Adiós al Gran Maestro, Bobby Fischer
18.01.08 @ 20:56:06. Archivado en Cultura
Hace algunas semanas escribíamos un texto sobre una de las más grandes leyendas del ajedrez, José Raúl Capablanca. Lejos de pretender ser lisonjeros, intentamos, desde nuestra óptica, delinear el perfil del maestro, del genio.
Hoy, todavía impactados, recogiendo los fragmentos del cristal de nuestra susceptibilidad, intentaremos acercarnos a la personalidad de quien muchos consideran el mayor jugador de ajedrez de la historia.
Nos referimos a Robert James Fischer (Bobby Fischer), muerto este viernes en un hospital de Reykiavik, capital de la gélida Islandia, donde había ido a vivir hace tres años, luego de ser retenido por las autoridades japonesas, por el uso de un pasaporte estadounidense cuya vigencia había vencido.
Nació en la “Ciudad de los Vientos”, Chicago, el 9 de marzo de 1943. Todavía faltaba un poco para la llegada de la primavera, el sol se ocultaba temprano y en los cielos una gris capa de nubes exiliaba el brillo de las primeras estrellas.
Bobby Fischer aprendió a jugar ajedrez a los seis años, capaz de leer con fluidez y comprensión, estudiaba el folleto adjunto al tablero. Aprendió los movimientos, el valor de cada pieza, jugadas simples y sin tanta ambición.
Se dice que tomó un pedazo de cartón y sobre él dibujó el tablero. Las primeras fichas que utilizó eran tapaderas de botellas de refrescos pintadas con los colores rojo y negro. El cuadriculado espacio negro y blanco pronto ser convirtió en la más preciada posesión de Bobby.
Al principio jugaba solo. No nos cuesta mucho sospechar la presencia del amigo imaginario, de esa entidad invisible que solo los niños pueden ver. Movía las fichas con un incipiente conocimiento que después sorprendería al padre, al materializar jugadas de fantasía, lances mágicos que derruían el basalto de la ortodoxia.
Pronto el incorpóreo camarada dejó de asistir a los encuentros y Bobby debió reclutar a su hermana, no muy experimentada rival para la fuerza que bullía en el interior del genio en ciernes, capaz de calcinar el silencio que exigía para poder concentrarse.
Nada llamaba la atención de Robert, más que las 64 casillas del tablero. Embebido en la planificación de jugadas, ajeno al tiempo y al espacio, olvidaba sus alimentos y las distracciones de los otros chicos de su edad le resultaban insustanciales y torpes.
A los doce años abandona la escuela. La madre intentó convencerle, le mostró el mundo y la necesidad de enfrentarlo con un diploma debajo del brazo, pero Fischer le respondió que prefería ser el mejor del mundo en ajedrez que ser uno más entre muchos con cualquier carrera. Ego monumental el del genio, sabedor de sus virtudes, conocedor de sus talentos. Nada de masificación, nada de pieza manipulable, es preferible sucumbir por un sitio en la más solitaria y alta cumbre que vivir en lo mundano de la conformidad.
Niño prodigio, con un cociente intelectual de 184, según reza la leyenda, no brilló, ni fue reconocido como una lumbrera hasta que cumplió 15 años. Fue en esa época cuando alcanzó la categoría de Gran Maestro, el más joven de la historia en lograrlo.
Demasiada turbulencia neuronal, excesivos ajustes de la personalidad para poder encontrar el camino. Solitario y raro, no era un asiduo concurrente a los parques ni a los campos de juego. La fuerza de su magia no se desgastaría en actividades tan rústicas como patear una pelota.
Bobby convertía su mente en una pantalla. Allí, dentro de la cóncava oscuridad de su cráneo, dibujaba los cuadrantes, delineaba el perfil de las fichas, trazaba las menudencias del arabesco del ceñudo rey o la gracia de la reina. Los caballos relinchaban prestos a su quebrado avance, los obispos se desprendían en caídas o ascensos perpendiculares, igual que las torres que cruzaban el planisferio.
Después llegaron los torneos. Fischer era imbatible. Ganaba con una energía primordial fluyendo a través de sus ojos, sus manos, su piel. Sus rivales caían pulverizados, hechos trizas. Alguien por aquellos tiempos el apodó el Mozar del ajedrez.
