Balada del Asesino del Camino
21.01.08 @ 20:55:45. Archivado en Historia, Ficción
Retomamos nuestra exposición de criminales destacados de todos los lunes. El insigne trasgresor de esta entrega es Gary Gilmore, un hombre cuya vida transcurrió más tiempo en la cárcel que en la libertad de las calles.
Como en casi todos los comienzos de las historias de los asesinos y delincuentes, encontramos a unos padres disfuncionales, a dos individuos manchados por la herrumbre de la existencia disipada y egocéntrica.
Su padre tenía registros penitenciarios por robo. Algunos episodios de violencia le llevaron a los más ilustres reclusorios. El hombre era un bebedor empedernido y se había unido en siete relaciones previas, todas fracasadas de forma miserable, en medio de la violencia.
La madre era 20 años menor que el padre. El consumo de drogas le había vuelto una criatura obtusa, torpe y con algunos atisbos de perversión. Varias uniones ilegítimas se encontraban registradas en su hoja de vida sentimental.
Gary quería mucho a su madre, pero al padre le dedicaba desde niño las más suculentas maldiciones. Odiaba la forma en que trataba a su progenitora y no pocas veces ha de haberle pasado por el pensamiento la idea de matarlo.
Gilmore había nacido en Texas el 4 de diciembre de 1943. Comenzaba el invierno boreal. Los vientos fríos cristalizaban las hojas de los árboles, mientras el sol comenzaba a variar su color, de un amarillo ambarino del otoño a uno entre rojo y púrpura de la estación fría.
Recibió mucho maltrato de parte de su padre. Cuando el hombre llegaba intoxicado por el alcohol o las drogas, golpeaba a Gary. A veces, estaba el muchacho dormido en su cama cuando entraba el padre como una tromba lanzando alaridos, después de discutir y golpear a su esposa.
Despertado por el inesperado ataque, Gary recibía varios golpes pero lograba finalmente escabullirse entre los objetos colocados en desorden en la oscuridad, mientras su progenitor le seguía caminando torpemente y vociferando como un poseído, alacranado y feroz.
No eran pocas las veces en que Gilmore recibía palizas y su cuerpo era una prueba fehaciente. Cardenales en los pómulos, moretones en brazos, pecho y espalda, lengüetazos en alto relieve sobre la piel producidos por los correazos. Gary tenía torcido el dedo meñique de la mano izquierda, como resultado de una dislocación ocasionada por un zapatazo destinado al rostro.
Gary Gilmore había abandonado el colegio. La burla de los compañeros por el rostro marcado, por las cicatrices, el ojo tumefacto, los rasguños en los brazos y la cara, era constante e implacable, como una forma de vulnerar su tenaz silencio y su indomable rebeldía.
Tendría diez años cuando surgió de sus adentros el delincuente, el feroz criminal que se iría forjando como resultado del dolor y la frustración de verse atacado por su padre, sin poder ocultarse tras la madre, casi siempre intoxicada o también quebrantada por la poderosa artillería del maléfico progenitor.
Participaba en robos menores a tiendas. Hurtaba primero dulces o comida para después mostrar mayor interés por las cajas registradoras, no sin antes dirigir su atención hacia los licores y las cervezas.
Escapaba de casa y se refugiaba en tugurios malolientes, en caserones deshabitados donde en alguna ocasión se encontró con un orate con desviaciones en su conducta sexual que intentó abusar de él.
Para desviar la atención de sus fechorías, Gilmore puso un puesto de periódicos desde donde podía observar el entorno. Por las noches se introducía en las casas del vecindario para robar dinero y armas de fuego, a las cuales se fue aficionando.
En Texas Gary no pudo estar solo mucho tiempo. Cuando cumplió 14 años se incorporó a una banda juvenil donde no tardó en crearse enemistades. Debió alejarse de su perímetro habitual y se marchó al estado de Oregon donde fue enjuiciado y encarcelado por varios asaltos.
En la prisión, Gilmore intentó hacerse respetar, pero en esa sórdida ergástula estaban recluidos verdaderos demonios, hombres sin corazón ni piedad, incapaces de sentir simpatía o amistad por nadie.
