La Última Epopeya Blanca
02.08.07 @ 21:43:04. Archivado en Cultura, Ficción
No siempre es fácil comprender la forma en que un fenómeno, evidentemente local, ha podido expandirse a otras regiones, sobre todo cuando poco tiene en común con la historia y los valores de quienes se convierten en receptores de su mensaje abierto o implícito.
Quiero abordar en esta ocasión, sin muchas pretensiones, el sostenido éxito de las películas del llamado salvaje o lejano oeste. Las historias que sustentan su irrupción en las culturas extranjeras abundan en hostilidad, en falacias y no pocas veces sus más preclaros representantes son atroces protagonistas en un escenario de sangre y muerte.
El éxito de las películas del oeste se debe, no creo que puedan existir dudas, a su cercana parentela con una acción de similares proporciones llevada a cabo por el sistema al cual ha pertenecido desde sus orígenes: la propaganda, el control y la manipulación. Pertenece a ese mecanismo que se ha desarrollado para someter voluntades y criterios
Es un mundo donde impera la fuerza bruta del músculo y la pólvora, donde los prototipos de heroicidad no evidencian demasiadas diferencias de los marginales, criminales y facinerosos. Con equivocada simpatía los bandoleros pueden ser adalides
Los representantes de la ley desenfundan sus armas con la misma sutil celeridad que los delincuentes, mientras los proyectiles se incrustan en las carnes blandas de sus víctimas y el vibrante sol del mediodía resplandece en la metálica placa prendida sobre su pecho.
Los malhechores, por su parte, matan por placer, por hedonismo, derraman sangre por nimiedades. En la contraparte de esta conducta se vislumbra la necesidad de castigo, cuando busca pleitos con quien represente un enemigo de importancia. Vive para eso. Manchado ya por el tizne de la demencia, se lanza a la búsqueda de un redentor que le libere de las cadenas de la violencia.
Siempre se destina un espacio para las escenas de violencia de género, étnica o socioeconómica. Ser indio, negro, mujer o inmigrante es una frágil condición en estos territorios. Si no es la sumisa esposa de un granjero, la mujer es la amante del bandido o la alegre alternadora de la cantina, donde vaya usted a saber qué comportamiento han de haber observados los vaqueros ebrios hasta el copete.
Por su parte, el negro o ha evadido la férrea vigilancia de su patrón en una plantación algodonera del sur o en su afán de integrarse debe tolerar las ofensas de los bravucones blancos, que siempre en grupo, le lanzan escupitajos o le hacen zancadillas.
Dignos de alabanza han sido por años personajes al margen de la ley como Jesse y Frank James, William H. Bonny (Billy the Kid), Tim Mcoy y otros cuyos méritos han sido desenfundar el revólver con solvencia y puntería.
Pero el blanco, heredero de la sangre anglosajona, paladín de la justicia de este inhóspito territorio, ha de enfrentarse con denuedo y tenacidad a otro enemigo, sagaz, cruel y pagano.
El aborigen de las llanuras del norte de América viste ropas de pieles, tocado con un penacho de multicolor plumaje, danza para atraer la lluvia y maneja con eficiencia y elegancia el arco, el hacha y el puñal. Su lenguaje es un enigma y una amenaza; sus dioses son demonios y fantasmas que rondan en las noches.
Su religión es salvaje y propicia los sacrificios. Le habla a las nubes, al viento, al fuego y a los animales. Locura ha de ser, se dicen los colonizadores, por eso es necesario someterlo por cualquier medio con cualquier recurso.
Todo lo anterior y muchas otras variables pertenecen a una sistemática campaña de exterminio que se ha conocido como la conquista del Oeste. Esta ha sido la última proeza, la postrera epopeya de la etnia blanca. Como justificación articula las palabras progreso y desarrollo.
Cultura que se impone, pensamiento y principios que someten, tecnología que derrota y esclaviza, contra la pared se encuentran los indios, frente a ellos los fusiles y los batallones. Los clamores de los indígenas son acallados por los disparos y sus cuerpos masacrados son lanzados a fosas comunes sin identificación.
Los vaqueros son los chicos buenos, los indios son los diabólicos entes de extrema crueldad que arrancan las cabelleras de sus víctimas con un tomahawk y la cuelgan como trofeo en sus tiendas y lo que hacen es tan solo apropiarse de un ritual de muerte inventado por el blanco.
Arrinconados en zonas bajo el control del ejército se adelantan a las víctimas de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Son embrutecidos por el licor, medio por el cual evaden el terrible mundo al cual lo han empujado las hordas de los nuevos bárbaros.
Estos conquistadores son en realidad racistas y xenófobos, son brutales y crueles y no dejan de expresar orgullo por su malevolencia, por su capacidad de destruir y asesinar.
Maniqueístas como son no tienen reparos para distribuir desazón y miedo entre el avasallado sioux, el místico cherokee o el disciplinado apache. Estas historias cinematográficas han de haber sido pensadas para indigentes neuronales, tan solo levemente estimuladas por la proverbial presencia de un irracional héroe solitario.
Tal vez este tipo de exhibiciones haya sido una de las más eficientes recetas para proclamar la virtud de un grupo étnico y de una cultura. No muy lejos han estado de parecerse a los nazis y los fascistas… creo que los superan.
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Roderick Guzmán Meza


