La Masacre de Plainfield
17.12.07 @ 19:36:35. Archivado en Historia, Ficción
La localidad de Plainfield, Wisconsin, en los Estados Unidos siempre había sido un apacible lugar donde los campos se mecían como un océano del color de la esmeralda. La brisa circulaba entre los pastizales, despeinaba los penachos de la mies, mientras las nubes rozaban las copas de los árboles y se enroscaban en el campanario de la iglesia como una etérea guirnalda.
Todo era normal, hasta idílico en el lugar, hasta aquel 8 de diciembre de 1954. Caía la tarde y uno de los granjeros, para tolerar la creciente frialdad de aquel invierno, se dirigió a la taberna de Hogan. Paladeaba ya el trago de escocés. Sentía en su garganta la calidez del noble licor cuando, al traspasar el umbral, descubre sobre el piso de madera, un enorme charco de sangre.
Como aún era temprano, no habían llegado los parroquianos habituales. El hombre llamó a la propietaria del local, Mary Hogan, pero esta no respondía. No se atrevió a introducirse en el recinto y desde la puerta, llamaba a gritos a la mujer que no aparecía.
Pronto llegó el comisario. El lugar no mostraba señales de violencia y la caja registradora no había sido saqueada. Los peritos concluyeron que Mary Hogan había sido asesinada y su cadáver había sido arrastrado hasta un vehículo, cuyas huellas habían quedado marcadas sobre la tierra húmeda por el rocío del crepúsculo.
A pesar de la minuciosa investigación forense no se pudo lograr más evidencias. El cuerpo de la mujer no aparecía por ninguna parte, así como tampoco el automóvil en el que presumiblemente había sido transportado su cadáver.
Los lugareños estaban aterrorizados. Nunca antes había ocurrido nada similar en su bucólico poblado. Tan solo algunas peleas entre borrachos escandalizaban la pacífica aldea de vez en cuando. Nunca se escuchó un disparo y los accidentes era una cifra reducida en los informes estadísticos. La muerte no se acercaba a menudo por Plainfield.
Pero a todos nos acostumbramos, hasta el horror se desvanece como el humo de una fogata a medida que el tiempo pasa. Sin embargo, un mes después del macabro incidente de la taberna Hogan, el dueño del aserradero conversaba con uno de sus vecinos.
Hablaban sobre un hombrecillo tímido y callado que vivía en una granja no muy lejos de allí. Se mantenía sin roces sociales. No establecía contacto con ninguno de los vecinos, a menos que fuera llamado para realizar algún trabajo. Apenas era conocida su voz cuando le era obligado devolver un saludo o cuando compraba víveres, una especie de graznido en medio de una tolvanera. El nombre de este en apariencia intrascendente personaje era Ed Gein.
Gein vivía con su madre, pero a partir de 1945 quedó en absoluta soledad. Vencida por la edad y por problemas cardiorrespiratorios, la progenitora de Gein falleció durante un tormenta de nieve.
Entonces, Gein debió ganarse la vida y para ello realizaba trabajos artesanales no muy complicados. Reparaba algún tablón suelto o pintaba un cobertizo, en ocasiones desmontaba los jardines o limpiaba los establos y los gallineros.
Ed Gein era un hombre de complexión frágil, de mediana edad, cabello rubio y ojos azules. Visto de frente parecía una especie de animal medroso. En su rostro se había instalado una sobrecogedora palidez y la acuosidad de sus ojos matizaban sus gestos con una especie de lánguida melancolía.
Algunos de los moradores de la comarca desconfiaban de la actitud de Gein porque observaba una conducta excéntrica. Hablaba solo y se reía de manera nerviosa cuando se dirigía a sus interlocutores. Parecía un desequilibrado, pero la mayoría de los vecinos se había acostumbrado a su intrascendencia.
Uno de los mayores detractores de Gein era precisamente el propietario del aserradero, quien recordó verlo sentado en un rincón de la taberna de Hogan, desde donde miraba fijamente a Mary, la dueña del local.
Ante una jarra de espumosa cerveza se pasaba horas en actitud contemplativa. En su mundo interior no había luces, podía percibirse en sus ojos apagados. Las tinieblas se habían enseñoreado de su alma y muy dentro de si, Gein empezaba a doblegarse ante un frenético impulso de posesión.
