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Rubén Darío más allá del Siglo de Oro

Permalink 21.12.07 @ 21:07:35. Archivado en Cultura, Literatura

Una mañana del mes de diciembre de 1866, dos mujeres subían a una carreta para realizar un viaje. El día era claro y azul, como lo son los del último mes del año en el istmo centroamericano La brisa fluía entre los arbustos, mientras las mariposas revoloteaban entre los brotes nuevos de los girasoles.

Las dos mujeres son parientes. Una es la tía, Josefa Sarmiento, la otra es la sobrina, Rosa Sarmiento de García Darío que espera su primer hijo.

Josefa Sarmiento era comerciante y llevaba un cargamento de mercaderías al centro urbano de León. De vez en cuando miraba de reojo a su sobrina Rosa, un poco cansada, pletórica de vida, pero soñolienta y leve como la neblina de esa mañana que otorgaba a las cosas un color ceniciento. Destacaba su silueta redondeada contra los sotos y los descampados donde algunas reses se adormecían bajo el canto lírico del sol.

La Navidad se aproximaba. No es de extrañar que en la mente de las dos mujeres se dibujara aquella bíblica Belén, las chozas, los animales, la efervescente actividad de la ciudad en que la tradición ubica el nacimiento de Jesús.

Rosa se imaginaba la virgen en su corazón no había soberbia. Tendría a su hijo, igual que la sagrada madre después de un largo recorrido, después de un viaje casi obligado. León era Belén, se decía. Pensaba en la suerte de su hijo, bajo qué designios vendría al mundo y qué estrella iluminaría su existencia. Todo menos una cruz

Pero la Navidad pasó y el niño vino al mundo ya bien entrado el mes de enero. Le pusieron por nombre Félix Rubén García Sarmiento. En su amplia frente se adivinaba el misterioso germen del genio. En sus ojos asomaba un duende inquieto que jugueteaba con tréboles. Su piel era del color del crepúsculo con cierta tendencia a mostrar los matices de las fogatas apagadas.

La madre ya no pensó en Jesús cuando vio a Félix Rubén, sino en el tiempo, en las grandes distancias, en el corazón encendido, en las noches de silencio, en el grito de las lechuzas y el trepidar de los batientes durante las lluviosas madrugadas. A pesar de los temores, no dejaba de sonreír al imaginar el rostro de su hijo mientras dormía entre sus brazos.

Aquel 18 de enero de 1867, mientras la vida se deslizaba con toda normalidad en el modesto poblado de Metapa, se conjugaban en un solo cerebro la energía de los abismos etéreos y los quiméricos juegos del verbo creador de la materia. Tal vez es en ese momento de nuestras vidas, indefensas y frágiles, cuando podemos escuchar aquella increíble primera palabra pronunciada por la divinidad y que después se pierde para siempre.

Bautizado con el apellido de García Sarmiento, su familia también era conocida por el de Darío. El poeta lo explica de esta manera: “Los ancianos de la ciudad de mi infancia me han dicho que mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. Todo el mundo le conocía como Don Darío. Entonces, a sus hijos e hijas les llamaban los Daríos. Esta costumbre diluyó el primer patronímico y lo convirtió en parte de nuestro nombre”.

Pero este hombre, más allá de los nombres y los apellidos, rompió las tablas de la ley, hizo trizas las normas y los códigos, derrumbó las catedrales antiguas y apisonó sus ruinas. Trituró las costumbres poéticas y lanzó al aire su propuesta de azul inmaterialidad.

Dio nuevos brillos a la materia verbal, pulió el repertorio de la poética hispana, renovó los alcances de la métrica y fue capaz de decir las cosas como no lo había hecho nadie antes que él.

Darío superó el furor del verso español. Le concedió cierto inédito brillo. Tenía sed de vida pero también de muerte como los grandes iluminados y los visionarios que conocen su destino. No fue capaz de despilfarrar el adjetivo ni de entornar el sustantivo. En un lúcido delirio alcanzó a preceder los ignotos resplandores de una época de colosos.

América Latina se encuentra desnuda en aquel momento. La sombra de los bardos españoles cubre su historia poética. Entonces, como en un acto de prestidigitación, aparece Darío con sus juegos imaginativos, con su excelsa palabra.

Todo cambia en las manos de Darío. Las sombras son rasgadas, el espacio es adornado con fuegos y crespones. Comienza a colocar los hitos desde donde deberá partir todo intento de hacer arte poético en estas orillas oceánicas.

Darío se muestra menos delicado, sin giros de capas y sombras. Sobre arenales levanta las torres de la nueva lírica. Había más vida, los senderos eran abiertos a todos los viandantes y los escenarios a todos los espectadores.

El poeta nicaragüense logra depurar el preciosismo, alcanza la cima de la transparencia y encuentra el horizonte y las llamas de los pebeteros abandonados por los exiliados de la noche.

El tiempo ha pasado, sin embargo. Su voz suena a salpicaduras de azúcar o al roce de dos estalactitas. Pero está todavía viva. A pesar de que su estética, sus ornamentos han sido abolidos, relegados por todos los vanguardismos que han surgido, todavía tiembla el monte ante el atronador sonido de su rima.

Su léxico, es cierto, ha quedado archivado en anaqueles, en los salones académicos y hasta pululan por cientos de páginas virtuales. En los oscuros recintos donde ya no entran los númenes, Darío, empero, no ha podido ser derrocado. Todavía su verso es como el tañido de un arpa o el dulce silbido de la flauta.

El genio de este hombre de León, de rostro endurecido por el estupor que producía a su alma el mundo, no ha muerto. Su luz todavía titila entre los juncos de la selva de las palabras.

La audacia de otros poetas no ha podido ensombrecer el legado de Darío. Ni Neruda, ni Huidobro, ni Borges, ni Mistral han logrado destruir el sonido de su métrica. Ese dulce trino sobre la rama al borde de la ventana no ha sido acallado. El sol alumbra la cerradura del arcón donde se ha introducido, en el más atroz silencio, la aurora que alguna vez se levantó en el horizonte. A un lado, sobre la repisa, en peligro de caer sobre el fango, se vislumbra una llave.

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Inigualable Roderick Guzman Meza cuando de escribir sobre autores literarios se trata. Capta la esencia de cada uno, esa impronta, esa legitimidad que lo convierte en autor único en su especie, y lo plasma en sus artículos con su también estilo inigualable, con sus acertadas metáforas y su doble visión capaz de profundizar en el interior del poeta tanto como de apreciar su relación con el entorno, con su ambiente y con su época.

Brillante este artículo sobre el no menos brillante poeta Rubén Darío.
Enlace permanente Comentario por solariana 22.12.07 @ 18:12
Una hermosísima semblanza del gran revolucionario de la poesía escrita en lengua española. Creo que no sería exgerado afirmar que es con la producción po╬tica de aquel sobresaliente nicaragüense que, al hablar de poesía, se hable de un antes y después de Rubén Darío. Su poesía sin duda marcó época en el arte de hilvanar versos.
Enlace permanente Comentario por More 22.12.07 @ 05:24

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