Josef Fouché, El Hombre de Hielo (Parte Final)
28.12.07 @ 15:17:36. Archivado en Literatura, Historia, Política, Ficción
Sin embargo, Fouché no es capaz de engañarse. Entiende que no le tocará el papel de protagonista en la historia de su país. No será el sol, no será una estrella, tan solo se moverá tras las bambalinas, desde donde aguijoneará a todos, desde donde leerá los bocadillos del libreto.
Y no alcanzará a brillar como un líder, precisamente porque no le doblegan las pasiones, no estremece con su discurso porque su verbo es leve y turbio, en cambio su posesión de información es de valor más culminante para sus propósitos.
Ha surgido del claustro religioso convertido en una sombra, en un catedrático de la traición y un gurú del doblez. Lo único que importa a este hombre de corazón helado es su propio bienestar. Ni misericordia ni piedad, ni solidaridad son palabras subrayadas en su glosario personal. Tan solo la plena satisfacción de un ego en busca de expansión y realización.
No obstante, Fouché no puede ser catalogado como alguien pasivo, como el individuo que tan solo se dedica a esperar que los acontecimientos giren a su favor. Es un maestro de la conspiración. Es peligroso porque se esconde y se adapta a los cambios que promueve la historia. Es un hombre tenaz, intenso, meticuloso, sin emociones que perturben sus planes ni su visión. Es un verdadero ente de conspiración y malignidad.
Estalla entonces la revolución. Una figura terrorífica se yergue sobre los escombros del derrumbado sistema: Maximilien de Robespierre. Asciende como un bólido hacia la jerarquía. Su rostro es de piedra, su palabra de fuego, su mano es de una levedad pasmosa al momento de firmar las sentencias. El “incorruptible” no perdona, no posterga sus decisiones, no espera a los demás, marca la pauta.
Cuando Robespierre habla ubica su atril delante de la guillotina y el terror se expande como una peste. Su poder es casi absoluto. Este ciudadano es una bestia con hambre e hincará sus dientes en quienes cometan el error de enfrentarle. Solo un hombre podrá mirarlo esquivar a los ojos y salir indemne.
El incorruptible se encuentra en el bando de los radicales y Fouché toma asiento en el más numeroso de los moderados. Robespierre le odia a muerte y siente orgullo de su contumacia y su severidad porque son armas letales hasta ese momento. El antiguo tonsurado, sin embargo, vota en 1793 contra Luis XVI y se pasa entonces al bando de los radicales.
El día de la votación para decidir la suerte del monarca, Fouché, contrario a lo que había prometido, esperó con paciencia y escuchó la posición de cada uno de los congregados en la Asamblea de los Estados Generales. Guardó silencio y escrutó los gestos, los movimientos, los ademanes; analizó las palabras con que se sustentaba cada sentencia.
Como siempre, al final, se fue del lado de la mayoría. Su voto, el último, decidió la decapitación del rey. Olvidó este monstruo de indiferencia su anterior postura, relegó al plano de los intereses su decisión y se ubicó de forma estratégica en las gradas para emitir en postrera instancia su decisión. Entonces, rodaron la cabeza de Luis y su esposa, María Antonieta.
Los radicales caen en la red de engaños de Fouché, menos Robespierre quien duda de juramentos, de promesas. El hombre del terror vigila de cerca al hombre de la traición porque no puede aferrarlo, es sinuoso como un reptil.
Movimientos en Lyon permiten a Fouché atisbar ciertos cambios. Acusa entonces a los ejecutores de las órdenes extremas de Robespierre y regaña a los radicales. Algo percibe en el ambiente este fantasma, olfatea el peligro y comienza su metamorfosis. Al incorruptible esto le causa escozor y llama a Josef Fouché a su presencia.
En el recinto del Comité de Salud Pública, Robespierre amonesta a Fouché. Los papeles corren el riesgo de ser cambiados. El victimario se encuentra en la mira y es recriminado por los hechos de Lyon. El hombre de hielo sabe que no se encuentra en una favorable posición y guarde silencio. Acepta el castigo porque no debe enfrentarse al ciudadano Maximilien Robespierre. Pero nada será lo que parece.
Fouché mueve sus influencias, se introduce en las alcantarillas de la conspiración. Finalmente es nombrado como máxima figura de los jacobinos y esto irrita sobre manera a Robespierre. Ahora la sabandija regañada, el animalillo medroso que consumió las palabras dentro de su boca, puede mirarlo de frente y competir con él. Pero el máximo ciudadano de París y logra echarlo de la presidencia del grupo. Ahora se encuentra a merced del incorruptible, puede mirar la guillotina, puede oler su propia sangre.
