Jack the Ripper o el Diablo en las Tinieblas
10.12.07 @ 19:50:07. Archivado en Historia, Ficción
La pinacoteca del terror, el tablado de sangre se viste de guirnaldas y de lujo con esta entrega. Luces de candilejas dan a este escenario un aire de magnificencia y de maldad suprema. Nadie ha logrado alcanzar tanto macabro prestigio, nadie ha logrado expandir tanto el miedo como nuestro personaje de hoy. Ninguno de los anteriores elementos mencionados en nuestra lista de psicópatas, criminales y asesinos en serie han logrado estremecer las fibras más íntimas de la imaginación, ninguno ha alcanzado ese empíreo pavoroso donde reinan las tinieblas.
Durante cuatro meses, el suburbio conocido como White Chapel fue el escenario de crímenes atroces. En los callejones, en las aceras, sobre el embaldosado, distorsionados por una amarillenta neblina, fueron encontrados varios cadáveres de mujeres destripadas. Las carnes abiertas como un libraco sucio para mostrar la historia de los más violentos asesinatos.
Nos encontramos en el Londres proverbial, el de la niebla y de la oscuridad. Para ese tiempo reinaba Victoria. La moral se ha vuelto un asunto de extremo rigor, el inventario de valores estaba escrito en piedra. Los ciudadanos, sumidos en la estrecha caverna del rigor de su soberana, esconden tras su flema, detrás de su estirado silencio, las más extrañas pasiones, los más estremecedores impulsos. No solo la conducta pública, sino también la privada han sido atadas con las cadenas de la severidad.
Corría el año de 1888. Finalizaba el verano boreal. Un sujeto vestido con elegancia caminaba haciendo oscilar en sus manos un recio bastón de madera africana, en cuya empuñadura un león amenazaba con sus fauces abiertas.
A pesar de la distinción de las vestiduras, de la exquisitez del corte de la chaqueta, del muy bien delineado pantalón y el alto sombrero de copa, el hombre era más bien de apariencia vulgar y podría decirse que hasta insignificante. Un rostro cuadrado, sin equilibrio ni armonías, de ojos muy abiertos y endurecidos, los labios apretados, debajo de una nariz ancha y de amplias ventanas, le otorgaba a ese semblante la apariencia de una piedra. Un leve bigote complementaba estos rasgos pedantes.
En medio del bullicio nocturno, de las canciones de los marineros borrachos, de los insultos de los jugadores, de las ofertas de los proxenetas, del ridículo vaivén de las prostitutas, de la rapidez de los ladrones y de la verborrea de los estafadores, este hombre se deslizaba con serenidad y firmeza mientras la crispada atmósfera se nimbaba en torno a los faroles de gas.
De vez en cuando se detenía y hablaba con alguna de las mujeres. En voz baja les decía algo al oído. En ocasiones, la mujer se apartaba de forma violenta mirándole con sorpresa o desdén; en otras le lanzaba gruesos insultos y calificativos altisonantes; pero no faltaban las que sí le tomaban la palabra, a pesar de hacerle concesiones a cierta forma de excentricidad y apetencias insinuadas por el extraño.
Acordado el precio por los servicios y las diversas variables sexuales de las cuales se valdría la dama para proporcionar placer a su encopetado cliente, se dirigían hacia el domicilio donde se cumpliría el encuentro.
Normalmente era un cuartucho en el borde de la ciudad, más allá de los edificios del gobierno, más allá de las tabernas. Las casas eran estructuras de varios pisos. Se accedía por una escalera principal, por un frontispicio sin iluminación donde se podían estimular los amantes antes de alcanzar la cima del placer. También existían escalinatas traseras para escapar de los incendios.
Al principio nada raro ocurría. El hombre, un tanto tímido en la intimidad, pagaba a la mujer y se retiraba luego del encuentro, dejando en ella un extraño sabor a sombras y a vacío, pero también de curiosidad.
Normalmente, estas cortesanas iban solo por las monedas, así que para nada les incomodaba la impericia o cortedad de alguno de sus usuarios. Si se enfrentaban a la tosquedad de marinos y estibadores, un sujeto vencido por sus propias vergüenzas significaba una plácida jornada de veraneo. Con este individuo, sin embargo, era un tanto diferente.
