cámaras del Senado estadounidense.
Fue en ese momento cuando el joven le recordó al político aquel discurso pronunciado durante la Convención Demócrata del 2004. “Usted narró una historia que me atrapó desde el primer momento”, dijo Favs, mientras Obama miraba entre curioso y admirado.
“En ese momento pensé que por una vez, un demócrata había contado una historia con sabor estadounidense, una historia que reflejara la identidad de nuestro pueblo. Eso era importante para mí”, complementó Jon Favreau.
Aquella intervención de Obama elevó su prestigio como político y orador y le convirtió en una figura de talla nacional. El político no imaginó que un muchacho que no llegaba a los treinta años pudiera haber sido fascinado por una historia sobre su familia.
Esa historia describía al abuelo, un cocinero a la orden de una familia británica que durante la Segunda Guerra Mundial estaría a las órdenes del General Patton. Después dibujó la personalidad de su padre, un pastor de ovejas nacido en Kenia, un hombre con aspiración y voluntad que llegó al país de las oportunidades y bebió de sus mieles.
Pero sobre todo, Obama hizo énfasis en la figura de su madre, una mujer nacida en Kansas, con el silencio propio de las extensas llanuras, cuyo amor sirvió de escudo y torreón desde donde divisar el amplio horizonte que ahora avizora su hijo.
“Ese día, en esa tribuna usted describió un sentimiento, un estado de ánimo tan profundo como dilatado: La esperanza ante el rostro de la adversidad y La fe de los sueños simples”, recordó Favs como si emergiera de la densa neblina de la fantasía.
Favreau pertenece al grupo de trabajo de Obama. A todas partes va acompañado por un teléfono móvil y una libreta de apuntes. Cada cierto tiempo, durante el día, se comunica con Barack y anota frases que ha pronunciado el precandidato que le han parecido llenas de brillo. Así, las ideas se entremezclan, se combinan y producen conceptos que han entusiasmado de manera profunda, sobre todo a los jóvenes, a los profesionales, los negros, las mujeres y otros grupos que acuden a las masivas reuniones.
Desde que Favs escribe los discursos de Obama ha podido sentirse la depuración del estilo del precandidato, para nada profano en estos menesteres. Los discursos se encuentran sostenidos por poderosas frases, brillantes metáforas y una prosa que sigue un ritmo constante y una sutil armonía.
Pero estos giros líricos en las piezas de oratoria de Obama no surgen orgullosos entre la vocinglería, sin provocar las reacciones de los adversarios, erizados en la acera del frente por lo que consideran una retórica demasiado perfumada para alguien que debe tener en mente un pulido prisma de pragmatismo.
La senadora por Nueva York y principal adversaria del hombre descendiente de pastores y campesinos, se ha mostrado un tanto roma al referirse a los discursos de Obama al decir que “una campaña se hace con poesía, pero el gobierno recurre a la prosa”.
Pero el poeta continúa imperturbable detrás de los telones de la campaña Barack Obama. Sus discursos tienen el poder persuasivo y los tintes de la elocuencia de los Kennedy y de un visionario y soñador como Martin Luther King.
Tal vez el poeta pueda salir hecho trizas del tórrido mundo de la política, quizás no comprenda el sonido del engranaje en movimiento de una maquinaria tan prosaica como implacable, pero sus palabras, su voz, sus frases, rozan el sentir de un pueblo que espera y comienza a clamar por cambios.
Comentarios:
Preciosa historia que promete un mundo mejor... o quizás es sólo una fantasía...¿Guerra entre prosa y poesía? ¿Quién vencerá?...
Mientras tanto, soñemos, y mantengamos viva nuestra fe y nuestra esperanza.
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Roderick Guzmán Meza


