Reflexiones sueltas sobre Lezama Lima
13.12.07 @ 22:02:08. Archivado en Cultura, Literatura
José Lezama Lima ha sido una de las más relevantes figuras de la literatura latinoamericana. Era un hombre capaz de encontrar belleza en una lata tirada en la calle, de dibujar con símbolos y metáforas, la naturaleza, el cosmos local y la exuberante manifestación sideral a partir de un vergel, de una calle concurrida o de un campanario silencioso.
Lezama se eleva hasta los oscuros laberintos donde se esconde la materia desconocida, la sustancia que crea los mundos y los seres y es capaz de descender hasta las incineradas cavernas donde duermen las esencias cristalizadas de esas fuerzas ya muertas.
La poesía es el todo, la poesía es la luz, las tinieblas, la belleza y el horror. Para Lezama Lima el mundo es una fórmula secreta que debe ser descubierta tan solo a través de esos símbolos que ocultan a los ángeles y los demonios.
Los sistemas le son insoportables. Ceñirse a los métodos convierte al hombre en un mecanismo predecible y sujeto a la decadencia más terrible. Las reglas son capaces de pervertir la sutileza de la percepción a través de las imágenes.
Pero el pensamiento poético de Lezama es su filosofía. El cosmos es abierto a las interpretaciones más amplias. Sus palabras son colores, sus voces son armonías y cada cosas sin vida, una piedra, una grieta, un mineral desnudo en la profundidad del seno de la tierra pueden estremecerse hasta casi rozar el hálito vital insuflado por la fuerza magnífica que algunos reconocen como Dios.
Pero el alto vuelo de la obra de José Lezama Lima no procede de las nevadas alturas donde habitan los númenes, donde nacen los rayos y las centellas eclosionan. La génesis de su frenesí, el origen de su chispa se encuentra en lo habitual, en lo ordinario y a veces en lo rústico.
Barnizado el rubor del crepúsculo como una malva faz de mujer enamorada, sus versos son sutiles y grandiosos, pero también telúrico y fantasmales. Dentro de su entorno puede avisparse un torbellino o nacer una erupción.
Ese impulso obedece a un eterno movimiento, la creación. Pero es una creación de múltiples proyecciones, desde la carne hasta la pictórica, desde la artesanal hasta la demencial.
Nacido como José María Andrés Fernando Lezama Lima, nació en Marianao, Cuba, el 19 de diciembre del año 1910. Fue sometido a la férrea disciplina y se dice que sus juegos los realizaba donde las tropas llevaban a cabo sus maniobras. Su padre era quien comandaba estos ejercicios castrenses.
Todo ese ambiente de fusiles y espadas, de uniformes y desfiles estimulaban la imaginación del escritor. Su padre es la gran figura en la mente del niño, pero pronto se esfuma cuando, durante la Primera Guerra Mundial, muere en el campo de batalla.
¿Dónde entonces se ha marchado la fuerza, el rigor, la valentía y el heroísmo? Se ha de haber preguntado el poeta. Se ha desvanecido todo ese furor, se ha perdido entre humaredas y charcos de lodo. El rostro del padre permanece enturbiado por la sangre. Lo imagina inerte sobre un territorio desconocido, entre otros hombres también muertos, tristes en su gesto último, desapegados ya de la historia y de las emociones.
La muerte del padre le hace modificar su percepción del universo. Requiere de imágenes para explicarse los fenómenos existenciales, la vida propiamente. Aparece su necesidad de sentirse salvado.
Pero no se pervierte para nada su pensamiento. Su voz sigue en el derrotero justo por donde ha de encontrar el luminoso erial donde crecen las espigas más doradas. Muy a pesar del mundo multiforme e indefinible, Lezama podrá alcanzar una estación donde encontrará elementos que darán forma a sus sueños o sus pesadillas, a los edulcorados paisajes del insondable Caribe o los escalofríos de las tormentas apocalípticas.
También ha de haber sensualidad, una feroz sensación de goce para enfrentar filosofía, realidad y poesía. La metáfora y la imagen le ofrecen esa posibilidad de expandir el campo visual y la percepción de estas tres, aparentemente, reñidas vertientes.
De todas formas se decía que si la imaginación de Lezama no terminaba en un conflicto, debería ser creadora. Y surgió el mundo, emergió de las aguas el territorio inundado. Se delinearon las torres y los campos se abrieron a la luz. Las catástrofes fueron líricas expresiones donde los muertos son pintados de malva ante las hilachas de fuego que danzan como odaliscas.
El pétreo aspecto de la maldición recae sobre los desprevenidos habitantes de una ciudad perdida. Se convierten en rocas y en cenizas y son recordados como escoria y decadencia.
De un horror cósmico, Lezama Lima extrae la belleza. Le da color y vida, aunque el destino sea la muerte, aunque al final tan solo existiera un campo sembrado con huesos y cuencas vacías de calaveras expectantes.
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Roderick Guzmán Meza








