Paul Auster y la Maquinaria del Azar
14.12.07 @ 22:22:24. Archivado en Cultura, Literatura
Vuelvo a escribir sobre Paul Auster. Este autor estadounidense, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006, nos conduce por senderos donde el azar es la divinidad y donde la casualidad es la majestuosidad de la omnipotencia.
Escritor que ahonda en los misterios de la cotidianeidad, en esos oscuros engranajes que dan vuelta al mundo y que no son percibidos, al menos no por ojos profanos, incapaces de descubrir el sutil movimiento del péndulo de la realidad.
¿Pero quién es el que descubre el funcionamiento de la maquinaria del azar? ¿Es el hombre y sus experiencias citadinas en la más cosmopolita de las urbes del planeta, el hechicero que busca la piedra filosofal de la existencia o el escritor sagaz y minucioso que encuentra el detalle oscuro en el mapa de huellas dejado por una pareja que camina tomada de la mano en un parque?
Auster es mago, testigo y creador. Su imaginación comienza por hilvanar sucesos a partir de una llamada telefónica equivocada, que se convierte en un microcosmos en expansión. Cada una de las relaciones que conforman el tejido de sus narraciones se va estableciendo, tomando como base una arista casi imperceptible.
Cada una de las historias austerianas siguen un curso aparentemente lineal, sin tropiezos, relatadas con transparencia y hasta economía de recursos. Sin embargo, en un recodo del camino donde un faro parpadea indeciso, se tuerce alguna para dar pie al surgimiento de otra apasionante ruta donde se han cruzado dos fuegos o dos ráfagas de escarcha.
Un individuo cruza una calle y desprevenido llega hasta un lugar cualquiera del otro lado. Allí, alguien ha perdido una moneda y la busca. Cuando la encuentra el primero está a punto de pisarla. Entonces surge una pregunta, un enigma que avanza desde las honduras del silencio y lo desconocido.
Los libros de Auster logran calar en el gusto de los lectores porque son tan próximos a nosotros, como lo es cualquiera de los parroquianos que encontramos en el café o en el bar. Cada situación es matizada con sombras y luminosidades, lo mismo que nuestras vidas.
Pero tal vez lo más dramático es que sus historias nos demuestran que algo parecido ha ocurrido con nuestras vidas y no nos hemos enterado. Tal vez se han dado esos hechos a nuestro alrededor y los hemos obviado por vivir inmersos en dimensiones demasiado densas para poder mirar del otro lado del cristal donde se mueve la coordenada del azar.
Entonces es cuando nos preguntamos, ¿qué hubiera ocurrido si hubiéramos reparado en la subrepticia mirada de la mujer sentada a nuestro lado en el autobús o en la cabizbaja entidad adormecida sobre una banqueta que extendió su mano para pedirnos una moneda y que ignoramos?
Toda su obra es ficción, pero tiene como fundamento la realidad. En ocasiones es un realismo frío y desnudo, pero cuyos efluvios culminan en un suburbio de fantasía poblado de fantasmas y de quimeras.
Todo tiene apariencia de normalidad, pero tras el ruidoso periplo de un vehículo se aproxima vibrante el espejismo, la alucinación, lo imaginario. Lo normal se trastoca en misterio para dejar atrás la patética inmovilidad de lo cotidiano y lanzarse a los torrentes donde la vida puede volverse desesperada.
Pero el propósito final es una enseñanza. La vida tiene deparada para cada uno, algún tipo de pedagogía. Ante lo habitual y lo corriente se abre un abismo. Algo nos hace oscilar en esa orilla con el peligro de caer hacia el interminable escondrijo del azar que puede ser la fatalidad o la bienaventuranza.
Aquello que nos parecía inamovible, incapaz de ser perturbado por las inclinaciones, por la rotación o la traslación del planeta termina siendo menos permanente y más alterable.
Igualmente, Auster enfrenta una especie de vacío o de ausencia. Alguna figura no pertenece a la vida del personaje. Alguien se ha marchado, alguien que ha regalado soledad y vacilación. Hay un espacio en blanco donde las palabras nunca aparecerán.
Es posible que los personajes de Auster sientan en verdad el abandono de una figura poderosa. ¿El padre, Dios? Si yo soy yo, alude el autor, ¿quién es el otro? ¿Por qué a él le ocurren estas cosas y no a mi? ¿Y si en verdad es a mi a quien ocurren y no al otro?
La necesidad de encontrar a ese yo huidizo, a ese ego que se justifica por sus acciones o que culpa a otros de sus errores y miserias es uno de los puntales de la obra austeriana. Hay dentro de cada uno un punto luminoso escondido tras innumerables y frustrantes capas de tinieblas que no nos permiten acercarnos a la verdadera esencia de nuestra personalidad.
Auster insiste en dejar en el aire la interrogante: ¿sabemos en verdad quiénes somos? ¿Estamos seguros de que esta es nuestra verdadera esencia? Quedan las dudas, las aristas en los planos más elaborados, las inconsistencias que estimulan la duda.
Entonces comienzan sus personajes a despojarse de los disfraces, a desnudarse de la identidad pública y cotidiana para ir en pos de lo que verdaderamente son.
"Somos permanentemente víctimas de contingencias cotidianas. Nuestras vidas están hechas de accidentes. También me interesan mucho los accidentes que no llegan a producirse. La casualidad existe..." PAUL AUSTER.
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Interesantísimo artículo. Como siempre Roderick profundiza en cada uno de los autores que lee, en cada uno de los autores que nos ofrece, y sobre los cuales llama nuestra atención con palabras de auténtico escritor.
¡Brillante!
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Roderick Guzmán Meza