Pero el maestro del disimulo no se sienta a llorar desventuras. Sabe que ha caído en desgracia y comienza a mover los hilos de la intriga. Visita a muchos de los allegados y detractores de Robespierre y les advierte que ha visto su nombre en la lista de ejecuciones. El hombre del terror, ahora es presa de sus propios miedos y teme a todos. Fouché serrucha su piso, cercena las bases de su poder.
Los amenazados se envalentonan y forman un grupo que enfrenta a Robespierre. Para nada aparece Fouché por ningún lado, su nombre no es mencionado. El golpe maestro, el pase mágico surte el efecto esperado, el incorruptible es juzgado y su cabeza rueda ante los ojos estupefactos de los ciudadanos a los que antes hizo esconderse en las tinieblas para evitar su mirada de fuego, su titilar de basilisco.
El golpe ha sido tan poderoso, que Fouché parece diluirse, convertirse en una hilacha arrastrada por el viento. Así transcurrirán tres años en total anonimato, antes de volver. Tres años de carencias y duro trajinar. Pobre y deshonrado, Fouché convierte sus arterias en bronce y el rictus de sus labios parece haber sido obra de un cuchillazo.
Nada estimulará más a Fouché que la obtención del poder y el dinero. A ellos llegará siempre con su antifaz de lealtad, perjuro, pero perfecto político.
Pasados esos tres años en el destierro, la escasez y el abandono recibe la visita de Barras. Este le solicita sus servicios como espía dentro de la estructura del Estado. Fouché se lanza al estanque y se siente como pez en su elemento. Puede moverse con libertad, puede conspirar, intrigar, pero también conocer, archivar y chantajear.
No pasa mucho para que sea nombrado ministro de Policía. Desde ese puesto le da los últimos detalles a su exquisita maquinaria de vigilancia. Miles de ojos observan por él, miles de oídos escuchan por él. Entonces, aparece Napoleón en el escenario político e histórico.
Fouché es un camaleón, se pinta del color de las circunstancias. Al emperador le agrada en principio la utilidad de este personaje, quien le pone al tanto de todo lo que ocurre en París. Sin embargo, la tensión surge pronto entre los dos. Napoleón reconoce que su ministro de Policía ha acumulado demasiado poder y lo destituye. No obstante, no puede hacerle esto a Fouché y salir indemne. Entonces lo destierra no sin antes ceñir sus sienes con los laureles del ducado de Otranto.
La relación se mantendrá igual de tensa. Napoleón gritará a Fouché que es un traidor y Fouché se limitará a responder “no soy de esa opinión”. Después llega Waterloo. Fouché moverá sus hilos, se deslizará bajo el suelo y logrará alianzas que le permitirán anular al emperador. La nación está harta de ver ríos de sangre y Fouché se convierte en una especie de salvador. Llega entonces al poder.
Pasa el tiempo y la situación se mantiene bajo control. Empero, los nobles odian a Fouché. Recuerdan que su voz pronunció la frase que liquidó a Luis. El hombre de hielo, como siempre, cambia de disfraz y ahora es más realista que el rey. El nuevo monarca es convencido por sus allegados para deshacerse de Fouché. Es demasiado peligroso, todavía posee veneno, todavía es el mago de la transformación y maestro de la traición.
Pronto es desterrado. Ahora el vigilante es vigilado. Los ojos y los oídos que le servían, ahora lo miran y lo escucha a él. El genio de la felonía se desvanece en la serenidad de su lecho. Ha sobrevivido a una era de terror y de ambiciones.
Podrá decirse de todo sobre este hombre: desleal, hipócrita, traidor, despiadado, frío, malévolo, impío, pero no podrá jamás endilgársele el calificativo de cobarde. Ha de haber tenido un valor a toda prueba para enfrentarse, no solo a Robespierre o Napoleón, sino a todo un sistema, a toda una estructura de poder que no siempre estuvo de su parte. Josef Fouché murió en la ribera triestina, el 26 de diciembre de 1820.
"Tome aquí este cuchillo y clávemelo en el pecho; eso sería más leal que lo que usted hace. Estaría en mis manos mandarle fusilar y todo el mundo aprobaría ese acto. Pero si usted me pregunta por qué no lo hago, yo le diré que porque le desprecio, porque no pesa usted una onza en mi balanza." Fragmento de una dura reprensión de Napoleón a Fouché.
"En la vida real, verdadera, en el radio de acción de la política, determinan rara vez las figuras superiores, los hombres de puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores, aunque más hábiles, en las figuras de segundo término"… Stefan Zweig.
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Roderick Guzmán Meza








