Kafka y los mecanismos de evasión.
24.01.08 @ 21:32:12. Archivado en Cultura, Literatura
Franz Kafka marcó una época en la literatura del siglo veinte y sus obras eran en, como se ha dicho, un proceso de anticipación; pero también de evasión, de confesión de locura. Las dolencias de la sociedad, fueron vertidas sobre el papel por el genial escritor checo al utilizar los recursos ofrecidos por su propia neurosis.
Nada nuevo he de decir. Sobre esto todo se ha dicho. Pero me gustaría escudriñar en algunos puntos que considero claves para entender no solo la obra sino también la personalidad de Kafka.
El temor al padre y a toda forma de poder son marcas registradas de Kafka. El escritor se sentía perseguido, acosado por agentes de una fuerza intangible, inmarcesible, más allá de sus propias resistencias y cuyo cuartel general no era sino su propio interior.
Tal vez esa lucha contra la locura, esa propensión hacia el delirio paranoico, le permitían encontrar algunos resquicios por donde podía percibirse un mundo al que los demás, entretenidos en las satisfacciones de sus deseos, necesidades y expectativas personales, no tenían acceso.
Esta paranoia le mantuvo atado a situaciones fatigosas y tal vez fue la fuerza que levantó los insuperables obstáculos. Su ámbito familiar debió parecerle punto menos que los campos de concentración donde algunos de sus miembros sucumbirían durante la Segunda Guerra Mundial. No en vano una de sus obras más representativas, tiene como escenario una habitación de su propia casa.
La Metamorfosis es la clásica descripción de una condición depresiva, de un derrumbamiento de la arquitectura de la autoestima. Convertido en un bicho repugnante, Kafka pretende encontrar las grietas por donde poder evadirse de un entorno hostil. Así se siente en su propia casa y de ella quisiera escapar. Prefiere ser un insecto a soportar ese ambiente neblinoso donde solo había luz en el sendero recorrido por el padre que se erguía como un monolito terrible con ojos de fuego.
Gregorio Samsa despierta de un sueño y se encuentra patas arriba como un insecto de panza callosa y patas larguiruchas y peludas. Está encerrado en su cuarto y piensa más en su responsabilidad como agente viajero que en su deprimente estado. Para sentirse así en su propio hogar, para surgir de las marañas del sueño transformado en tan hosca forma, Kafka ha de haber sufrido una verdadera aversión por el núcleo familiar. Se evade de ellos, pero también protesta contra ellos. “Soy un bicho, a esto me he degradado y ustedes son los culpables”.
Esta novela corta nos dibuja al Kafka y sus miedos interiores, al temor de ser aplastado por la vida, de no poder cumplir con sus propósitos. Es tan onerosa su relación con el mundo, que prefiere imaginarse una sabandija octópoda encerrada en una habitación de la casa familiar, cuyo interés no es quedar bien con el jefe de su sección, sino abandonar a quienes le inoculan el tóxico que le ha transformado.
“Su primera preocupación, a pesar de la horrible situación en la que se encuentra, es que llegará tarde al trabajo y perderá el tren que tenía que tomar”.
Samsa se preocupa por llegar tarde al trabajo, por perder el tren, a pesar de verse convertido en una alimaña. No se escandaliza por la forma en que ha despertado, eso no es lo importante porque el proceso no ha sido repentino. De alguna manera Samsa (Kafka) se ha sentido así desde siempre y un buen día no soporta más lo mudo de su delirio y lo grita a todos los vientos y espacios.
Esta es la primera de las tres formas en que Kafka se atormenta confesándose. Esta es la forma como se ve a si mismo. No se pueden transgredir las normas impuestas por la colectividad. Pero lo peor es la consciencia mantenida intacta a pesar del derrumbamiento psicológico y moral que terminan por convertirlo en esa cosa repugnante enredada entre sábanas sobre la cama.