Pero la noche del 31 de agosto de 1888, ocurrió algo inesperado y espantoso. Mary Ann Nichols era una de las muchas mujeres que comerciaba con su cuerpo por aquellos espacios olvidados. Ya no era tan joven. Su rostro mostraba los estragos del tiempo. Su cabello rojizo no tenía brillo y más bien parecía un haz de hierbas secas. Sus carnes no eran ya macizas ni lozanas. Colgaban de sus brazos gruesas lonjas. Sus piernas velludas estaban surcadas por interminables carreteras de varices. Sobre su labio superior se asomaba un ralo vello. Del centro de una verruga surgía un pelo. Vestía sin reparar en el buen gusto faldones colorados, blusas verdes, amarillas o azules.
El cuerpo de la infortunada fue encontrado en un callejón. Sobre el pavimento una especie de licuefacción, vísceras y sangre. Una precisa incisión podía observarse a través de la tela manchada de la falda. Era una línea vertical que se torcía hacia el lado derecho cuando rozaba la última curva de las costillas. La policía de aquel entonces no contaba con instrumentos de medición ni de análisis. Lo único que pudieron concluir fue que las herramientas de esta tétrica tarea debieron ser un cuchillo o un bisturí.
El ocho de septiembre de ese mismo año, otro cuerpo fue encontrado en el sector oeste del barrio. Era el de Annie Chapman. Su edad no podía se definida de acuerdo a la apariencia del rostro, machacado a golpes. Había sido destripada con minuciosidad y pericia. A un lado, colocadas con orden y hasta, se podría decir que con cierta sangrienta ironía, las entrañas de Annie aparentaban ser una flor colgada de su tallo.
Abierto el tórax, desde el cuello hasta la parte superior del pubis, el cadáver mostraba también una fina incisión en la tráquea. En esta ocasión, los despojos recibían una tenue luz del farol que a unos metros resplandecía con sus emanaciones entre azul y ámbar. Un gato de lo más indiferente la olisqueaba cuando llegaron los primeros agentes de la policía.
No se tenían pistas aún sobre la identidad o apariencia del asesino. Nadie había visto ni escuchado nada. White Chapel se sumergía en un pantano de silencio cuando de crímenes se trataba. Sin testigos ni evidencias Scotland Yard se encontraba con las manos atadas y dando tumbos a ciegas en medio de la niebla. En un barrio como ese sería difícil que alguien hablara sobre los dos crímenes. Era un sitio de tolerancia, una zona roja de mala muerte y las voces tan solo comerciaban o injuriaban, pero nunca testificaban.
Tres semanas después, el 30 de septiembre, Elizabeth Stride fue encontrada en su habitación. La cabeza había sido casi totalmente cercenada, apenas colgaba de los frágiles cartílagos de la nuca. De la misma forma que las dos anteriores, un reguero de órganos fue encontrado por todo el recinto. Frases escritas, mostraban una incoherente tendencia al exhibicionismo del autor de la masacre.
En los corrillos se empezó a comentar que el o los asesinos tenían experiencia quirúrgica y llevaban, de seguro, un maletín con todos los implementos necesarios para realizar la carnicería. Algunos menos sesudos escribían frases antisemitas sobre las paredes. Se llegó a temer que se desatara una persecución contra los hebreos.
Entonces ocurrió algo curioso. Fechada dos días antes del último asesinato, la Agencia Estatal de Noticias recibió una nota. La misiva estaba firmada por un tal Jack the Ripper (el destripador). Las palabras más expresivas decían textualmente: “Odio a las prostitutas y seguiré destripándolas hasta que me canse”.
El mensaje era alarmante. La población, al enterarse de la esquela enviada por el diabólico personaje, fue sobrecogida por el terror. Las noches eran de tensa calma y de un silencio brutal. Se escuchaban los pasos de los gendarmes que deambulaban por el área, podía escucharse el encender de un cigarrillo en la oscuridad.
¿Por qué el odio de Jack hacia las prostitutas? Una respuesta que no ha podido ser encontrada. Se especula sobre contagio de enfermedades venéreas, la muerte de un hijo como consecuencia de estos males, la infidelidad de la esposa y tantas otras. Lo cierto es que mientras las autoridades intentaban deshacer el nudo que ocultaba la identidad del sospechoso, otra mujer sucumbió en sus mortíferos rituales.
