Clarice Lispector y la Trascendencia del Instante y lo Banal (R)
29.01.08 @ 20:59:10. Archivado en Cultura, Literatura
Clarice Lispector fue una de las mayores escritoras de Brasil del siglo veinte y su obra ha trascendido su idioma natal, el portugués, para convertirse en pieza indispensable de cualquier biblioteca del mundo y en obligada lectura de quien pretenda conocer diferentes versiones de la literatura latinoamericana.
Su trabajo tenía como base el lenguaje, sí, esto es obvio y redundante, pero no esa expresión metafórica que identifica la herramienta con la que se ejecuta una acción con la materia de donde extraerá la forma, en este caso la literatura. El uso del idioma como proyecto evolutivo a partir de las pequeñeces, de sus raíces, interpretaciones, códigos, significados y silencios, sus aproximaciones y sus ausencias son motivaciones propias de la obra lispectoriana.
Ella llega hasta ciertos límites donde la palabra parece alzarse como una criatura viva, independiente de su organismo de fonación o de escritura, se asoma a los vértigos y los miedos, a los delicados efluvios de sus voces como quien suspira en las sombras, como si un susurro se deslizara entre matorrales para luego elevarse hasta encontrar la flor.
Esta mujer, nacida en Ucrania en 1920 y llevada a Recife, Brasil cuando cumplió dos meses de vida, era poco afecta a las entrevistas. Su mensaje estaba todo en sus obras, en esas palabras con las que llegaba hasta los linderos del sentimiento, hasta las cercanías del pensamiento puro.
¿Cómo hacía para traducir los enigmas de la existencia? Su mundo era una suerte de lírico vergel y de sombrío laberinto. Para poder rebasarlo debía encontrarse a si misma y de allí que cada uno de sus libros fuera una expresión de intimidad, un diálogo con el habitante de su interioridad, una criatura más allá del género, del espacio y del tiempo.
¿Cómo expresa con la razón algo que está más allá de ella, en los linderos de las insobornables emociones? Lispector trasciende con su lúcida mirada los arrabales del léxico y busca un origen, un punto de inicio desde donde poder percibir el glóbulo donde se ha gestado la idea.
Todo en ella es íntimo, personal, cercano. Allí está todo, se encuentra cada cosa, argumento o excentricidad. Eleva lo banal, lo intrascendente a un nivel sideral parecido a la eternidad, donde ha sido creado el momento y las prístinas pulsiones del ego, tumultuoso fantasma del capricho y de la incertidumbre.
Glorifica el instante, como si fuese la condensación de la inmortal energía de un universo sin identidad, que utiliza ínfimas figuras humanas o inanimadas para configurar una estrategia de coherencia antes del juicio y la interpretación de los hechos que como se ha dicho antes, son muchas veces exaltaciones de lo insípido, de lo inesperadamente insustancial y vacuo.
Pero no es tal. Ese aparente vacío es de una densidad fantasmal engañadora. Allí está todo, lo inesperado y la rutina, el dolor y la esperanza, la agonía y el arrobamiento. Más allá de la palabra, como bien dijera alguna vez Clarice, se abismaba el terrible límite donde se retuerce el caos orgánico y la inmanencia de la realidad.
¿Qué subyace o queda después de ser dicha la palabra? ¿Un mudo alarido, un desgarrador e inaudible grito? Y todo eso incluido en los matices de un lenguaje en apariencia llano, sin arabescos ni ornamentos superfluos. Una suerte de límpida geometría que rige un espacio perpetuo.
Para ella el rigor y la altanería de lo académico eran un asunto sin interés, frío, sin humanidad. Confesaba no entender sus términos, sus vocinglerías, sus modismos. Se consideraba con una especie de comunicación casi telepática entre autores y críticos.
Clarice Lispector abunda en reflexiones sobre la relación entre hombre y mujer, sus guiños, sus interioridades, sus misterios, sus barreras y sus imposibilidades de traspasar ciertos umbrales en su condición de criaturas vivientes recubiertas de empirismo y resistencias.
