¿Curan el Cáncer las Plantas?
22.11.07 @ 20:06:25. Archivado en Cultura
Voy a dedicar el espacio de hoy a un tema para mí de sumo interés, toda vez que es de carácter testimonial. Pertenece al mundo de la anulación de ciertas leyes, al parecer insobornables, las de la naturaleza.
Cierta persona que conozco ha padecido una nefasta enfermedad. Un buen día, el diagnóstico médico ha estremecido su espíritu al escuchar la palabra cáncer. Doy fe de haber leído el diagnóstico y observado la decadencia y el desmoronamiento de las fuerzas vitales que sustentaban ese organismo. Sostuve sus manos y con ineficacia y torpeza intenté darle aliento.
Conozco a esta persona desde hace muchos años. Siempre ha sido una criatura dinámica, una entidad con una energía contagiosa, de sobradas razones para llevar adelante su proyecto de vida con el mayor entusiasmo.
Pero la palabra del facultativo fue contundente, feroz, despiadada. Cada sílaba del corto pero recio vocablo, se hincaba en el cerebro como un venablo tóxico, desgarrador y agudo en búsqueda del origen del hálito de la vida.
La medicación se inició enseguida. Para llegar hasta el recinto donde había someterse a los rayos y a los químicos, era obligatorio recorrer un largo pasillo adoquinado. Cada dos metros una puerta, una lámpara. Al fondo del corredor una sala como remate.
Luego, la sala amplia con mullidos sillones y revistas colocadas en desorden sobre una mesa. La recepcionista daba la bienvenida con una luminosa sonrisa y luego de conocer el nombre del paciente le anunciaba y le hacía pasar. No pude llegar hasta la sala por razones obvias.
Pero el consabido tratamiento no surtía efecto, la muerte asomaba su torva faz desde el punto oscuro abisal de sus pupilas. Podía percibirse la creciente declinación, la continua degradación del ánimo, la superlativa erosión de los estímulos y la anulación de la veta de energía.
Cuando ya imaginábamos el féretro entre cirios, bajo la nave de la barroca bóveda del templo, cuando nos estremecíamos por la irreparable e incontenible partida, ocurrió algo de factura proverbial.
Es natural que ante tales designios se pretenda encontrar un asidero, un ancla para la embarcación que naufraga entre mares tormentosos. Es lógico entenderse con ecuaciones de esta estirpe, con variables conocidas como la fe, las oraciones, para quienes son creyentes y la fuerza de la voluntad para aquellos un poco menos crédulos.
Lo extracurricular en este caso procede de un ámbito asaz inesperado, del vademécum natural de los herbolarios, traducido como medicina botánica.
Hemos sido testigos del retroceso del mal, de la anulación de la certidumbre del inapelable destino. Concurrimos con la persona citada al consultorio de un personaje humilde, apegado al Evangelio y al dogma cristiano. Ajenos a este pentagrama de afinidad bíblica, escuchábamos la perorata con cierto fastidio y duda.
No discutiré este punto. Pero lo primordial ha sido la cura. La persona desahuciada recuperó la vitalidad, el brillo volvió a sus pupilas, la sonrisa alumbró su rostro, su cabello masacrado por la radio y la quimioterapia, volvía a abundar en aquel cráneo ya casi desnudo.
Pronto ha recuperado peso, vigor y esencia y lo mejor de todo, exámenes realizados con posterioridad a la administración de las medicinas naturales, demostraron que el cáncer había desaparecido.
Con el espíritu periodístico aguijoneando mi curiosidad, he iniciado las pesquisas requeridas para, en principio, desenmascarar el posible fraude, la desastrosa mentira, pero no hubo nada turbio, no se alimentaron vacilaciones. Ante la extrañeza de los expertos, se dio de alta al paciente y, luego de casi dos años, no hay muestras del cáncer.
Me di entonces a la tarea de seguirle la pista al naturista, para intentar encontrar, como cualquier escéptico ante tamañas erradicaciones de lo irreducible, el punto frágil de la trama, el hilo descosido del lienzo.
Durante varios meses asistí a la consulta, trabé amistad con el hombre de las hierbas y realicé con detenimiento un escudriñamiento pormenorizado de sus pacientes.
Pude entonces descubrir los innumerables casos parecidos al descrito en los párrafos precedentes. Hombres reducidos a escombros por el mal entronizado en el hígado, la próstata, el páncreas, en la piel, en el estómago, en los huesos; mujeres destruidas por el cáncer en la matriz, en los pulmones, en la garganta y en muy diversos sitios del cuerpo, eran ahora la mayor prueba de algo inaceptable, de un proceso de recuperación casi anónimo en todo el mundo científico.
Un porcentaje creciente de pacientes remitidos desde el Instituto Oncológico de Panamá ha recuperado la salud. Ni rastro del nefasto invasor, ni vestigios de la sombra en la placa radiográfica.
El hombre que ha desarrollado la sustancia, en principio milagrosa, proviene del oriente del país, de una provincia llamada Chiriquí, limítrofe con Costa Rica, donde existe una abundante y exótica flora, casi en estado virginal.
Allí, Diomedes Ureña, tal es su nombre, ha encontrado la fórmula que ha curado no sólo el cáncer, sino también enfermedades como diabetes, úlcera, vitiligo, cálculos biliares y renales y para mayúscula sorpresa de todos nosotros el VIH SIDA.
Este servidor ha sido testigo de estos hechos y he de consignarlos en este sitio virtual. Si alguno de mis lectores o sus allegados tiene, por desgracia, un mal de estos, con todo entusiasmo le remito al consultorio de Diomedes Ureña en la ciudad de Panamá.
Quienes busquen una nueva oportunidad en su vida, pueden establecer contacto con Diomedes Ureña a través del teléfono (507) 66 001987. La página virtual de este botánico panameño es www.curadelcancer.net. El correo electrónico al que pueden escribir es: info@curadelcancer.net
Algunos meses le separan de la cura y de la vida. Ojala puedan hacerlo, soy testigo de todo y sé que es real.
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Roderick Guzmán Meza