Sus combinaciones, sus deslizamientos sobre el tablero dejaban una eléctrica estela. Las ráfagas tan solo, aniquilaban a sus rivales. Todas las formas de juego le eran conocidas y las dominaba con sutileza o rabia, pero le pertenecían. Como si fuera un universo de movimientos que creaba con sus manos.
Su capacidad para convertirse en un rayo o en una gota, le hacían impredecible durante el juego. Si el adversario mostraba ferocidad, Bobby Fischer, imaginaba una pantalla desde donde podía lanzar dardos, meter zancadillas o colocar explosivos. Igual, quien estuviera frente a él rodaba convertido en ripios ante la aproximación de la derrota.
Los antiguos soviéticos eran el non plus ultra del ajedrez. Habían reducido a escombros cualquier oposición de occidente. Fischer se había convertido en la única amenaza a su supremacía. El cerrado mundo de los ajedrecistas del bloque comunista se comenzó a resquebrajar, tan pronto Bobby puso en ellos su mirada.
Pero Fischer no era invulnerable y varias derrotas le fueron inflingidas por los rivales de detrás de la cortina de hierro. En varios de los torneos el Gran Maestro estadounidense mordía el polvo.
En resumen, Bobby Fischer logró el campeonato mundial en 1972 al derrotar a Boris Spassky de la Unión Soviética. Es a partir de este momento cuando los extraños comportamientos del jugador se hacen más evidentes y menos predecibles.
Deja de jugar y cuando por fin se logra pactar la revancha, Fischer establece puntos por cumplir en un contrato que no sería firmado por Spassky por ser una especie de muralla para evitar el enfrentamiento.
El en ese entonces estadounidense creaba polémica por todo. La intensidad de las luces, el ronroneo de las cámaras de televisión, el suspiro de un espectador, el roce de las cortinas, el tictac de un reloj, el susurro de viento, el crujido de las articulaciones; todo le incomodaba y con esa excusa deja de jugar hasta mucho después.
Después vino el asunto de Yugoslavia donde jugó por tres millones de dólares. Estados Unidos había impuesto sanciones a este país y por tanto era ilegal para cualquier norteamericano promover o practicar alguna actividad que representara ingresos para Belgrado. Esto convirtió a Fischer en una especie de renegado, de proscrito.
Pero todo esto ha pasado ya a formar parte de la historia del juego ciencia. Más allá de sus polémicas declaraciones contra Estados Unidos luego del once de septiembre, por ejemplo, Fischer sintió sobre si el poder de la culpa.
Poco a poco fue desarrollando un proceso paranoico que le aisló de todos. Hace poco tiempo fue internad en un hospital en Islandia por presentar una conducta delirante, maniática, obsesiva. Tenía miedo de morir, de ser asesinado, se consideraba perseguido por los agentes secretos de su país de origen. En esto último nos recuerda mucho a otros célebres personajes que padecieron lo mismo: el poeta Ezar Lumis Pound y el novelista y Premio Nóbel, Ernest Hemingway.
Ambos padecieron paranoia, delirios de persecución y múltiples manías, precisamente por haberse atrevido a desafiar al sistema y elevar su voz para proclamarse rebeldes e irreverentes.
La mayoría de las veces, Fischer criticó a su país por asuntos relacionados con su política exterior. En los últimos tiempos mostró su desacuerdo con las sanciones impuestas a Cuba y la guerra de Irak. Recordemos que sobre él pesaba una pena de cárcel de diez años por escupir sobre una orden expedida para impedir que jugara en Yugoslavia.
Ante la posibilidad de ser extraditado a Estados Unidos, Fischer viajó a Islandia, país que le acogió y le otorgó la ciudadanía. Allí se agravaron sus padecimientos. Su vida se consumía en un furor secreto que ardía en lo más íntimo de su ser. Esa llama de indignación y rebeldía se apagó hoy 18 de enero. Ya nunca más volveremos a disfrutar de su excentricidad y de sus geniales jugadas. Sesenta y cuadro casillas por cada año de su vida. Fischer consumió las posibilidades de su juego al cumplir precisamente sesenta y cuatro años¡Adiós, Gran Maestro!
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Roderick Guzmán Meza








