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Dieciocho años después de la Invasión a Panamá.

Permalink 20.12.07 @ 17:51:58. Archivado en Historia, Política

Hago la reposición del artículo por mi suscrito hace dos años, en ocasión de la invasión militar de los Estados Unidos a Panamá, aquel aciago 20 de diciembre de 1989. Dieciocho años han transcurrido desde aquel día y todavía no han cicatrizado todas las heridas.

La génesis de la invasión de Estados Unidos a Panamá se proyecta hacia un pasado, al parecer inconexo, cuando el General Omar Torrijos era Jefe de Gobierno del país centroamericano. Es una historia en que confluyen acontecimientos, con cierta apariencia de sesgo pero sólidamente eslabonados.

Debemos comenzar esta relación de sucesos en el año 1977, cuando Omar Torrijos (Jefe de Gobierno de Panamá) y James Carter (entonces presidente de Estados Unidos) estampan sus firmas en los tratados reconocidos con sus apellidos con el que se devuelve a Panamá, no solo el Canal sino todas las instalaciones ocupadas por el Comando Sur. Ese año, Panamá concluye una estrategia de captación de la solidaridad internacional con una causa fundamental: la integridad de todo su territorio.

Aquel año Estados Unidos sufre un revés político impresionante, sobre todo desde la óptica de la derecha luterana ultraconservadora. Enervados por la pérdida, los republicanos no perdonarán este desliz a Carter, ni tampoco el electorado que lo arrojó de la Casa Blanca para instalar a Richard M. Nixon.

En 1979, el convenio entre los dos países entra en vigencia y son devueltas las instalaciones de la Policía ubicadas en el sector conocido como Balboa, contundente enclave colonial estadounidense. Pasan a manos panameñas numerosas estructuras a partir de ese momento.

Ese mismo año son secuestrados funcionarios de la embajada de Washington en Teherán y se mueven los hilos del conflicto en Nicaragua para enfrentar a los Sandinistas, enquistados ahora en el poder después de arrojar a Anastacio Somoza, con los llamados contras. Hagamos memoria y desempolvemos los innumerables folios escritos con aquel "affaire" conocido como Irán - Contras y sus principales protagonistas Oliver North y John Poindexter. Panamá estuvo en esa ruta tenebrosa de cargamentos de armas, según han argumentado algunos analistas.

En 1981, quien firmara el tratado con el presidente Carter, Omar Torrijos, muere en un extraño accidente de aviación en las montañas de las provincias centrales, cuando se se decía que abandonaría el poder real para disputar la presidencia de la República en elecciones libres en 1984. Torrijos es sucedido por el Coronel Florencio Flores, un hombre de extracción popular sin ambiciones que cedió el mando de la Guardia Nacional a los pocos meses.

Al llegar 1982, asume la jefatura de la Guardia Nacional el General Rubén Darío Paredes, quien poco más de un año después, fue sustituido por Manuel Antonio Noriega, cuando el primero pretende incursionar en la política a la cabeza de un partido minoritario, en una jugada estratégica absolutamente favorable a Noriega, ex jefe de inteligencia del ejército panameño, quien asciende al generalato y comienza una era de confrontación con los grupos de la oposición política.

En 1985, un acérrimo rival político de Noriega, el doctor Hugo Spadafora, combatiente de la guerra civil de Nicaragua, lo acusa de tráfico de drogas y de armas. Spadafora aparece muerto en la frontera con Costa Rica y los primeros indicios señalan a Noriega como responsable directo de su asesinato.

En 1987, el coronel Roberto Díaz Herrera, acusa a Noriega de cometer no sólo los delitos anteriores, sino de conspirar para enriquecerse a costa del Estado, así como también de crímenes conexos como el tráfico de drogas y el blanqueo de capitales. Este es también el año en que el Gran Jurado de Miami abre una causa penal contra Noriega, acusándolo de utilizar su poder para permitir el paso de sustancias ilícitas hacia los Estados Unidos.

En 1989, comienza esta historia y el avispado lector se habrá percatado de la intención de este cronograma. Cada dos años el movimiento de fichas de la CIA y sus fantasmales agencias afines, concreta un paso más hacia el cambio del sistema, hacia la disolución del antiguo orden y la instauración de un nuevo modelo en toda la región.

Un trabajo metódico, pragmático sin miramientos ni pasiones, es concretado con sutileza quirúrgica. Cada hecho mencionado con antelación, parece un punto gestado por la insatisfacción interna de las fuerzas políticas locales, pero su nutriente es inoculado desde esferas muy distantes. Allanado el camino, toca ahora el momento de intervenir a las fuerzas reales, al ejército invasor. Esta es la crónica muy sucinta de los hechos que condujeron a la invasión, la antesala de la muerte de miles de panameños.