Debemos dar algunos detalles más personales sobre nuestro protagonista de hoy. Había nacido el 27 de agosto de 1906. Su madre era una fanática religiosa y su padre un pobre y débil borracho, atormentado por el frenesí moral de su mujer.
El padre de Gein bebía después de discutir con su mujer y entonces la emprendía a palos con sus dos hijos.
Ed era dominado por su madre. La adusta y dura mujer le dedicaba miradas fulminantes cuando le parecía que Gein se desviaba del camino. Ese fuego lanzado por los ojos de su progenitora le estremecía, le doblegaba y le vencía.
La señora Gein había jurado que ninguno de sus hijos sería como esos hombres libidinosos, sin dios, sin amor y sin prudencia. Suficiente alcohol tomaba su marido para que sus hijos también cedieran ante esta adicción. Bajo esta férula, tan dura como la de los cuarteles y tan espartana como la de los monasterios, Gein jamás trabó amistad con otros niños. Para su madre, el mundo era una amenaza. En cada rincón acechaba el demonio, en cada lugar acechaba el sufrimiento.
Al amanecer del sábado 16 de noviembre de 1957, Ed Gein no pudo contener más su ímpetu destructivo. Acudió a la ferretería a comprar algunas herramientas, pero mientras la dependienta surtía el pedido, le disparó con su rifle calibre 22. Nadie escuchó la detonación del arma y Gein, igual que la vez anterior, arrastró el cuerpo hasta una camioneta.
Sobre el mostrador, el único testigo del crimen era el libro de transacciones. La última línea de la página 43 reverberaba con las letras del nombre de Gein, el cliente final de ese día.
Condujo hasta un sitio distante y entre unos matorrales decapitó el cadáver de Berenice Worden. La cabeza se la llevó dentro de una bolsa de lona. La policía encontró el cadáver desnudo y abierto en canal.
Tomando como base el libro de los registros de la Worden, dos policías arrestaron a Gein. Un grupo de gendarmes se dirigió a su casa. Allí se encontraron con escenas espeluznantes. Un cuerpo estaba colgado de una viga del techo. No tenía cabeza y desde el ángulo vaginal había sido rajado hasta el esternón. Desde una claraboya en el tejado un hilo de luz hacía resplandecer las sinuosidades de las tripas, como si fuera una cadenilla de bronce.
Los agentes debieron abrirse paso entre una galaxia de desperdicios. La basura amontonada despedía olores imposibles de resistir. Había de todo, cajas de cartón, latas, herramientas, heces, revistas de pornografía, fotos de cadáveres, dentaduras, escupitajos secos, rostros aterrorizados dibujados con carbón, esqueletos de lagartijas, arañas disecadas y muchas otras atrocidades.
La policía dio con la puerta del sótano que cedió sin dificultad. Al abrirla, otra ola de fetidez les golpeó en pleno rostro. Descendieron las escaleras apoyándose en los ruinosos pasamanos. Encontraron el interruptor de la luz y al iluminarse el recinto pudieron observar helados por el terror cráneos todavía con cabellos, algunos habían sido partidos por la mitad para ser utilizados como cuencos; en uno todavía había vestigios de leche.
El sargento Brown acometido por el asco intentó apoyarse en el respaldar de una silla, cuya superficie era de piel humana, así como la de las pantallas de las lámparas y de un chaleco colgado de una percha.
En un cajón se encontró un cinturón formado con pezones humanos ligeramente quemados con cigarrillos. Igualmente, en medio de la ya apocalíptica escena, fueron descubiertos los restos de Berenice Worden dentro de una bolsa, así como una colección de máscaras hechas con piel humana colgada de la pared. Eran auténticos rostros humanos con expresiones ya sin expresión.
La única habitación al margen de las huellas de la carnicería era la de la madre de Gein. La foto de la recia mujer permanecía en un altar iluminada con gruesos cirios de color negro. El asesino dijo a la policía que durante las noches su madre venía hasta su cama y le susurraba al oído palabras de sangre y muerte y con ellas el nombre de la persona que debía ser asesinada.
Gein fue internado en un hospital psiquiátrico donde murió por insuficiencia respiratoria el 26 de julio de 1984. Sus restos descansan en el oscuro abismo de la eternidad donde también yace su madre.
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Roderick Guzmán Meza








