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Homero el Rehén de las Sombras (R)

Permalink 23.01.08 @ 21:35:38. Archivado en Literatura, Historia, Ficción

Hoy quisiera fantasear, permitirme licencias, pedir permiso a la tradición y la cultura, dejarme llevar por la imaginación hacia lugares y situaciones imposibles, sitios fantásticos donde poder encontrar colores ignotos y luces desconocidas, algo de sazón para los densos y aburridos días que sobre nosotros se derrumban y nos consumen las horas y los años.

En este ficticio periplo por comarcas sin límites, por dimensiones donde no existen ni los rigores ni las certidumbres, he percibido a un personaje de la más lejana antigüedad, proveniente de aquellas épocas de mitos y leyendas, cuando nada era cierto ni mentira y cualquier hecho podía ser referido con abundancia de filigranas y ornamentos. Me refiero al bardo ciego, el rapsoda griego llamado Homero.

Mucho tiempo hace ya que La Ilíada y La Odisea fueron objetos de deleite intelectual de quien esta nota suscribe y continúan siéndolo en las jornadas tranquilas cuando no nos someten las preocupaciones de la vida doméstica o las vicisitudes profesionales.

El poeta es mi guía. Apoyado en su báculo de nudosa madera, mientras caminamos, me recita sus versos con una voz de suaves acentos jónicos. Se refuerza con complejos matices dramáticos. A pesar de que en sus ojos no hay luz, su rostro se enciende cuando recita sus versos.

Según sea la emoción, el estado de ánimo o el sexo del personaje interpretado, la voz se hace de falsete o de bajo. Reproduce desde el bullicio de una carcajada hasta el susurro de la agonía, imita el rugido del oleaje y la caída de una gota de rocío sobre la flor. El dolor dibuja manchas grises en su cara si el personaje es traspasado por flechas y la tranquilidad del crepúsculo desciende sobre los párpados si ha abordado la barca de Caronte.

Me habla de personajes, de dioses, hombres y mujeres, de sus odios y sus miedos, de su grandeza y su insignificancia, de sus lealtades y traiciones. Percibo su deleite y hasta una pizca de pecaminoso deseo al describirme a Helena. Suspira mientras con sus dedos aferran el bastón.

Describe su abundante cabellera rubia, sus ojos oscuros como fogata apagada, la blancura nívea de los hombros y el delicado declive del cuello como suave colina por donde se deslizan la nieva y la lluvia.

Aquiles es su prototipo viril. Dentro de su corazón se esconde este fantasma. Es errático, es triste, pero pendenciero y soberbio. Odia la sensibilidad del poeta, la delicadeza del bardo que apela más a la memoria que a la espada y la lanza. En sus sueños se imagina sobre salvajes corceles que recorren interminables llanuras, dejando un rastro de sangre y de enemigos muertos.

Aquiles es la versión de aquello que no pudo lograr mientras se hacía hombre, de lo que nunca fue: el guerrero, el adalid que levanta su espada con honor y la utiliza con valor. Aquiles era rebelde y él, un apocado hombrecillo; Aquiles tenía valor e ira y él, tan solo hexámetros en su memoria. Vibran las manos del Pelida aferrándose al filo salvaje y las de Homero apenas pueden sostener una espiga de trigo.

Con Héctor dibuja el carácter noble de un hombre consciente de la deuda que deberá pagar a la vida, mientras él se asoma a los abismos de la noche con miedo. El príncipe de Troya sabe que su vida terminará en las llanuras que se expanden fuera de las murallas de la ciudad, pero se coloca el yelmo y cuelga de su pecho el pectoral. Nada le hubiera gustado más a Homero que recorrer la plaza de Ilión con el penacho al viento, erguido como un ciprés, hermoso como un dios para enfrentar a la muerte. Nada le hubiera sido más grato a Homero que verse en esa posición, de voltear la cabeza para despedirse por última vez de Andrómaca y verla en la ventana enjugándose las lágrimas.

Habla de ellos con pasión, al punto de las lágrimas y del desvanecimiento. Con la delicadeza del orfebre sus manos realizan ademanes y gestos para reforzar una frase, un verso, una agitación que estalla de pronto como fuegos de artificio o que se consume en el interior del pensamiento.

Helo ahí, con su barba fluvial, con su cabello entre el castaño y la ceniza, con sus ojos en blanco como quien mira dentro de si y allí encuentra la creación toda, las estrellas y los huracanes, los abismos y los bacanales, las borrascas de nieve y la decrepitud, el sulfuro del volcán y la esplendidez de los pastizales en primavera, el litoral ante los negros bajeles aqueos o la humedad de una manzana en las manos de Paris.

