El Corazón Partío
11.12.07 @ 20:11:49. Archivado en Ciencia, Medicina, Tecnología
Un corazón roto puede matar a una persona. Las heridas producidas por las pérdidas de los seres queridos no son asunto tan solo de poetas. Al parecer, los científicos han analizado ciertas condiciones que presentan quienes sufren por la pérdida de alguien a quien se ha amado y cuya vida se ha compartido.
En estas condiciones la persona tendría hasta casi el 20 por ciento de posibilidades de morir si no es capaz de vencer la tristeza y doblegar la melancolía, han afirmado los expertos.
De acuerdo a investigadores holandeses, el sufrimiento del alma, el dolor del corazón ocasionado por la desaparición de un ser querido conduce de manera subrepticia a los bordes de un peligroso precipicio en cuyo fondo no hay nada, tan solo una interminable caída.
Los científicos se han percatado (un poco rezagados) de que la gente que ha perdido a su pareja, no siempre logra superar los estados depresivos y por eso se refugia en catárticos más dañinos aún que el pesar y la soledad.
Muchos recurren a dietas poco saludables, algunos se desahogan con los cigarrillos, otros con la bebida, algunos se recluyen en habitaciones oscuras, otros distorsionan la realidad, creando condiciones hostiles para el organismo, abatido ya por la supresión de las sustancias que en cerebro producen bienestar y felicidad.
De manera singular el mayor riesgo es enfrentado por los hombres, han dicho los peritos. Más frágiles ante la desdicha, educados para ocultar el dolor, incapaces de derramar lágrimas ante los demás, restringidos para la desesperación del alma, llevan dentro de si un metálico monumento al dolor.
No son pocos los que recurren al alcohol, a la falsa juerga, al turbio festejo en jornadas vacías y banales. Con este paliativo tan solo se doblega el sufrimiento por unos pocos momentos. El fantasma hinca sus garras en el corazón y lo desgarra. Al ser un depresor del sistema nervioso central, el licor es capaz de provocar conductas obsesivas o autodestructivas.
Por su parte, para la mujer que sobrevive, la soledad y el dolor pueden resultar insoportables sí, pero ella encuentra una reserva de energía psíquica que le revitaliza en otras figuras del entorno como son los hijos, nietos y demás familiares.En tanto el hombre, más centralizado en su pareja, no alcanza a ver la luz.
Entonces sobrevienen los cambios en el organismo motivados por las hormonas del estrés que estimulan el decaimiento de los sistemas físicos y comienzan a acelerar el desgaste de las funciones vitales.
Si uno ha pasado su vida junto a una mujer por más de cuarenta años, no es extraño que al perderla las sombras invadan el entorno, la escarcha del abandono cubra nuestra faz y el silencio de los enormes abismos consuma las palabras.
Ante todo esto cabe preguntar cuál es el nivel de resistencia ante el sufrimiento. No se considera una enfermedad, no es algo medible, algo que se palpa. La mayoría debemos tener la capacidad de enfrentar nuestras desdichas, sobre todo con ayuda profesional.
No obstante, en alguna medida se pierde el control cuando alguien a quien hemos querido por mucho tiempo, se marcha y comienzan las amenazas de las patologías graves, los riesgos de mortalidad, sobre todo en los primeros tiempos después de ocurrida la pérdida.
En este cuadrante podemos caer los hombres, que con un 21 por ciento de más, enfrentamos una probabilidad mayor de sucumbir ante la muerte del ser querido. Las viudas alcanzaron un 17 por ciento de esta posibilidad tras haber visto fallecer a su esposo, marido o compañero.
Un punto muy grave entre los hombres desolados por la muerte de su pareja es el suicidio. La soledad comienza a corroer la fortaleza del ánimo. Poco a poco los colores pierden brillo, las cosas su forma. La brisa es un huracán, el paisaje es un páramo gris.
Después de haber quedado solo, es posible que el hombre se mire al espejo y no vea nada, tan solo un agujero oscuro. Las noches sobre el lecho se hacen interminables, el nombre de la mujer amada resuena en cada sonido como la crepitación del azúcar que se desvanecía en el café cada mañana, en la respiración escucha las sílabas de su nombre y en el batir de las ventanas su risa.
Entonces aparece la imagen traslúcida de la amada, perdida para siempre en otra dimensión de la que no sabemos nada. Ya la hemos visto yerta, pálida, marmórea sobre el féretro. Colocamos flores sobre el cajón ornado con filigranas y ahora regresa de la distancia. Parece invitarnos a continuar el sendero juntos, pero en otra realidad.
Comienza a vislumbrarse la necesidad de ir en busca de ese rostro que hemos visto tantas veces a nuestro lado, de esa voz que pronunció nuestro nombre con esos acentos únicos, de esa sonrisa que iluminó el jardín y la casa.
De pronto, una cuerda por casualidad encontrada en el desván una noche cualquiera, nos hace señas. El arma con la que protegimos nuestra integridad y bienes despide un brillo inusitado dentro del cajón. El cuchillo adormecido en la cocina entre los demás cubiertos, se convierte en un poderoso hierro magnético… y sucede lo que se lamenta.
Frágiles ramas que quiebra la tormenta, los hombres nos centramos en el ego. Es nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestras desolación. ¿Acaso enmascaramos la pérdida con esa exhibición de tristeza.
Al contrario, la mujer, más dadivosa se proyecta hacia los demás. A ellos dedica su tiempo porque su psíquis ha sido estructurada para dar más de si. Ella persiste para mantenernos vivos en su recuerdo.
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Es verdad, More, cuando se muere alguien a quien amamos, el sentimiento de tristeza y desolación que vivimos tiene mucho de egoísta pues en realidad sufrimos por la pérdida, por la falta de esa persona, por nosotros que nos hemos quedado sin su compañía; si nuestro amor fuera verdadero la dejaríamos marcharse en paz, reconoceríamos que había llegado el momento de irse del plano físico de esa persona y que su camino debe seguir otros derroteros y seguro que eso es un bien para ella. Un saludo.
Casualmente hace dos noches tuve oportunidad de ver por televisión "Entrevista con el vampiro"...En efecto, al protagonista le ocurría lo que dice el señor Guzmán Meza, no pudiendo soportar haber perdido a su esposa, buscaba desesperadamente la muerte y, por desgracia, se convirtió en un vampiro sediento de sangre condenado a vivir por la eternidad.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








