Progreso y Delincuencia
31.01.08 @ 21:20:45. Archivado en Cultura, Economía
El aumento de la onda delictiva en algunos países parece tener afinidad con el progreso y el crecimiento de la economía. Los criminales forman gobiernos aparte con estructura orden y tienen tanto poder como cualquier funcionario de rango medio para arriba.
Hasta hace algunos años, cuando los informes financieros se mantenían en rojo, los delincuentes eran apenas rateros de poca monta, ladronzuelos tenaces que despojaban del dinero a un distraído transeúnte en medio de una multitud o en la estación de autobuses.
Acechaban en las esquinas, en los callejones, en las plazas oscuras y vacías. Eran ágiles y veloces. Su mayor demostración de violencia era arrancarle la cartera a una dama que ofrecía resistencia o golpear a quien osaba resistir sus embestidas.
Otro de los personajes al margen de las leyes era el que ostentaba la precisión del cirujano para profanar la cerradura de las puertas, el que con sutiles movimientos se introducía a través de una ventana y se marchaba con los bolsillos tintineantes de joyas. Hoy las cosas son diferentes.
Quienes forman parte de los grupos delictivos en la actualidad, no solo han dejado atrás el poco violento pasado de su estirpe, el vaporoso estilo de los carteristas, el buen estado físico de los cacos para consumar hazañas de velocidad y malabarismo, sino que han logrado asimilar las disciplinas tecnológicas para consumar sus delitos.
Pueden manejarse con solvencia en la red, conocen las virtudes del software, se expresan con inteligencia en varios idiomas, calculan, miden, sopesan, poseen educación formal, fluido léxico, lujosos ademanes.
Se han agrupado en complejos grupos, en bandas que reclutan a jóvenes con ímpetu y ganas de hacer dinero rápido y fácil. Son colectivos cada vez más violentos y con menos escrúpulos al momento de tomar una decisión. Matan sin piedad, torturan y secuestran mientras los medios de comunicación muestran a diario las imágenes que resultan de sus sangrientas andanzas.
Decíamos que el nuevo tipo de delincuencia tiene afinidad con el desarrollo económico, con el crecimiento de las actividades financieras de los países. Rebajar la deuda externa, depurar las finanzas, configurar estrategias de control fiscal y ofrecer mejores condiciones a los inversionistas nacionales y extranjeros parece haber atraído a criminales internacionales.
Desde la apropiación de bienes ajenos, pasando por tráfico de sustancias controladas, fraude (bancario, bursátil, electrónico), hasta llegar los cargos menos académicos y finamente definidos, como el sicariato, los criminales del siglo veintiuno también se han globalizado.
Los métodos también se han transformado. Nada de tolerancia, nada de piedad. Las relaciones entre los propios grupos delictivos terminan por convertirse en un prolongado antagonismo que cobra numerosas víctimas. Peor es aún cuando se materializa la traición porque el campo ha de llenarse de cadáveres. Este es el pago al abuso de confianza.
Una noche cualquiera en una urbe cualquiera, las balas zumban en el aire. De un lado y de otro se disparan mientras el ciudadano indefenso puede quedar atrapado en el estrépito y terror de los proyectiles. Son los esbirros de las organizaciones que saldan deudas. Cumplido el cometido, escapan en lujosos vehículos y se pierden en el desorden de las ciudades.
Los trasgresores poseen mejores armamentos que las fuerzas del orden público y se apertrechan en lugares inaccesibles, rodeados a veces de una vecindad a la que socorren o tal vez se funden en organizaciones menos sofisticadas como las pandillas de los barrios donde han de hacerse los primeros ejercicios para escalar hacia una turbia cúspide donde no existe la luz. Pocos son los asaltantes solitarios, los asesinos unidimensionales que esgrimen un puñal o disparan una pistola.
Las organizaciones criminales han transformado su engranaje funcional. Cuentan con jerarquías, con organigramas, con administradores, con gerentes, contadores. Trabajan en función de mantenerse vigentes y hasta, en algunas ocasiones, se han tomado el trabajo de promocionarse a través de ingeniosas campañas publicitarias y de relaciones públicas.
Son grandes mafias que controlan sectores muy varios del espectro criminal. El más peligroso resulta ser el de las drogas. La intolerancia de los capos está íntimamente ligada a la persecución que sobre sus carteles se extienda.
No sé cuál será la solución de este problema, lo cierto es que el auge económico de una nación, parece estar en analogía directa con el aumento de las actividades delincuenciales.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/141596
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