Adivino la fruición con que me ha descrito las líneas del rostro de Helena, el penacho de Héctor, el rostro sin vida de Patroclo que no he descrito en estos párrafos pero que conozco, lo mismo que la soberbia de Agamenón, los ojos de Aquiles enrojecidos por la rabia. Puedo sentir el mismo dolor de Príamo, de pie en lo alto de las murallas de la ciudad, mientras su hijo es arrastrado por todo el campo de batalla.

El poeta me pide que le acompañe hasta la explanada. Allí enciendo una fogata. Nos sentamos y charlamos. Homero se crispa por el frío. Me cuenta de sus sueños de guerra, de verter sangre y demoler las estructuras de las torres, de las murallas, de su fortaleza vencida por las tinieblas, por la soledad. Me habla de su orgulloso magín que engendra hombres y dioses, que habla por ellos para paliar su soledad y resarcirse de su flaqueza.

Me dice que ha sido un rehén de las sombras, de las cárceles sin barrotes ni paredes. Me cuenta sus propensiones a la sensualidad y a la voluptuosidad, trocadas en mutismo y en espejismo, en inspiración y elegías, en hexámetros y en sangre.

Ha sido un cronista de batallas, de enfrentamientos entre hombres y divinidades y reconoce la tentación de creerse por encima de ambos, de aventurar en su pensamiento un rosario de leyendas donde él es el único habitante de su propio empíreo.

Sin embargo, más profano, más terrestre, me cuenta que desciende de una casta de innombrables, de rufianes y cobardes que han negado el valor de la espada y de las flechas. Me refiere con la voz entrecortada que su corazón ha sido abatido por este secreto, por esta escondida mácula que lacera su alma y que ahora me confiesa no sin lágrimas en sus ojos muertos.

En su incomprensible gimoteo, sentado aún ante las flamas de la hoguera, me dice que su nombre significa rehén. Imagino, mientras lanzo un guijarro contra las espumas que revientan en la orilla, que de las sombras, de la cárcel de sus quimeras y fantasías.

Al comprender mi ingenuidad, Homero me dice que debo llamarlo en el acento actual del griego, Homeros, porque proviene de una sociedad, de una congregación de poetas llamados los Homeridai, literalmente, hijos de rehenes.

Perplejo me pongo de pie y miro al hombre sentado con las piernas cruzadas. Un baile de filamentos luminosos recorre su cetrino rostro. Sonríe en tanto yo observo la curvatura de su frente surcada por profundos caminos hechos por la maquinaria del tiempo y los años de melancolía y aislamiento dentro de si mismo, la amplia nariz bajo los ojos sin vida y el rictus de los labios.

Mientras me pide ayuda para levantarse, dice que sí, que ha sido un prisionero de guerra. Encarcelado por desconfianza, aunque enfatizaba que no por traición. Nunca estuvo en una confrontación porque dudaban de su pundonor en el campo de batalla. A cambio, en vez de hacerlos morir, de liberarlos del pesado fardo de la humillación, eran obligados a recordar cada detalle, cada circunstancia, cada movimiento, alarido o desorden del combate instalados.

“No sé leer ni escribir”, me agrega con cierta dosis de vergüenza. “Las sombras a mi alrededor mientras el sol alumbra, son más intensas que las de mis historias.

Arrastran cadenas de fuego y maltratan la tierra. Sus pasos son lentos y vacilantes. A veces he sentido alimañas dentro de mí. Los héroes que he descrito tienen las virtudes que siempre quise lucir. Su valor es el que no tuve nunca, su audacia es la contraparte de mi poquedad, su inteligencia es la oposición de mi estulticia.

“Helena, la bella esposa de Menelao, la de los cabellos de oro y ojos de alborada, es la sombra del recuerdo de mi madre, a quien dejé de ver mucho antes de que esta membrana nebulosa cubriera mis ojos. Me fue arrebatada por la muerte, pero no por el olvido. No sé quién fue Aquiles, ni Agamenón, ni Patroclo, ni Odiseo, ni Néstor, ni Ayax.

Escuché sus nombres una tarde en el Pireo mientras la brisa mecía la hierba nueva de primavera. Lo único que sé es que Helena perdurará mientras se reciten mis hexámetros y mi madre y yo siempre estaremos juntos entre la realidad y la leyenda”.

Trabajado por la sorpresa, dirijo la mirada hacia el océano. Una bandada de alcatraces agita sus alas entre las nubes. A lo lejos, un barco se desvanece en la línea del horizonte. El lenguaje homérico retumba entre mis parietales. Sus adjetivos se lanzan en picada sobre mi memoria. “El divino Patroclo, la sustentadora tierra, la negra sangre, las aladas palabras, Zeus tronante”.

Entonces, olvido por un instante al “rehén”. Al volverme, ya subía por la colina. Un rastro quedó sobre la arena. Homero se perdía en el ocaso. No lejos de allí unas ruinas eran devoradas por la naciente noche.

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