El General en su laberinto
29.08.07 @ 21:52:55. Archivado en Historia, Ficción
Cuando Manuel Antonio Noriega se entregó a las fuerzas militares estadounidenses que habían invadido Panamá y que custodiaban su asilo en la Nunciatura Apostólica de Roma en la capital del país, seguramente calculaba minuciosamente cada uno de sus futuros movimientos. Pero quedaban pocas opciones, la muerte o la rendición. Optó por la segunda.
El ataque del ejército más poderoso del mundo contra un país de menos de tres millones de habitantes, cuyas fuerzas armadas sumaban casi veinte mil unidades, resultó rápido y devastador. Se estrenó el avión conocido como “Stealth”, bombas inteligentes y otros artefactos de destrucción para sofocar las bravuconadas de una cúpula militar que ahora se había esfumado.
Algunos imaginaban que grupos de combatientes latinoamericanos se unirían al ejército panameño para combatir contra los Estados Unidos palmo a palmo en el territorio ístmico. Se decía también que se organizaría una guerrilla en las montañas para dar golpes certeros y estratégicos a los estadounidenses. El comentario era que se aproximaban elementos cubanos, libios, nicaragüenses para echar al invasor del territorio panameño.
Pero nada de eso ocurrió. Durante días surgían las marchitas flores de la muerte, el lupanar y el santuario perdieron su identidad y se transformaron en refugios improvisados. No ingresó nadie desde ninguna parte, nadie acudió al mudo llamado. Todo el territorio del istmo se encontraba custodiado, las costas y las fronteras eran vigiladas por grupos de tareas especiales, mientras aviones de última generación sobrevolaban una nación que puede ser recorrida en doce horas de frontera a frontera vía terrestre de este a oeste y en poco más de dos de norte a sur.
Noriega ha de haber comprendido que todo se había consumado. Sus Fuerzas de Defensa se habían desvanecido en medio del humo de los incendios y el tableteo de las ametralladoras, entre los fogonazos de las explosiones y el avance de las patrullas. Su cuartel general había sido destruido mientras la población saqueaba los comercios, tal vez en desagravio por tantos años de minuciosa depredación.
Por aquellos tiempos, enero de 1990, era representante del Papa en Panamá, el nuncio Sebastián Laboa, un clérigo español que no demostraba ningún tipo de simpatía por el acorralado general y quien le instó a entregarse antes de que la masa embravecida que se agolpaba fuera del perímetro de la residencia del embajador del Vaticano, imitara a los partisanos italianos que lincharon a Benito Mussolini. No quería que sus blancos muros se mancharan con la sangre del militar.
El general se encerraría en su habitación mientras Laboa se comunicaba con el general Cisneros, a cargo de la operación llamada Causa Justa, para decirle que Noriega estaba a punto de claudicar. Pudo haberle pedido que evitara un linchamiento, al menos en los predios de la legacía vaticana.
Afuera, los soldados habían instalado grandes bocinas que dejaban escuchar un estridente y decadente rock interpretado por uno de esos grupos estrafalarios que reniegan del paso del tiempo, de los calendarios rotos y de los excesos de ácido láctico en las coyunturas.
Tony (como le decían algunos allegados) oró de rodillas ante un crucifijo de plata clavado en la pared. El martirizado Cristo miraba angustiado algún punto en el cielo raso, donde se adivinaba una minúscula mancha de humedad. No sabemos qué cosas decía Noriega en ese momento, ni cuál era su relación con el creador, mucho menos su idea de él, pero tal vez no era una humilde suplica, sino una petición de misericordia.
Se irguió después y miró con detenimiento el uniforme de general que colgaba de una percha en una barra de hierro sobre la desnuda pared pintada de blanco hueso. Se lo había traído alguien la noche siguiente a su ingreso en la nunciatura, algún camarada, ahora escondido entre la bulliciosa masa o desinteresadamente sentado frente al océano Pacífico, a pocos metros del reclusorio. Lo habían planchado a petición suya. El kepis le hacía señas desde una repisa donde apenas llegaba un poco de luz de la calle que se reflejaba en el dorado escudo patrio.