Pero antes de que se descubriera a la siguiente víctima, una nueva misiva llegó a las oficinas del recinto de policía. Estaba escrita en tinta roja. Jack, ahora revelaba algunas particularidades de los crímenes. No precisamente el método ni las motivaciones. Según la nota, alguien le había visto cuando estaba a punto de mutilar a la primera de las mujeres. Para desviar la atención, abrazó el cuerpo inconsciente como si de una romántica escena se tratara hasta que la persona de retiró de su punto de visión. Después procedió a tasajearla con fruición.
Decía también la esquela que los gritos de la segunda estuvieron a punto de llamar la atención de varios parroquianos que salían de una cantina. Jack simuló estar discutiendo la tarifa mientras le hundía el cuchillo en el vientre. Los borrachos se marcharon sin percatarse de que el asesino arrastraba por los cabellos a la mujer y la lanzaba sobre botes de basura mientras sus entrañas se esparcían en un perímetro de tres metros.
Jack se hacía conocer. Es posible que disfrutara el juego de los enigmas. Mostraba su lado comunicativo y justificaba sus actos con excusas baladíes. Tan solo quería establecer una especie de competición con la policía, a quienes no despreciaba del todo como se hacía suponer; de lo contrario él hubiera estado devaluándose también.
Mientras la seguridad se entretenía en descifrar los posibles mensajes ocultos en las palabras de Jack, caía la que sería su última víctima, Mary Jane Kelly, de 25 años. George Hutchinson, un vecino del lugar, aseguró haber visto a la mujer acompañada por un hombre de mediana estatura, bien vestido, con sombrero de copa. Lo único de su rostro que pudo ver con claridad fue un bigote rubio, dijo el hombre.
La pobre Mary Jane fue encontrada en su habitación de alquiler de la calle Miller´s Court, número 13. Tendida boca abajo sobre un camastro lleno de chinches y toda suerte de parásitos, la mujer estaba desnuda. Le habían arrancado los senos y las orejas. La piel de la espalda tenía grabada figura triangular que engrosó los folios de los investigadores. Sobre un espejo y en la pared occidental de la pieza se leían frases insultantes dirigidas a las prostitutas.
Esta fue la última martirizada criatura. Después de esto Jack desapareció de la escena londinense. Muchas personas acudieron al recinto de la magistratura para dar su versión y hasta para describir al asesino en serie más grande de todos los tiempos. Se decía que podía ser un espía ruso, un carnicero judío, un médico de la corte, el príncipe Alberto, un marino holandés. Con el tiempo las sospechas han recaído sobre dos personajes, en su momento poco conocidos. Uno es una mujer que supuestamente se disfrazaba de hombre. Las motivaciones no se han dado a conocer.
El otro era el comerciante de algodón, James Maybrick. Según se ha dicho, este personaje tenía negocios en los Estados Unidos y en Inglaterra además de una perniciosa adicción al arsénico y a la estricnina. Los prostíbulos le eran también sitios apetecibles.
Al parecer, Maybrick estaba casado con una hermosa joven estadounidense, llamada Florence Chandler a la que le llevaba 24 años. La conducta del hombre de negocios no era del todo pacífica. Algunas veces llegó a golpear y a humillar de tal forma a su mujer que ella intentó evadirse del encierro al cual había sido sometida por el celoso marido.
Decidió envenenarlo y fue condenada a cadena perpetua en 1889. Hace unos años fue encontrado un reloj. Detrás de la tapa se podía leer: “I am Jack (Yo soy Jack). Este nombre se había formado de las dos primeras letras del nombre y las dos primeras del apellido: James Maybrick. No obstante, sería una acción infantil realizar ese grabado con esas palabras. Delatarse tan flagrantemente sería una tontería.
Florence Maybrick tenía un amante, de nombre Alfred Brierley. Esto provocó la cólera de James, quien concluyó que todas las mujeres eran putas y debían morir. En su mente habría de repetirse la escena de la esposa en brazos del amante. Esto tal vez le serviría de estímulo para los atroces crímenes de White Chapel.
Lo cierto es que Jack el Destripador ha pasado a la historia rodeado de una aureola de leyenda, de misticismo y una mórbida atracción. Sea quien haya sido, demuestra que el ser humano alberga dentro de si un monstruo. La mayoría de nosotros ha logrado adormecerlo. Pero cualquier cosa podría despertarlo.
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Roderick Guzmán Meza