Hace dieciocho años el ejército de los Estados Unidos invadió Panamá en lo que Washington denominó su “causa justa” para entregar a este país centroamericano, de menos de tres millones de habitantes, una versión democrática tipo Wall Street y de las siderurgias y complejos industriales de Detroit y Pittsburgh y Chicago.

Este movimiento buscaba desalojar del poder al entonces gobernante de facto, General Manuel Antonio Noriega, quien había sido incondicional aliado del presidente George Bush, padre del actual inquilino de la Casa Blanca. Noriega había transgredido las leyes del Pentágono y se había aliado con oscuros personajes del narcotráfico y del trasiego de armas. No sé si algunos recordarán que aquel Bush había sido director general de la Agencia Central de Inteligencia, mejor conocida como la CIA.

No está de más argumentar que Noriega era considerado un doble agente, tanto de la CIA como de La Habana y algunos piensan que la Mosad le tenía dentro de alguna espuria planilla.

Con todo esto y con el proceso legal abierto en Miami, Bush padre lanza sus fuerzas armadas contra el pequeño país y en la aventura belicista hace desaparecer a más de tres mil personas inocentes, destruye barrios de la periferia capitalina, conduce a combatientes a improvisados campos de concentración (¿preliminares de Guantánamo?) mientras un generalizado saqueo de comercios hace sucumbir la economía panameña.

Con antelación habían declarado un embargo de todos los dineros del país depositados en bancos estadounidenses, habían instado a la población civil a no cumplir sus compromisos con el Estado y a desobedecer cualquier legislación que permitiera ingresos al fisco istmeño. No había liquidez para pagar a los empleados públicos ni para solventar los problemas domésticos del país. Es en este nivel cuando comienzan a escasear los alimentos, las medicinas y el combustible.

El reloj marcaba los primeros minutos del 20 de diciembre cuando los primeros estruendos retumbaron en la distancia. Eran momentos dedicados al ornamento de los hogares, a la preparación para recibir la Navidad, para las ofrendas y los obsequios y para el habitual jolgorio de las festividades cristianas.

Hacia las doce y cinco los destellos de los incendios salpicaban la densidad de la noche. El humo en espiral ascendente podía distinguirse en esa nocturna transparencia tropical y el sonido de las bombas condimentaba la cruenta iniciativa del imperio más poderoso que ha conocido la humanidad, contra un país con apenas 75 mil kilómetros cuadrados de superficie y menos de tres millones de habitantes.

Con la mayor displicencia se impartió una orden y con la mayor complacencia fue cumplida. Los G. I. Joe, desaforados por el olor del azufre y la sangre se lanzaron a la cinegética, se introdujeron en las casas, amenazaron, golpearon y mataron a mujeres, ancianos y niños, apuntaron sus fusiles de última generación con mirillas telescópicas y visión infrarroja y apretaron los gatillos para matar a los desprevenidos ciudadanos.

En el límite de lo que por aquel entonces era conocido como la Zona del Canal, había un barrio popular llamado El Chorrillo, cuyas casas habían sido edificadas para los trabajadores que construyeron la vía interoceánica y que por amor, por costumbre o intereses se quedaron a vivir en Panamá. En ese sector de la ciudad se levantaban antiguas casas de madera de estilo caribeño, sus habitantes eran gente divertida, afable, dicharachera que todos los fines de semana tomaban unos tragos al compás de la cadenciosa música de salsa, el golpe de las fichas del dominó contra la mesa y el olor a pescado frito condimentado con exquisitas especias y plátano verde partido en rodajas, conocidos por los locales como patacones. Tal vez el nombre les sonaba a los gringos a academia militar, como la que existe en Perú.

Ese barrio fue borrado del mapa. Entre las granadas y los láseres lanzados desde los Apache, los Tomahawk y los Stelth, cada estructura se volvía niebla, cada callejón sucumbía ante el peso de la ruina. Allí pude ver durante mi cobertura periodística cientos de personas aterrorizadas huir hacia todas partes, enloquecidos y trémulos, como si el infierno hubiese abierto sus portones, como si el cancerbero jadeara detrás de sus talones; pude ver también como las tanquetas aplastaban a quienes atravesaban sus caminos, vísceras regadas por el pavimento, cráneos triturados como cristales de arena, cuerpos desechos cual hilachas pervertidas con una macabra talabartería alfombraban las callejuelas, los pasadizos y los callejones.

Los gendarmes imperiales se solazaban en su rutina de sangre y muerte. No esperaban resistencia de una fuerza pública desorientada y sin jerarcas, nada les hacía recordar los varios enfrentamientos que habíamos tenido en el pasado, era una nueva generación de agresores. Entonces, se da el combate desproporcionado e inútil. Grupos de hombres y mujeres roban armas de los arsenales abiertos y desprotegidos y se lanzan a la digna tarea de defender su suelo. No fueron pocos los soldados de las huestes invasoras que sucumbieron ante la poderosa motivación de los panameños. Pero los enfrentamientos no duraron mucho.