Mientras tanto, en El Proceso el enfrentamiento se produce ante las fuerzas eternas y hostiles, ante los fríos movimientos del universo que se vale de cualquier esencia para hacer cumplir su voluntad. Una forma de concebir al padre es un juez, alguien que dicta las leyes, alguien que condena y que señala. Quienes le acusan son entidades fantasmales que pueblan su mente, son la bipartición del fenómeno paranoico que termina por condensarse ante la simbólica sala del tribunal.
Es una proyección más de Kafka, de sus temores, de la oscuridad de su alma convertida en territorio yermo donde no podía surgir la luz que le permitiera liberarse de los pesados lastres de relaciones poco gratificantes para su espíritu sensible y atormentado.
Es otro cuadrante dibujado por los pinceles de la fijación paranoica, como una materialización en el mundo, de una desconocida energía que le hostiga, que le persigue sin que él pueda dilucidar las causas y no lo hará porque la búsqueda no puede darse en otra parte que dentro de él mismo Kafka, que es donde no quiere ir.
¿Cómo entonces han de llegar sin mayor excusa dos agentes del tribunal a buscar a K para conducirlo ante el juez? Siempre ocurren estos avances de la manía y el delirio kafkiano luego de venir del sombrío territorio del sueño. Cuando llegan a buscar a K, al iniciar El Proceso, estaba precisamente acabado de surgir, aunque no lo reconoce, de las telarañas de la nocturnidad.
Por su parte, en El Castillo se suman todas las desesperanzas. La fórmula es establecida a través de una responsabilidad, de un empleo que como agrimensor K debe llevar a cabo en una alejada y nevada comarca.
Todas las situaciones difíciles y contradictorias han de erigirse ante el paso de K. La llegada al hostal a una hora impropia, la falta de un lugar donde hospedarse, resignarse con una esquina para dormir y recibir al representante del amo del castillo quien tampoco termina resolviendo los problemas de K.
A medida que avanza la trama, K se permite ignorar lo frustrado de sus intentos para concentrarse en el ascenso que nunca completa. En el fondo sabe que nunca llegará a entrar en el castillo, que su vida quedará atrapada entre las mezquindades de la vida cotidiana. El umbral de la puerta principal del castillo no es una entrada para él, es más bien una salida por donde logrará deshacerse de la rutina.
Siempre Kafka se ha negado a cumplir con un propósito, con una responsabilidad. En La Metamorfosis se evade a través del bicho, en El Proceso niega conocer de qué se le acusa y en El Castillo se sabotea a si mismo para jamás ascender a la cima donde el pétreo rostro de la fortaleza domina la demarcación.
Son tres testimonios del escritor checo para hacer catarsis o para reconocer lo trágico de su personalidad, avasallada por sus propios fantasmas. Pero todavía existen más evidencias de su deseo de desaparecer, de hacerse una entidad neutra sin peso específico, sin fuerza gravitatoria.
En las cartas que escribe a Felice Bauer, el escritor se permite algunos deslices que permiten observar algunas aristas detrás de su ascética muralla de soledad.
No concibe Kafka que la mujer a la que profesa admiración y afecto, pueda mostrar interés por otros escritores y por eso los denigra. Se muestra celoso y vanidoso.
Le reclama a Felice con intensidad y firmeza y de la misma forma deplora los estilos de cuanto escritor llame su atención. Apabullado por la fortaleza del espíritu de esta mujer, Kafka comienza otra etapa de expresión patológica.
Empieza a reconocer la vergüenza que siente por su cuerpo, extremadamente flaco y largo, según sus propias palabras. Es tan magro que corre el riesgo de romperse y tan largo que podría desaparecer en uno de sus dos extremos.
Otra vez el autor checo opta por una fórmula de evasión para salvar lo que queda de si mismo. Entre los bichos, los tribunales, las cimas inaccesibles, Kafka termina por verse como una especie de filamento que desaparecerá con la menor tensión..
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La diferencia estriba en la genialidad con que Kafka supo plasmar esos sentimientos, esas sensaciones.
Muy interesante este análisis sobre Kafka.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








