El Merodeador Nocturno
28.01.08 @ 21:26:28. Archivado en Historia, Ficción
El criminal que hoy destacamos en nuestra galería del mal es uno de los peores asesinos en serie en la historia de Estados Unidos. Su historia es aberrante, poderosa como un tsunami de sangre o un huracán de perversidad. Aterrorizó a la ciudad de Los Ángeles, en California entre los años 1984 y 1985.
Nació en Texas en 1960. Su infancia, al parecer, fue normal. No sin un padre estricto que le acoplara los tornillos cuando intentaba zafarse de su férula. Un fuetazo era posiblemente la peor de las agresiones experimentadas en el seno del hogar paterno.
Pero su aparato psicológico era frágil y se resentía como un cristal pisoteado. Inclinado hacia la contención de sus furores tan solo callaba ante los castigos propinados por su progenitor, a la sazón, rígido pero no excesivo en los correctivos. Ensimismado en su cólera, tan solo contemplaba al padre levantar el rebenque mientras lo dejaba caer sobre su escuálida organicidad.
El odio se emponzoña entonces en el alma, como una sabandija acorralada por un enemigo más poderoso, por un adversario más feroz y más grande. Ramírez no dice nada y con mansedumbre recibe los castigos mientras comienza a prefigurarse en su interior la arquitectura de su locura.
Su hoja de vida muestra aptitudes para la trasgresión de las normas y un inconmensurable talento para destruir que poco a poco fue configurándose en ese sitio donde puede alojarse la sombra del mal en nuestras almas.
Comenzó a delinquir cuando tenía apenas nueve años. Robaba en tiendas y en casa saqueaba a veces las alcancías y los monederos. En algunas ocasiones golpeaba a sus compañeros de colegio y se sobrepasaba con las muchachas aleladas por un cierto encanto luciferino emanado de su excéntrico comportamiento y sus orígenes hispanos.
De estos delitos, considerados menores, pasó a consumir drogas. En cierta ocasión, había inhalado cocaína dentro de su cuarto, una noche de tormenta. El efecto de la sustancia le hizo ver demonios eléctricos, fantasmas de luz, endriagos sombríos que danzaban en su presencia como odaliscas lujuriosas.
Fue en ese momento cuando se adhirió a las fuerzas de Satán, dijo durante su juicio. El señor de las tinieblas me hizo ver la pérfida actitud de todos, la hipocresía de sus acciones, sus pensamientos corrompidos por una falsa moral.
No fue tradicional su forma de proceder. No había patrones para seguir. En ocasiones utilizaba armas de fuego para matar a sus víctimas. Otras veces se solazaba con un puñal en la mano y sintiendo la delicadeza de la carne abierta por el filo agresor. También llegó a golpear con maderos o barras de hierro la cabeza de aquellos que sacrificaba en su altar de sangre.
Los especialistas del FBI no atinaban a establecer un perfil del asesino. Los procedimientos mencionados reflejaban algún tipo de desorden mental. Más allá de la posibilidad de estarse enfrentando a un demente, los asesinos seriales, casi siempre seguían algún tipo de patrón.
De pronto era alguien organizado, meticuloso y casi invisible y en la ocasión posterior era capaz de arremeter sin ningún tipo de contemplación contra quienes se encontrara en su camino.
No había afinidad en ninguno de los casos. A veces era una joven adolescente, para luego agredir a una anciana octogenaria o un ejecutivo de treinta y tantos años. Richard Ramírez era inestable e impredecible. Mató sin piedad ni perturbación a hombres y mujeres entre los dieciséis y los ochenta y cuatro años.
Sus jornadas de cacería, como él las llamaba, eran actos de profunda estimulación y embelesamiento. Cada momento que pasaba al acecho le producía un placer ilimitado. Escondido tras arbustos, murallas o automóviles paladeaba el sabor de su adrenalina.
Observar con detenimiento a las desprevenidas víctimas acercarse al lugar donde les haría verter su sangre, hacía vibrar el último rincón de su organización biológica. Dentro de si no había espacio para emociones contrarias como la piedad o la misericordia. Dispuesto estaba para el sacrificio y la inmolación en honor de su diabólica deidad entronizada en su cerebro como amo supremo.