Naturalmente, con la sobriedad de un juicio equilibrado, era imposible aventurar una lucha bajo los preceptos de la guerrilla urbana. Los gringos conocen muy bien el país además, las selvas quedan lejos, cerca de Colombia y de Costa Rica para insinuar un evento de prolongada duración entre matorrales y cañadas, entre montañas y corrientes fluviales.

Las nueve provincias fueron sometidas en poco tiempo. Recuerdo la academia Tomás Herrera, un centro de educación secundaria de disciplina militar en la central región de Coclé. Allí, los cadetes dormían soñando con las vacaciones de Navidad, con la familia, con las novias, con los amigos. Las instalaciones fueron atacadas sin misericordia por espectrales Stelth y silenciosos Apaches. Los jóvenes estudiantes casi no tienen tiempo de escapar. Eran apenas adolescentes, imberbes críos en pavorosa encrucijada, ahora olvidados por la historia. No sabría decir cuántos cayeron mirando las estrellas sobre la pista de aterrizaje, con un gesto eterno prendido del rostro.

En el centro de la ciudad capital, donde se concentra más de un tercio de la población, todos los comercios fueron saqueados ante la impávida mirada de los militares estadounidenses que reventaban las cerraduras, las cadenas y los candados para que los desvalijadores quebrantaran la economía del país, asentada en el sector terciario. ¿Sería una especie de compensación por lo artero y pérfido del ataque.

El único hombre al que buscaban estas fuerzas de invasión, se evadía por los recovecos de los barrios marginales, entre los zaguanes y casas de los suburbios. El único objetivo de la cruenta intervención se evadió durante quince días y terminó refugiado en la Nunciatura Apostólica de El Vaticano. Allí fue asediado por los soldados y por hordas de panameños ávidos por emular a los partisanos italianos que masacraron a Mussolini.

Pero lo medular de todo ha sido la muerte de personas inocentes. Los números manejados por Washington anunciaban poco más de cuatrocientos entre civiles y militares panameños. Las organizaciones de derechos humanos hicieron pública una cantidad cercana a los siete mil, en tanto que el cálculo más prudente ha sido el de cuatro mil personas muertas por el lado panameño.

Todo esto antes de la Navidad, cuando los que esto leen, iban de compras a los centros comerciales, cuando todos circulaban tarjetas de saludos y de invitación para reuniones de familiares y amigos. Todo ocurría cuando el señor Bush asistía a su congregación religiosa para pedir la gracia de Dios por la barbarie que había ordenado.

Han pasado dieciocho años. Podría escribirse mucho más sobre este salvajismo. Ya habrá oportunidad para materializar algunos relatos recopilados por este autor. Son tantas las historias que se derivan de la acción bélica.

Ahora Panamá vive una democracia. Cada cinco años elegimos un mandatario y sus colaboradores. Pero tenemos una creciente criminalidad, un impresionantes trasiego de drogas y armas a través del territorio, perseguidos por una fuerza pública sin muchos recursos. Las pandillas se solazan por las calles de las ciudades. La deserción estudiantil aumenta de forma exponencial. La violencia intrafamiliar multiplica sus víctimas. ¿Sería esta la democracia que estimulaba aquel viejo Bush, cuyo hijo comete los mismos desmadres contra los hermanos árabes?

!Saludos a los Mártires de la Invasión!

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Me parece increíble que, desde entonces, ningún gobierno panameño haya puesto en marcha un plan para búsqueda e identificación de cadáveres. Es lo que me ha parecido entender.
Ojalá todavía pueda llevarse a cabo este acto de justicia y no se vuelva a repetir en el mundo una barbarie como ésta con un cariz tan hipócrita.
Enlace permanente Comentario por solariana 23.12.07 @ 17:42
Los que vivimos estos tragicos sucesos, consideramos que es de obligación moral e historica realizar todas las investigaciones para conocer donde se encuentran los restos de los indefensos asesinados por las tropas norteamericanas, para que sus familias y el país le rindan sus respetos y todos ellos puedan descanzar en paz y los que seguimos vivos nos sintamos orgullosos de haber cumplido esta misión con la patria.
Muchas gracias.
Enlace permanente Comentario por Fulvia Sanchez 23.12.07 @ 03:39
No encuentro palabras para describir lo que he sentido, sólo lágrimas me ha arrancado este texto, mientras un nudo ahogaba mi garganta y a malas penas conseguían mis manos temblorosas acertar con las teclas para escribir este comentario.
Enlace permanente Comentario por solariana 20.12.07 @ 23:37

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