La Ejecución de Judas
05.12.07 @ 21:01:45. Archivado en Historia, Religión, Ficción
Acorralado por sus perseguidores, Judas alcanzó una pelada cima. Sobre su cabeza un gris banco nuboso. Bajo sus pies, los guijarros se desprendían y caían a un abismo. Una lagartija se introdujo por una grieta. Algunas criaturas insignificantes y desconocidas se volvían humo.
Por un mágico momento, por un imperceptible instante, pensó en dejarse caer por la abierta garganta del desfiladero. Su corazón ardía en llamas, el terror se enconaba en sus arterias.
Quiso hacer uso de la cimitarra prendida en su cinto, pero el largo filo del metal yacía en lánguido adormecimiento en algún poroso sitio por donde había avanzado en su escapada.
Muy cerca, trémulos y apresados por las garras puntiagudas de la ira y el miedo, los once discípulos seguían al proscrito. Su faena era alentada por la imagen del Maestro en el patíbulo, por el rostro desfigurado como una medusa pisoteada; por la masa sanguinolenta suspendida en el madero, por el abominable alarido cuando el clavo traspasó la carne, la breve agonía y la aún no menos increíble muerte.
El fugitivo era un león. Sus ojos quebraban las órbitas, lanzaban aristas de tungsteno contra un paisaje acribillado. Suspendido entre dos espejismos, se imponían la caída de su cuerpo hacia indiferentes rocas o el enfrentamiento a los puñales y las hondas de sus perseguidores, se quedó petrificado cuando las voces enmudecieron el grito de los grajos.
Los otros, los justicieros, los salvajes, llegaban sin fe, sin dios ni perdón. Lograron asir en el último momento el pérfido tobillo del traidor, del imposible delator y le arrastraron hacia la ladera de una colina por donde un poco antes había caminado un león.
Increparon al hombre vil, abofetearon su rostro marcado por antiguas cicatrices, ocultas parcialmente por una enlutada barba. Sus manos, ramas secas, raíces desnudas, no lograban levantarse para impedir el castigo. Aturdido por el peso de la falta, se dejó arrastrar hasta un peñasco donde fue humillado y golpeado con bastones, pies y puños.
Atado como una bestia, levanta la cabeza. Un cuervo revolotea en el cielo desnudo. Gira en torno a un nubarrón. Desde la vertiginosa altura, un baile de cenizas desciende hasta anidar en el pelambre polvoriento del infame.
Es ahora una asquerosa bestia. Sufre por saberse destinado al escarnio eterno. Su obra quedará pisoteada por ignorantes fanáticos, cobardes en su momento, malvados en su venganza.
En la mano de Pedro, de pronto, brilla la hoja de un cuchillo. El sol es casi blanco y borra los colores del entorno. Desciende como una exhalación y se incrusta en el pecho de Judas. Hacen lo mismo los demás. Incrustan sus cimitarras en la carne indefensa de donde mana abundante sangre.
El rencor de las puntas homicidas rasga su vientre y sus entrañas brotan como negras flores. El rostro preserva una mirada de angustia. Las tinieblas cubren las pupilas quemadas por el sol implacable. El universo desaparece, el cielo se convierte en un manto hecho jirones, como una piel masacrada por la lepra.
El cuerpo aniquilado, con la ridícula estupefacción de la muerte en sus ojos y en el rictus de la boca abierta, es lanzado al barranco. Por las heridas escapan sus entrañas. Tan sólo pudo detener su caída un árbol frondoso de donde se levantó un montón de cuervos.
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Roderick Guzmán Meza