Una noche cuando acudió al baño después de ejercitarse, fue cercado por dos de los presos que lo sometieron y sodomizaron. Debió soportar el peso moral y la humillación por esta profanación de su virilidad. Lleno de ira y de un impulso animal, pasó 15 meses en el correccional. Al salir era ya un peligroso criminal, inseguro y malvado.
Al poco tiempo de ver en libertad los cielos de Texas, cometió un robo a mano armada. El establecimiento era un pequeño comercio de abarrotes de las afueras de Austin. Escapó con un paupérrimo botín en un automóvil también robado. La policía lo cercó a unos cuantos kilómetros y le capturó.
Durante el juicio, Gilmore demostró su irreverencia y desprecio tanto por el juez como por el jurado y el tribunal. Asumía posturas obscenas y escupía cuando los testigos ofrecían sus declaraciones. De aquel recinto salió directo a la cárcel donde habría de pasar quince años.
En el presidio se fortaleció su reputación. Se convirtió en un individuo duro, sin misericordia que controlaba y consumía drogas y administraba palizas a los reclusos que osaban contradecirle. En 1972 terminó su condena y quedó en libertad.
Absolutamente obsesionado con la idea del mal, no se arrepintió jamás ni escarmentó. Al poco tiempo cayó detenido otra vez luego de cometer un delito por el cual le condenaron a nueve años.
La libertad provisional le fue concedida cuatro años después. En ese tiempo conoce a Nicole Barrer. Se enamora de ella y se instala en su departamento. Pero Gilmore no ha dejado de beber ni de intoxicarse. Cuando se encuentra poseído por los efluvios de las sustancias enervantes, somete a la mujer a escandalosas palizas hasta que ella decide abandonarle.
Al perder a su proveedora de recursos, Gilmore se encuentra sin dinero. Recorre las calles hasta que llega a una gasolinera. Aquí se marcaría el destino de este hombre sin ley. Ahora estaba en el estado de Utah.
Llegó al establecimiento y después de amenazar al encargado, Max Jenssen, lo hizo ponerse de rodillas. Gilmore da vueltas a su alrededor, mientras el hombre suplica por su vida. La bestia ríe a mandíbula batiente al oler el miedo de su víctima. Le engaña al decirle que no le hará nada y entonces le encaja dos disparos en la cabeza. Tomó el cadáver por los cabellos y miró el rostro sin vida. Profirió una maldición y lo escupió.
Al día siguiente, asaltó un motel de carretera donde simuló hospedarse. El gerente del turno se volteó para buscar la llave y Gilmore le disparó una vez en medio de la cabeza. La sangre y los sesos le salpicaron el rostro y para limpiarse utilizó el pañuelo de su víctima, a quien también escupió no sin antes patearle varias veces.
Otra vez fue capturado. En la cárcel se mostraba petulante con todos. Era como si buscara que alguien detuviera su carrera criminal, que alguien más fuerte y duro que él le liberara de la soledad del mal.
En esta ocasión la piedad no existió. Él tampoco la mostró al asesinar a los dos hombres y ahora tampoco le sería otorgada. Fue condenado a muerte. El Tribunal Supremo de Estados Unidos fijó la fecha para la ejecución: 17 de enero de 1977. Gilmore intentó suicidarse dos veces antes de la ejecución.
La sentencia fue ejecutada en la prisión estatal de Utah. Gilmore fue atado a un sillón. Sobre su cabeza colocaron un paño negro. El pelotón frente a él estaba ubicado a seis metros de distancia. Solo uno de los policías tenía balas de salva en su fusil. Dispararon ráfagas contra el cuerpo del prisionero que se inclinó hacia un lado masacrado por los proyectiles que hirieron su pecho, cabeza y cuello.
Era la renovación de la pena de muerte en Estados Unidos. Muchos se opusieron. Hasta el papa Paulo VI pidió clemencia, pero fue negada. Los órganos de Gilmore fueron donados y sus cenizas esparcidas desde una avioneta sobre varios lugares de Utah.
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Por favor, Roderick, ¿me podría explicar lo de que uno de los policías tuviera balas de salva en su fusil? No conozco las costumbres sobre la pena de muerte.
Un saludo
Saludos.
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Roderick Guzmán Meza








