Hasta luego, Volodia
01.02.08 @ 20:04:16. Archivado en Cultura, Literatura, Historia
Ha culminado una carrera contra la vida, contra esa fuerza inconsciente e incontenible que nos arrastra desde la beatífica nada hasta este vado donde coincidimos unos con otros, mientras acumulamos vanas experiencias que no han de salvarnos del atroz y eterno final.
Se han cumplido los propósitos y las expectativas han sido satisfechas. Ha comenzado su camino hacia la eternidad, el escritor chileno Volodia Teitelboim.
Había sido ingresado en un policlínico de Chile aquejado por un mal respiratorio, de donde no pudo ya salir con vida. Su corazón dejó de latir entre aparatos electrónicos, debajo de tubos luminiscentes, sumergido en un ambiente de magnífica asepsia.
Tenía 91 años y su trabajo en el campo literario queda para satisfacción de quienes amamos este arte.
Se vistió también con la toga del jurisconsulto. Ocupó un escaño en el hemiciclo parlamentario e hizo de su voz un instrumento de reclamo y de lucha para rescatar a quienes nada poseen.
Perteneció al partido Comunista de Chile, del cual fue secretario general.
Dejó una vasta obra. En el 2002 fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura de Chile, presea que redondea su prestigio y remarca su talento como escritor.
Pero donde Volodia Teitelboim se sentía más a gusto era en la trinchera desde donde luchaba por las personas menos favorecidas, por aquellos que menos tienen, desposeídos y sin fortuna.
Esta voluntad de establecer la justicia social en su país nunca abandonó al escritor, porque a pesar de estar seriamente disminuido su cuerpo, continuó luchando por quienes pertenecían a grupos sensitivos.
Alguna vez dijo: “la política es mi legítima mujer y la literatura, mi amante. La amante me ronda por las noches, pidiéndome cuentas”.
Cuando era muy joven despertó su interés en la literatura la cosmovisión poética de Pablo Neruda. El bardo de Isla Negra fue uno de sus grandes ídolos, reconoció Teitelboim. Años después lograba conocer al Premio Nóbel y se convertía en uno de sus amigos más cercanos.
Su nombre era Valentín Teitelboim Volosky y había nacido en el territorio central de Chillán, en Chile, un 17 de marzo del año 1916. Eran sus padres dos emigrantes de fe judía, Moisés y Sara, nacidos en Ucrania y Moldavia, respectivamente.
En el ámbito político también se destacó como jefe de la campaña de Pablo Neruda cuando aspiró a ocupar un cargo en el senado de Chile. La estrategia planteada por Volodia le permitió al poeta ocupar un escaño senatorial.
Después, Neruda le devolvió el favor cuando se dieron los siguientes comicios y Volodia logró ocupar la curul que había sido del vate.
Teitelboim tenía también un especial talento para la oratoria. En el senado, su voz desgranaba con inteligencia y lucidez los códigos del idioma, le otorgaba al verbo una efervescencia sutil como reflejo inequívoco de su propia intención de romper el círculo de negaciones en contra de los marginados y los perseguidos.
Se dice que en una ocasión, el dictador Augusto Pinochet se le acercó a Teitelboim. El militar y presidente del país le dijo: “Señor, tengo algo que confesarle. Le tengo mucha envidia. Cada vez que mi esposa lo escucha hablando por televisión dice que yo debería hablar así”.
Volodia fue fiel a sus principios. En sus textos lograba traducir al lenguaje de la luz, el sentimiento de humanismo que profesaba. Su mayor anhelo, dijo cierta vez, era que en su país existiera justicia social y equidad.
En el campo literario, entre muchas cosas, publicó en 1991 una biografía de Gabriela Mistral y una del poeta Vicente Huidobro. Además escribió una cargada de anécdotas personales de Pablo Neruda.
Después vio la luz "Los Dos Borges: vida, sueños y enigma” y al final de su vida estaba trabajando en una biografía del autor mexicano Juan Rulfo. En el 2007 reeditó su novela Hijo del Salitre y La Semilla en la Arena.
Lo más dramático, empero, le ocurrió a Volodia Teitelboim en el plano familiar. En el año 2005, el científico Claudio Teitelboim, quien había sido criado por Volodia como un hijo descubrió que el escritor no era su verdadero padre, sino el diplomático Álvaro Bunster, ya fallecido.
El hijo científico cambió su apellido y rompió con Volodia. El autor sintió en su corazón el dardo del abandono. Este descubrimiento evidenció una realidad dura y difícil pero no una intención dañina.
Volodia sintió el peso de una enorme mano sobre su pecho que lo aplastaba. Para él, Claudio era su hijo y los hijos de este, sus nietos. Todos dejaron de comunicarse con él y le dejaron con el fardo de su pesar sentado en su sala en compañía de su fiel gata Miel.
Siempre aspiró Volodia a la reconciliación, al reencuentro, a superar ese bache lodoso por donde había transitado en el ocaso de su existencia. Por fortuna, Claudio recapacitó y acudió al lecho de muerte de Volodia donde ambos terminaron abrazados con los ojos arrasados por las lágrimas.
Bunster tomó la mano de Volodia y lo miró fijamente, sin palabras. Esta atmósfera cargada de silencio, de impredecibles cargas emotivas, se transformó en una especie de onda mágica que iluminó todo el recinto hospitalario, todo Chile y anidó en las cimas heladas del macizo andino.
Ahora Volodia es parte de un universo infinito y eterno donde todas las cosas han de concurrir cuando el final haya llegado.
Comentarios:
Triste la incomprensión entre los propios humanos, entre los propios seres que se han amado en alguna ocasión. Difícil comprender qué anida en nuestro cerebro, de qué se componen nuestras emociones...La persona sufre y eso es algo que acompaña su naturaleza. Incomprensible que a alguien que lucha por acabar con el sufrimiento de otros se le haga sufrir. Pero pasamos por este valle de lágrimas con la esperanza de que un día dejaremos de hacerlo, de que al final todos descansaremos en paz.
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Roderick Guzmán Meza