Soñaba con la efusión de sangre, con heridas abiertas, con cicatrices con forma de rostro grabadas sobre su pecho. Sentía dentro de si el furor incontenible de quien transita hacia los campos minados empujado por una fuerza superior.
Allí no estaba el miedo, ni la duda. Ramírez se dedicaba a esta absurda rutina de dolor cada vez con mayor ferocidad.
El primero de sus múltiples asesinatos ocurrió el 28 de junio de 1984. En un edificio de departamentos de la calle Glassel Park de Los Ángeles, vivía la señora Jeannie Vincow de 79 años.
Ramírez merodeaba ya contaminado por la fuerza tóxica del mal. Mientras acechaba, musitaba letanías y frases entrecortadas por la aparición de algún distraído viandante. Una muchacha que salía de uno de los edificios pudo ser la primera víctima, pero cuando ella volteó inesperadamente hacia una de las ventanas de la planta baja, pudo ver a un señora de albos cabellos decir adió con su frágil mano levantada sobre el parietal derecho de su cabeza.
¿Qué rayo de luz se habrá posado en ese rostro desfigurado por el tiempo para hacerlo apetecible a este monstruo? Se recostó a una estructura de cemento erigida ante un árbol que propició una apropiada sombra y encendió un cigarrillo mientras la joven cruzaba la calle y abordaba un vehículo que esperaba con el motor encendido.
Ramírez entró por la ventana media hora después. Las luces de la pieza se habían extinguido y solo se expandía un aura de fosforescencia en la ventana del recibidor.
Entró a la habitación con reserva. En una mano apretaba un cuchillo de hoja larga. La septuagenaria mujer dormía. El monstruo se dio el lujo de jugar con las orlas de la cortina mientras observaba el rostro marchito, vencido por el cansancio, respirar pesadamente con la boca abierta.
Entonces, se lanzó sobre ella, cubrió su boca y la golpeó repetidas veces, desgarró su camisón y su ropa interior. Enceguecido por un furor demencial violó a la anciana hasta rasgarla allí en las partes púdicas.
Después de verter su savia venenosa en la oscuridad de la aturdida veterana, le asestó varias puñaladas. Varias de las heridas propinadas en el cuello de la víctima fueron profundas y la cabeza casi le colgaba sobre los hombros.
Saciada esta sed de sangre, Ramírez fue abandonada temporalmente por su luciferina impiedad. Casi un año transcurrió cuando volvió a asaltarle la necesidad de matar.
Era el 17 de marzo de 1985, casi medianoche. María Hernández regresaba exhausta de su trabajo. Redujo la marcha de su automóvil al llegar a la puerta del garaje en la parte lateral del condominio donde vivía. Cuando abrió la puerta para salir del vehículo, Richard Ramírez estaba allí de pie con un revólver en la mano, apuntándole directamente a la cara.
Las lágrimas arrasaron los ojos de Hernández quien suplicaba piedad a quien no conocía esa palabra. Temblaba ante la imagen terrible, agitada no atinaba a moverse, petrificada estaba con los ojos desmesuradamente abiertos y la garganta tan seca que no podía encontrar palabras allí dentro, ni siquiera letras sueltas para configurar un grito de auxilio o de espanto.
La bala salió del cañón, pero Hernández, en el último momento, en un acto reflejo, movió una de sus manos hacia su cara ya casi masacrada. El proyectil fue desviado. La mujer quedó tendida en el suelo boca abajo y se hizo la muerta. Entonces, Ramírez subió al departamento y asesinó a la compañera María Hernández Dayle Okazaki de 33 años.
La bala le entró en pleno rostro. Los huesos crepitaron ante el paso del granizo de fuego que se alojó en el cerebro. Uno de los ojos saltó de su cuenca y la masa encefálica quedó expuesta al ser lanzada por toda la habitación.
Una hora después de haber cometido estos actos, Ramírez en pleno delirio, vencido por el vértigo de la sangre vertida, por el olor a glóbulos lanzados al viento se encontró a Tsai Lian Yu en la calle, la subió a su carro y la estranguló con sus manos.
Sin embargo, Hernández, quien sobrevivió al ataque del depredador, logró dar algunos indicios a la policía. El individuo que la había atacado era de alta estatura, trigueño y con un aspecto diabólico; además, dijo que parecía hispano… CONTINUARÁ…
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Roderick Guzmán Meza