Entonces, el hombre fuerte reconoció su fragilidad, reparó en su inmensa soledad y lanzó un suspiro, algo parecido a un estertor de agonía. Tomó las ropas militares y se vistió con lentitud. Cuidó que las cuatro estrellas de su generalato estuvieran visibles en sus charreteras. Nadie pudo saber lo que hacía dentro de la habitación hasta que finalmente salió erguido, con el rostro ceñudo y apretado el rictus de los labios.
Después se le vio cuando era conducido por agentes de la DEA y del ejército gringo al avión desde donde esa misma noche del 3 de enero de 1990, sería transportado al Centro Correccional de Miami, en el cual ha pasado los últimos diecisiete años de su vida.
Ahora, después de una rebaja de la condena original de cuarenta años, Noriega se prepara para salir de la prisión estadounidense, pero hacen falta todavía algunos procesos por enfrentar. Panamá le reclama para que responda por la muerte de varias personas, entre ellas su opositor Hugo Spadafora, su compañero de armas Moisés Giroldi y varios más.
No obstante, un tribunal federal de la ciudad de Miami ha decretado que el ex hombre fuerte de Panamá puede ser extraditado a Francia, donde ha sido condenado en ausencia por lavado de dinero en 1999.
En París, Noriega cumpliría una condena de diez años en la prisión de Le Santé, de máxima seguridad, ubicada al sur de París. Sombría y tétrica, esta ergástula sería posiblemente, la última morada para un hombre que ya ha cumplido setenta y dos años.
Sus abogados preparan argumentos para apelar la decisión, toda vez que el ex general, en su reconocida calidad de prisionero de guerra de los Estados Unidos, debería haber sido repatriado una vez terminará de cumplir su pena, según lo estipula la Convención de Ginebra.
Para el jefe de los jurisconsultos que conforman el equipo defensivo de Noriega, Frank Rubino, la decisión del juez se ilegal y arbitraria, porque no lo ha beneficiado con la devolución a su país, como es requerido por la ley. Es muy posible que Francia desconozca el estatus del reo y le considere un delincuente común, apuntó.
Noriega se encuentra ahora en medio de un laberinto de altísimas paredes. Ante si, el abismo, una caída interminable hacia la oscuridad y el silencio. Ha conocido la razón de su llegada a este mundo y se encuentra solo y tal vez con miedo.
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Pienso que por muy alejados territoralmente que se encuentren los libios de Panamá, sí que les unía su rechazo hacia el imperialismo yankee y además pienso que podían ayudar a los panameños gracias a su tradicional experiencia como mercenarios.
Por otra parte me parece que subestima usted en cuanto a cultura geográfica a los españoles y no creo que el señor Guzmán Meza tenga que andar especificando en qué lugar geográfico se encuentra cada país.
Ah, y una última cosa, Mr. Stelth, ¿a usted nunca se le ha perdido una letra escribiendo con el teclado? ¿Nunca después de tener una palabra escrita se ha percatado extrañamente de que faltaba alguna letra en el lugar do...
Desde luego, la frase no le ha salido muy pulida. Cualquier persona un poco escasa de conocimientos geográficos (el 90% de los españoles mismamente) creería al leer a Guzmán que los libios son vecinos de cubanos y nicaragüensas.
Otros también nos planteamos sucesos que nos acaecieron hace 17 años y no son independientes de lo que nos ocurre hoy día, aunque no hayamos tenido tan mala suerte como el general, aunque esos hechos sean de índole muy diferente.
¿Alguien alguna vez en su vida no ha llegado a plantearse por aquel o aquellos momentos de hace x años, por aquellos hechos o circunstancias y sus consecuencias en el presente?
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Roderick Guzmán Meza








