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Oscuro como la tumba donde yace Malcolm Lowry

Permalink 15.01.08 @ 21:20:48. Archivado en Cultura, Literatura

No son pocos los escritores y periodistas que han navegado sobre los traslúcidos y burbujeantes caudales del licor. Atrapados entre dos puntos que se acercan y le estrechan, dejan escapar a través de la pluma los gritos de sus almas atormentadas.

La adicción al alcohol podría entonces, si nos atenemos a ciertas cifras, abrir la puerta de dimensiones donde resplandecen la inspiración, la creatividad y hasta la genialidad. Para los freudianos, la creatividad sería la sublimación de un dolor emocional; el alcohólico intentaría alcanzar esa exaltación a través de espeluznantes procesos de catarsis.

Muchos han sucumbido a esos efluvios, a la corrosión de esos vapores invisibles convertidos en espectros, en ripios, sin permitirnos conocer la materia de sus sueños y pesadillas. Vano entonces ha sido su paso por este mundo, de nada ha valido el sacrificio en el altar de Baco.

Pero algunos han conseguido a través de una copa darle alcance a aquellas criaturas presurosas, gárgolas del terror que muestran la ferocidad de sus fauces, tan inaprensibles para el mortal común, cual inaudible voz de elfos, de ninfas y faunos que juguetean en torno a los dioses de mármol y las encinas heridas por el rayo. ¿Es acaso el alcohol un signo marcado con fuego en la frente de los escritores y los periodistas?

A la memoria nos llegan nombres famosos de esos que han dejado la señal de sus vivencias, algunos recientes y otros ya lejanos en el tiempo, olvidados por la ingratitud humana. Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, William Styron, Scott-Fitzgerald, Carson Mc Cullers, Jack Kerouac, William Faulkner, Ricardo Miró, Rubén Darío y otros.

En todas las ramas del arte podemos encontrar ejemplos de elevación y genialidad, pero es curioso que entre los escritores se incremente el número de alteraciones emocionales y afectivas, así como también de alcoholismo. Individuos con la capacidad para percibir el lenguaje de un universo velado para las criaturas comunes insertas en las coordenadas de la medianía no abundan, pero la gigantesca estructura de su obra, lo inalcanzable de su pensamiento persiste a pesar de la enfermedad y los mal llamados vicios.

Sin embargo, aquellos genios consumidos por el fuego escondido en un trago, en una efervescencia, destilación o fermento, se convierten en entidades sombrías, en arcángeles malditos vencidos por la fuerza del dragón, traspasados por la lanza de sus terrores.

Pero, nos hemos ido por la tangente y relegado se encuentra el protagonista de este texto. Detrás de una mampara de retraimiento asoma su hinchado rostro de poeta maldito, Malcolm Lowry.

Este novelista y poeta inglés nacido el 28 de julio de 1909 logró conjugar ese mudo dolor del alcohólico y la iluminación del genio. Atravesó el camino entre la luz y las tinieblas con su arpa en las manos, con la voz comprometida con los relámpagos, en giros poéticos, en la descripción sincera y objetiva de su abismo.

En el desarrollo de sus ideas, Lowry reproducía su propia agonía, la sustancia de la cual estaba hecha su decadencia. Esa era la fórmula para deshacerse de sus pesadillas, de los resplandores del relámpago en la ventana y de la fija mirada del espantapájaros en el erial.

La mirada distorsionada, no pocas veces, impidió el dibujo de un perfil, la delineación de un matiz, la proporción de un suspiro pero no le hizo perder el instinto. Cada signo se convirtió en símbolo de su sufrimiento, en un jeroglífico de su desolación, no comprendida por muchos en su momento.

Podríamos llamarle poeta maldito, al mejor talante de Poe, de Thomas o Baudelaire; calificarle de altisonante sonámbulo que arrastraba sus cadenas sobre callejuelas desnudas, aceras pedregosas y pestilentes flanqueadas por horrorosas tabernas, por espantosos cuchitriles con alfombras de musgo donde flotaba el dulzón olor de la orina y la fantochería de los basureros. En esos antros se desvanecía su existencia entre meretrices y bravucones.

Alguien pretendía destruir a Lowry, alguien le acechaba en las esquinas, en los callejones, presto para darle zancadillas al salir de las cantinas o para introducirle un filo homicida en la irritada cavidad donde sus órganos internos hervían en el caldero macabro del mezcal, la cerveza, el vino y el whisky.

Ese personaje que se escondía de todos, menos del escritor, ese verdugo sin rostro, era el propio Lowry. Había divisado las perturbaciones de su horizonte, conocía de antemano el perímetro y las dimensiones de su tumba, la sutileza de su sarcófago barnizado con el color del miedo. Aún así, nada le hacía ceder en su carrera de vértigo en busca del eterno silencio.

Consciente de la existencia de un camino que conduce hacia el infierno sin escalas ni intersecciones, ya advertido por el poeta William Blake, el autor de Bajo el Volcán y En lastre hacia el Mar Blanco, se introdujo en profundidades de donde nunca lograría salir.

Alguien ha querido denostar su obra maestra, Bajo el Volcán, al decir que estas páginas debieron tener la intención de describir la aventura de un hombre sin fuerza moral. "Era un pobre diablo, vicioso y estúpido", agregó ese detractor.

Le consideraba la travesía de un espíritu inferior encendido de miedos y acobardado ante los despeñaderos que se abrían a cada lado de su camino. Empero, la embriaguez del autor no le impidió levantar una estructura narrativa donde se cincelan los más altos ideales de los seres humanos, en abierto enfrentamiento con la degradación de la materia, cárcel del espíritu aéreo y eterno.

Detrás del cristal empañado de la visión del borracho, vemos a Lowry en su trayecto interminable en búsqueda de la paz. En Bajo el Volcán se ha vertido buena parte de los descubrimientos de la novelística del siglo veinte y se ha logrado un efecto casi cinematográfico en su concepción.

Malcolm Lowry estuvo recluido en un hospital psiquiátrico de Nueva York. Allí comenzó a trabajar en Piedra Infernal. Este texto no era, sin embargo, un abismo de furores, sino más bien una especie de coordenada de referencia donde deshacerse de sus faltas, sus extremos y su, si se quiere, disimulado suicidio.

Malcolm Lowry utiliza una de los mejores instrumentos de introspección para purificar su espacio espiritual donde sabía se encontraban sus principales enemigos, aquellos magníficos monstruos devoradores de hombres que ingresan al cuerpo a través de burbujas y oleadas del aguardiente.

Ahora he llorado, de modo que no sé qué otra cosa puedo hacer excepto rezar. No me dejes, por favor, no puedo soportar que te hayas ido, de modo que tengo que poner por escrito mi súplica para sentirme todavía a tu lado, pero no sé qué decirte, y lloraré otra vez dentro de veinticuatro horas en la Casa de Pilatos, o en el Palacio del Oro, y volveré a llorar... Me importa un rábano quién me vea. "… MALCOLM LOWRY.

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