En La Manzana en la Oscuridad, Lispector explora con su fino olfato, el encuentro entre alguien que busca su identidad en las infinitas calles y estructuras arquitectónicas de la ciudad y se lanza en una escapada vertiginosa hacia los terrenos salvajes y primigenios del campo, donde entra en contacto con un grupo de criaturas, mujeres en su mayoría, que condicionan sus pensamientos en dirección a la redención de una culpa insospechada, densa y terrible.
Allí Martim se despoja poco a poco de su condición de hombre y se transforma mientras más se adentra en el quebradizo terreno de los montes, en esa telúrica desolación del páramo abierto y descampado, en una entidad amorfa en busca del ser, pero desde la opinión de otros que le darán primero un silencio consecuente y después una avasalladora y mecánica confusión.
El Aprendizaje o Libro de los Placeres es un retablo de premoniciones, un santuario de fenómenos metafóricos donde la luna es un receptáculo de temores, con el más vibrante acento psicoanalítico. Es una presencia unívoca para transmitir el sobrecogimiento de un personaje desvanecido y secreto que evoca la lucidez de las cosas como si apenas volteara la mirada.
Prosa poética de excelsa virtud, El Aprendizaje puede parecer de pronto una narración romántica o una catarsis de sensualidad. La eternidad, como en casi todas sus obras, es el punto de encuentro final de la peregrinación. Proclama el amor como sustancia que sobrevive a la muerte y al dolor, pero del cual debe obtenerse una alegría simple y traslúcida como una copa vacía.
Una metafísica del destino es remarcada en sus textos, lúcidos hasta el ensimismamiento, tiernos hasta la edulcoración de la voz y los hechos profanos.
Hay mucho de monólogo interior, dicen algunos que se escuchan ciertos ecos de James Joyce. De allí que, por ejemplo, Cerca del Corazón Salvaje sea una creación inesperada, una novela psicológica y de impulsos en la que una mujer citadina se introduce en una dimensión hasta hacer desaparecer trazos de la trama para convertirse en luz y sombras.
Para Lispector nada era trivial. La indiferencia de una piedra, la mirada turbia y soñolienta de una vaca, el ladrido de un perro, la fría soberbia de un gato, la aguda longitud de una espina, la torpe incandescencia de los desiertos, la constancia de una gota de lluvia sobre el embaldosado, para esta escritora brasileña, representan un microcosmos desde donde llegan las afirmaciones de su genio, tal cual como le son proporcionadas por los labios cerrados donde bullen las palabras antes de ser pronunciadas.
A partir de hechos simples, sin mayores alcances, se elevan ciertas formas de conciencia en los personajes diseccionados por esta pluma delicada y fantasiosa. Son importantes los entonces, los ya, los ahora con su múltiple carga de sustancias porque a partir de allí la naturaleza se convierte en óvulo donde son gestadas las fortalezas y los desnudos mundos.
Entonces surgen los rubros derivados del absurdo de las existencias, los desenlaces inesperados y las conclusiones de su mundo que fuerzan la despersonalización del yo.
La introspección, el sumergirse en los abismos de la conciencia, en la maraña de la soledad, en el silencio, son una fuente constante de las crisis en la trama de sus obras. En esta ausencia nace entonces cierta solidaridad con los objetos sin felicidad ni dolor.
Clarice Lispector concebía la escritura como una labor tan difícil como la de los picapedreros en los pedernales. Dura y pesada, pero que cada martillazo hace saltar chispas que terminarán convirtiéndose en un incendio. Después de esto, tal como Shakespeare hace decir a Hamlet al momento de su muerte: “El resto es el silencio”.
“No podré sentir que Dios me amó, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía”… CLARICE LISPECTOR.
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Roderick Guzmán Meza








