Las Máscaras
07.02.08 @ 21:26:51. Archivado en Personal
Ha terminado el carnaval. Cuatro días de frenesí, de excesos, de ligereza y banalidad. Para algunos la farsa ha llegado a su final en medio del más desenfrenado jolgorio, con los bolsillos vacíos y una resaca mitad física, mitad moral.
Los más estrambóticos emblemas de la excentricidad y extremismos han dejado de ondear en el viento de la fantasía. Pero, ¿cuánto tiene de ilusión lo que acabamos de clausurar?
Esta no ha sido una fiesta de disfraces, farsas o alegrías. Los antifaces no son para ser escondernos, sino para dejarnos en evidencia.
No es una expresión de desahogo para después volver a la normalidad. Más bien es la libertad para demostrar lo verdadero, para dejar salir a la bestia adormecida por las normas, por los cánones, por el civismo.
Una exposición de ferocidad, lujuria o psicosis impera sobre los distintos escenarios. Tal vez mucho de esto vibre en niveles subconscientes, pero existe, está allí y el pudor es arrinconado en tanto suenen los tambores del bacanal.
Movimientos cadenciosos, ritmos barbáricos dejan en soltura la animalidad, el deseo, la sensualidad, la necesidad de alcanzar el salón de los espejos donde poder vernos tal cual somos.
Una máscara o un disfraz dan contornos al perfil de la bestia. Nótase la furia de su perfil, la hostilidad de su gesto, la agresividad de su mirada.
No es la fiesta de las farsas, sino de la revelación y del desenmascaramiento. Es lo que somos, lo que queremos ser. Ese rostro magnificado, esos rasgos exagerados dejan ver a la verdadera criatura, sacrílega e irreverente.
El joven que se viste de niña en la oscuridad de su armario (decía García Lorca), aprovecha el desenfreno, la locura y la embriaguez para sentirse libre con sus afeites de escandaloso granate.
El hombre que muta su gesto de cívico burgués por el de fauno o sátiro que se babea ante la contemplación de la niña maquillada, no hace más que complacer a su parte sombría al dejarle emerger desde la caverna donde aúlla encadenado.
La oronda dama mira por encima del hombro, con soberbio paso indiferencia e intolerancia, olorosa a Chanel mostrando sus carnes distendidas por el calendario y el uso continuo, muda su gesto de aguacero para transformarse en calenturienta y coqueta, suelta las cadenas de su reprimida lascivia y se contornea como remedo de pebeta.
Ahora, apagados los fuegos de artificio, ha comenzado el período de cuaresma. Hemos de ser reflexivos, devotos creyentes, dignos y sobrios. Pero este es el verdadero período de los disfraces y de las mascaradas.
Seremos entonces lo que no queremos ser y nos obligan a ser. Cargamos cruces y asistimos a misa, nos arrodillamos ante los sacros moldes de yeso para invocar la fuerza que encarcelará a los monstruos, a los diabólicos personajes que somos en realidad.
Nos han permitido ser por unos días bestias, duendes rabiosos, animales en celo, réprobos, lobos, íncubos y súcubos. Ahora debemos iniciar el ritual para encarcelarlos de nuevo, se hacen necesarias y urgentes las máscaras.
Si no cumpliéramos con todas las ceremonias, quedarían en soltura las peores amenazas, los más terribles estremecimientos del alma. Por fortuna, existen las caretas para atemperarnos.
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Roderick Guzmán Meza


