Emile Ciorán ante la Esfinge
18.12.07 @ 21:55:41. Archivado en Cultura, Literatura
Por razones íntimas, como la angustia ante la muerte, la extinción de la conciencia y la disolución del tiránico ego, debo volver a escribir sobre Emile Michelle Ciorán. Hacerlo me produce turbación y desconfianza. El pensador rumano es un ente corrosivo, ácido, pero lo peor de todo es que es uno de los más lúcidos.
¿Cómo puedo leer y creer en alguien que siempre intentó huir de si mismo? Su vida comienza en Rumania en 1911, porque allí en ese momento se fusionaron las precisas coordenadas, los avatares indispensables para desarrollar su personalidad. Allí también, en ese mismo momento una entidad física le proporciona los elementos de la decadencia sobre los cuales ha de construir su atalaya de sombras. Le hace guiños y decide seguirle como si se dirigiera hacia un despeñadero.
Ciorán se convierte en una criatura para la cual no existe conformidad. Busca la verdad en todas las claves existenciales. La rebeldía con la que enfrenta las pesadas cargas del dogmatismo no le permiten enraizarse en un universo material, porque es más volátil el pensamiento y no debe haber ataduras ni en las profundidades ni en las alturas.
Ciorán declaraba su aversión a Freud, al mayor de los arcanos, al más terrible quitador de máscaras. Tal vez por la misma razón por la que le tememos todos, por habernos arrancado el antifaz, por habernos mostrado el verdadero rostro de los humanos tiznados por la depravación, la malevolencia y el desenfreno.
La hostilidad de Ciorán contra el creador del psicoanálisis es temor. Sumergirse en la profundidad de su subconsciente sería un accidente letal. Logra defenderse, pero surge la fobia. La alusión al maestro vienés es un tóxico lanzado por el aliento de un adversario aterrador.
Sin embargo, ese espanto es una especie de defensa. Rechazar a Freud le permite ampararse de la voz sacrílega capaz de hacer añicos la pared vitrificada tras la cual se esconde para no ver el auténtico rostro de la soledad.
Mucho de amargura destila Ciorán en su obra. La vida no presenta compensaciones al sufrimiento que debe experimentarse mientras la materia en la cual nos encontramos escondidos mantenga la vibración de su energía.
El rechazo del nacimiento es la única condición redentora, dice Ciorán o mejor, no haber nacido jamás. No habernos encarnado es la verdadera bienaventuranza. Nacer es tan extraordinario o más asombroso que morir. Ser lo que somos, sentir y pensar de una manera, es un insólito acto de prestidigitación llevado a cabo por el azar o por la incomprensible iniciativa de un demiurgo falaz.
La muerte, en cambio, es el cese de ese estado anterior donde la pena es la flor marchita, cristalizada, convertida en carbón o en mineral, la espiga arrancada por la tormenta y lanzada contra una muralla derruída, la caída del fruto hacia los cráteres de la putrefacción, tan solo eso. Pero, las fuerzas conjugadas para la materialización del fenómeno de la conciencia, son unas condiciones mágicas, un repentino fulgor entre dos insobornables eternidades.
Ciorán pierde a su madre y razona esa merma. Todo cuanto ha hecho de bueno y de malo, dice, ha sido un asalto por él realizado al bagaje de su progenitora, del cual se ha apropiado en una edípica jugada.
La integración ha sido rota, se han emancipado los circuitos y los zurcidos. El cuerpo inerte de la madre sobre el lecho es el mismo que el yaciente dentro del féretro; empero, una luz diferente le alumbra y su gesto final se modifica ante la mirada cuajada de lágrimas del hijo.
Ciorán es consciente de su deuda con el padre del psicoanálisis. Reconoce haber sido vencido por la melancólica certeza de desear eternamente el cálido recinto materno como morada permanente, al punto de reproducirlo para su sosiego de la vida adulta.
“He heredado sus males, su melancolía, sus contradicciones. Todo cuanto ella era se ha agravado y exasperado en mí. Soy su triunfo y su fracaso”. Así se llegó a expresar Ciorán al intentar comprender su furia interior, al pretender desencadenar la ira de los demonios que en los pabellones de su alma comenzaban a asomarse.
¿Acaso no es esta una forma de evadir el rostro malvado de la esfinge llevando a cabo una simbiosis con la madre, en vez de enfrentarse al monstruo y sus enigmas? ¿Acaso fundirse en una sola forma no le protege del temor atávico de arrancarse los ojos e introducirse en las sombras manchado por el error?
El complejo de Edipo de Ciorán se profundiza hasta las raíces de la fusión absoluta. Por ello niega la vida, por eso se integra a la sombra y se vuelve como ella, para no enfrentarla, para no ser su antagonista.
¿Debemos preguntarnos si existe en la personalidad de Ciorán un componente de bisexual necesidad de escapar a través del fallecimiento de la propia madre? "La muerte de mi madre es como mi muerte porque me ha transmitido todos sus trastornos. Ahora sé a qué atenerme respecto a mi porvenir".
La fundición estimulada le permite anular los embates del sufrimiento porque es como si no hubiera existido ninguno de los dos. Los rescoldos de esta hoguera quedarán flotando en un cosmos de trascendencia ignorada donde alguna vez podrán volver a integrarse para ser una sola y la misma entidad.
El temor y la fascinación subyugan a Ciorán. Más allá de la contemplación del cadáver de la madre, lo mustio de su piel, lo marchito de sus cabellos, la indiferencia de su rostro, el pensador rumano se identifica con esas evidencias de consumación porque son liberadoras, porque le salvan de la aniquilación y la angustia de poseerla.
El nacimiento es una trasgresión, una ruptura con la beatitud de la nada, con la serenidad del vacío. Todos, en ese sentido, somos forajidos, invasores de una realidad ilícita. Por eso, mientras transcurre el tiempo, Ciorán piensa y escribe, intenta acercarse al altar donde deberá hacer catarsis y redimirse en sus propias cenizas.
Al llegar el momento, comprenderá que todo ha sido en vano. Igual ha de sumergirse en los abismos, igual llegará a la vejez incoherente y aturdido de tanta vitalidad. Ciorán se liberará como todos nosotros, nos deslizaremos entre las grietas de una muralla para introducirnos en esa dimensión donde ya no existen las sorpresas.
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Magnífica esta visión sobre el personaje y la obra de Ciorán escrita por la pluma de Roderick, magnífica y profunda su interpretación y magníficas las palabras con las que la describe.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








