José Fouché el Hombre de Hielo (Primera Parte)
27.12.07 @ 20:16:38. Archivado en Historia, Política
Pocos personajes en la historia han sido tan enigmáticos, tan soberbiamente misteriosos como Josef Fouché. Ministro de Policía de Napoleón, este siniestro hombre sin emociones, sin gestos, con un rostro cincelado sobre hielo, fue uno de los más sombríos genios de la política.
Fouché torcía los valores como un alambre de estaño y los principios los convertía en arcilla para adaptarlos a sus intereses. Acaso este personaje era una entidad malvada, sin corazón, incapaz de sentir piedad ni empatía por nadie. Tan solo parecían animarle el desmesurado deseo por el control y el poder.
Siempre detrás del telón, atisbando entre las rendijas, sigiloso, atento, movía los hilos de la trama, porque todos en sus manos eran simples títeres, muñecos sin vida propia, incapaces de salvarse de la nebulosa red que tejía Fouché en torno a ellos.
Nació Josef Fouché en Le Pellerin, Francia. Era el 21 de mayo de 1759 y la primavera pintaba los campos con sus múltiples colores. Los capullos hacían eclosión bajo un inmenso cielo sin nubes, los delicados pétalos de los geranios, las petunias, las rosas y los claveles se elevaban sobre el verdor esmeralda de las hierbas recién crecidas.
Pertenecía a una familia de marinos y mercaderes, pero no siguió la tradición. Sus condiciones físicas se lo impidieron. Nada de mares ni de barcos, nada de largos viajes a ignotas regiones ni de ruidosos intercambios comerciales en las atiborradas callejuelas de París.
Algunos biógrafos le han descrito como un individuo de elevada estatura, pero magro, frágil, cetrino y pálido. De caminar cansado, siempre parecía estar a punto de desmoronarse sobre si mismo. Tenía los ojos oscuros hundidos en sus órbitas,sobre los párpados pequeñas hilachas arteriales le daban un aspecto soñoliento y enfermizo, los labios apretados en un rictus doloroso siempre estaban sellados.
Los ataques de asma y los constantes resfriados preocupaban a la familia de Josef. Repentinos estados febriles le postraban en cama por semanas. Su poca resistencia a los catarros de estación le alejaban de un sano desarrollo entre los jóvenes de su edad. En ocasiones, vencido por las alergias, se ahogaba en mucosidades y tosía de manera frenética. Cada día debía ingerir un espantoso jarabe de cebollas crudas endulzado con una pizca de miel.
Por aquellos tiempos, si no tenían fortuna ni propiedades, los padres tan solo heredaban a los hijos la profesión familiar y los Fouché no contaban monedas en sus arcones ni se encadilaban con la observación de tesoros en sus sótanos. No colgaba de las paredes pergaminos que consignaran títulos, ni existían propiedades ni en el campo ni en la ciudad para legar al quebradizo Josef. No, en su horizonte no se avistaban los barcos, pero se logró encontrar una salida.
La única posibilidad para el joven Fouché era el convento. Como tonsurado tendría la ocasión de hacer carrera dentro de la jerarquía de la iglesia y relacionarse gracias a su inteligencia con los prelados locales para procurarse algún obispado. Con mucho de dilema y de incógnita, la familia vio a la menos saludable de sus unidades vestir los hábitos y atravesar el oscuro umbral del monasterio de donde no saldría hasta pasado un largo tiempo.
La personalidad de Fouché tenía una fuerza interior desconocida, un nicho de fuego donde su ardía su espíritu, pero era mayor su silencio. Tan solo observaba y callaba. Todo era procesado dentro de esa compleja máquina de asimilación de información que era su cerebro. Cuando se veía obligado asentía o disentía con un movimiento de cabeza. Las pocas palabras expresadas por este parco cenobita estaban dirigidas a su superior monástico.
Permaneció diez años recluido en el claustro de piedra. Fouché no había hecho votos perpetuos, contrario a los demás monjes, absorbidos por la caridad y la misericordia. Por las noches, el futuro político se dedicaba a la oración, pero también a cierta arqueada actividad contemplativa, imposible de descubrir para el abad y sus compañeros de congregación.
Cada minuto de recogimiento debió haberlo dedicado a reflexionar sobre su futuro. De antemano debió comprender que el encerramiento conventual no era su destino. Algo había más allá de esas murallas, algo que esperaba por él que comenzaba a gestarse como un remolino de fuerza insospechada.
Fouché era consciente de sus desventajas físicas, nunca había montado un caballo ni cruzado a nado un río, tampoco frecuentó ni fue adicto a los bailes. Le estaban vedadas la milicia y las artes. Aguardaba con paciencia y humildad a que se revelara ante él el camino por donde habría de continuar.
Dentro del convento siempre observó con meticuloso rigor la pobreza, la castidad y la obediencia. Esto le dio fuerza a su temperamento. El hombre enclenque se había labrado un carácter de mármol, duro y helado capaz de resistir los embates de cualquier temporal. Gracias a esta inflexible disciplina aprendió a callar, se especializó en el arte de la simulación y aprendió a descubrir la intención escondida tras una palabra o un gesto.
Conocía la forma de reaccionar de los virtuosos y de los fatalistas, de los osados y los traidores, de los indolentes y de los quebradizos.
Según se cuenta aprendió el arte magistral de hacerse invisible, de camuflarse entre rudos taberneros y delicados aristócratas. Fue un verdadero maestro en dominar sus pasiones, en el férreo control de sus reacciones y jamás revelar ni con gesto ni con palabras, sus sentimientos personales. La vida privada de Fouché se ocultaba tras un denso cortinaje de afonías y de discreción.
Cuando llegó la Revolución Francesa, Fouché se sintió atraído por lo mundano de los movimientos que arrastraban a las masas a desbaratar el sistema. ¿Despertaría su vena sádica al ver correr la sangre por las calles de París? Se dio cuenta de que tendría una posibilidad de ejercer cierto protagonismo y tendría además la capacidad de elevarse a sitiales de autoridad si se conducía con cautela y precisión. Su autoestima debió elevarse por las nubes al comprender la influencia que sería capaz de ejercer sobre los ciudadanos al asentar el nuevo orden.
Los actos violentos le permitieron hilvanar su estrategia. Todo terminaría en el más sórdido caos, en los cataclismos, el desorden y la muerte.
Entonces, abandona para siempre los hábitos y se dedica a la política. Este era el momento esperado por el genio siniestro para moverse entre los entresijos del poder... Continuará...
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
El personaje me parece, psicológicamente, muy interesante; pero quizá sea más interesante la conclusión que Ud. pueda alcanzar sobre el posible paralelismo con alguna figura política, de actualidad.
Quedo en suspenso, en espera de corrobar mi arriesgado presentimiento.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








