El Asesino de Viudas, Henri Désiré Landrú
27.08.07 @ 21:33:59. Archivado en Historia
Dándole continuidad a los lunes de asesinos en serie, desempolvamos las crónicas donde ha sido escrita la vida y las obras de uno de los más malvados criminales del siglo veinte. Fue un hombre calculador, meticuloso, frío y despiadado que llevaba en una agenda una relación de nombres, lugares y circunstancias de sus víctimas a las que calificaba según un muy particular código. Elegante y pérfido, exquisito y atroz, delicado y diabólico, su nombre era Henri Désiré Landrú.
El infame Landrú, nació en París en 1869 y era hijo de un industrial y una costurera. Cuentan que su infancia transcurría entre la disciplina de los recintos académicos, donde mostró predilección por las matemáticas, y las enajenantes jornadas ante los cirios encendidos de las iglesias.
Landrú cometió varios delitos menores entre 1902 y 1914, razón por la que su padre, al enterarse de las condenas impuestas a su vástago, decidió quitarse la vida. Henri era un estafador con ángel, con carisma. Detrás de su apariencia frágil y delicada de señor de mundo, se escondía un verdadero demonio de perversidad.
A Landrú le importó un bledo la muerte de su progenitor. Tal vez sintió un delicioso estímulo para emprender la aventura de la extinción de otras entidades, pero de manera más física, menos moral, con refinada maldad.
Para satisfacer esa inquietud, comenzó a leer los diarios y se percataba del número de bajas que ocasionaba la primera Gran Guerra europea y el consecuente aumento de viudas. Preparaba entonces una agenda de trabajo y se movilizaba en la búsqueda de sus víctimas.
Landrú percibió su paraíso de sombras, su empíreo de sangre, vio las columnas de su palacio de hielo. Las mujeres, solas y angustiadas, recurrían a la estrategia de solicitar compañía con propósitos matrimoniales a través de anuncios en los diarios que leía.
Joven y atractivo, de mirada oscura y penetrante, con una calvicie dura y perfecta, hacía gala de finos modales y debió presentar una imagen de héroe degradado e incomprendido para seducir a esas damiselas desamparadas.
Entonces publicó un anuncio que decía: “Señor serio desea casarse con viuda o mujer incomprendida entre 35 y 45 años”. Estos signos son importantes al momento de analizar la táctica de Landrú. Mujeres en edades maduras, incomprendidas y solas eran el campo propicio para su desquiciada labor.
Recibió una gran cantidad de cartas. Organizó con esmero cada misiva, estableció un orden específico, en virtud de las características de la remitente. Prestó atención a los recursos, sobre todo cuentas bancarias, bienes, joyas, residencias, estado físico, grupos a los cuales pertenecían, hijos, parientes y cualquier otro nexo que pudiera ocasionarle perturbaciones y estropear sus planes.
El catálogo seguía un orden lógico. Utilizaba siglas para identificar alguna condición o característica. Por ejemplo, las letras mayúsculas SF salvaban del martirio a aquellas mujeres sin fortuna, inútiles para los propósitos del despiadado asesino.
Era ambicioso este Landrú. Su siniestro propósito abarcaba las cajas de caudales y la extinción de quien fuera su propietaria. Sus idilios debían ser rentables y valer los esfuerzos de catalogar, clasificar, seducir y asesinar a sus víctimas. Sobre el altar propiciatorio, el dios cincelado parecía ser el dinero.
Lleno de sutil encanto sedujo e hipnotizó a docenas de mujeres solitarias que buscaban un compañero o un esposo; pero Landrú quería sobre todas las cosas su dinero y para mantenerlas en las bóvedas heladas del silencio, las asesinaba.
Alquiló una villa llamada Ermitage. Elegante y señorial respondía a la imagen de maduro y solvente galán que pretendía Henri. Amplios jardines por donde paseaba con las madmoiselles, despreocupados, lánguidas las miradas, tomados de la mano, con una flor entre los labios, la acechada se embebía con la plática dulzona y romántica de su futuro asesino.
Pasado un período prudencial aparecía el monstruo. A algunas las estranguló a otras les cercenó la yugular o les clavó el puñal en el pecho. Después descuartizaba sus cuerpos con una sierra, incinerando los restos en un horno que para tales propósitos había adaptado en el sótano de su palacete.
La primera en desaparecer en las redes del asesino fue Jeanne Cuchet, mujer de 39 años con un hijo de 17. A esta dama le urgía el afecto y al pérfido demonio no le fue difícil, con sus sutiles y exquisitas maneras, conquistar su corazón demolido por la tristeza y la soledad. Henri Désiré Landrú llevó a la mujer y a su hijo a un apartamento alquilado y allí los hizo desaparecer.
Después de una lista de asesinatos impunes, la suerte comenzó a acabarse para Landrú. Las familias de sus víctimas comenzaron a pedir a las autoridades información sobre sus desaparecidas parientes. La policía descubrió un patrón relacionado con traspaso de fondos, con registros de dinero a nombre de varios hombres.
La hermana de una de las víctimas se cruzó con Landrú el mismo día en que puso la denuncia por la desaparición de su consanguínea. Era, efectivamente, la misma descripción que se manejaba del sospechoso: un hombre calvo, de cerrada barba negra y mediana estatura. El criminal se encontraba ya en compañía de su próxima sacrificada.
Cuando la policía se apersonó al departamento de Landrú en Gambais, descubrieron el cobertizo donde amontonaba la ropa y muebles de sus víctimas. Cerca de la chimenea notaron algunos restos óseos quemados. Pero lo que verdaderamente terminó de sepultar al maléfico personaje fue el descubrimiento de unas listas donde con meticulosidad había anotado nombres y procedimientos.
El juicio duró unas tres semanas. El abogado de Landrú hizo una ingeniosa y estupenda defensa, pero el jurado no fue convencido ni por los alegatos del letrado ni por la gentil mirada del acusado.
El proceso se llevó a cabo por la desaparición de once mujeres. El hombrecillo de la poblada barba y elegantes vestimentas se negó a reconocer su responsabilidad en estos delitos
Cuando fue encerrado para esperar la pena de muerte a la que fue condenado, recibía decenas de cartas ofreciéndole matrimonio, así como palabras de aliento por parte del público que siguió con atención todo el juicio. Nada pudo cambiar la pena. Henri Désiré Landrú fue llevado al patíbulo al alba del 22 de febrero de 1922. La guillotina desprendió su calva cabeza que rodó por las escalinatas y fue a parar contra la puerta trasera de la prisión de Versalles.
Algunos alegan que este inmisericorde sujeto pudo haber asesinado a unas 300 mujeres, pero nada de eso ha podido ser confirmado. El secreto numerario de sus víctimas rodó con su cabeza aquella madrugada de invierno en París.
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Roderick Guzmán Meza






