Ángeles en el Fango
11.07.07 @ 22:17:37. Archivado en Cultura, Política
En todo el mundo, en todas las épocas hasta ahora vividas por esta masa a la que llamamos humanidad, los más débiles han sido objeto de tropelías, violencias y abusos de toda naturaleza y son los niños los que peor salen librados de esta acometida de la indigencia moral y el arrebato mercantil.
Los pequeños son obligados a trabajar porque su hogar es un desastre, porque los pocos recursos se desvanecen en la humareda de la vorágine consumista y la satisfacción de las necesidades primarias.
Algunos se aprovechan de su situación y con la excusa de proporcionar una forma de obtener recursos para resolver los problemas más urgentes, crean una legión de disimulados esclavos en los campos, en las fábricas y en los más sórdidos sitios de decadencia y corrupción.
Pero los gobiernos también forman parte de esta horda de caníbales con su actitud tolerante, con su interminable y fatigosa fórmula de elaboración de leyes, bajo el supuesto de defender la integridad física y espiritual de los menores.
Lento es el trabajo de los políticos, absurdas son las excusas de la dilación, mientras los niños y niñas sucumben entre las fauces de monstruos como la desnutrición, la enfermedad consecuente, el ultraje y la violencia.
Mucho se habla sobre las causas de la pobreza y poco se concluye, a menos que sea una perorata santurrona de especialistas ante un auditorio embebido por la retórica y momentáneamente hipnotizado por el momento de humanismo teórico que se vive en un amplio y acondicionado salón, cuyas paredes han sido tachonadas con carteles alusivos.
En nuestro concepto, la pobreza proviene de la desigualdad en el acceso a determinados ámbitos como podrían ser la salud y la educación. Sin duda, estar al margen de estos inalienables derechos promueve la ausencia, las carencias y los vacíos de la existencia.
Esta desigualdad arrastra como un alud a todo lo que encuentra ante si. Es una firma sobre una condena y promueve una forma diferente de esclavitud.
Así, los niños y niñas con padres pobres o paupérrimos deberán insertarse en el mercado laboral para aportar a la causa común por la subsistencia, pero terminarán siendo tan o más pobres que sus progenitores ya que traen consigo el estigma de la mala nutrición compartida y el analfabetismo.
La Organización Internacional del Trabajo ha manifestado que “el trabajo infantil es un pacto con el diablo que los pobres se ven obligados a llevar a cabo para lograr una pequeña dosis de seguridad inmediata; es a la vez un resultado de la pobreza y una manera de perpetuarla”.
Por su parte, la UNICEF ha registrado en uno de sus informes sobre el tema que “la mayoría de los niños y niñas son pobres y la mayoría de los pobres son niños y niñas”.
Esta sociedad de repuntes tecnológicos, de adelantos en casi todas las disciplinas no ha podido aún erradicar los bolsones de extrema pobreza en los países por debajo de la línea ecuatorial y en latitudes diezmadas por colonialismos, depredaciones mercantiles y de los recursos naturales.
Los niños y niñas tienen derechos y uno de los que debería resplandecer es el de no trabajar. Su inteligencia aún no tiene capacidad de comprender la ignominia a la que son sometidos de forma denigrante, pero su alma resiente el abuso.
Estadísticas de la UNICEF señalan que tan solo en el continente africano, unos 200 mil niños y niñas han sido vendidos como esclavos para concurrir a los sembradíos a esparcir pesticidas que después dejarán en ellos huellas imborrables como la esterilidad, el asma, tuberculosis y otras de similar factura.
Así mismo, continúa el informe de la organización internacional, se ha logrado establecer que los pequeños de ese continente son conducidos por los mayorales y capataces a las plantaciones de cacao para participar en la cosecha a cambio de misérrimos estipendios.
Igualmente, en la India, se dice que existen al menos 100 millones de pequeños obligados a trabajar en el peligroso oficio de fabricación de cerillos y fuegos de artificio.
Desde los cuatro años estos y estas menores son empujados al redil del sacrificio, atrás quedan los sueños y las ilusiones; utilizados como objetos desechables, sirven pagar las deudas de sus familiares, comprometidos a su vez para intentar paliar la agobiante situación de estrechez económica en la que se encuentran sumergidos.
Mientras tanto, la Organización del Trabajo ha manejado escalofriantes cifras que señalan que unos 300 millones de niños y niñas trabajan en el mundo. El censo establece que entre los 5 y 14 años en números redondos se alcanzan los 200 millones.
Degradados a la condición de fichas de un tablero laboral despiadado, los niños y niñas terminan por sucumbir a otros males de igual o peor calibre como lo son la drogadicción, el alcoholismo, la prostitución, la delincuencia y la mendicidad. Muchos de ellos y ellas son sometidos a terribles golpizas si no responden a las peticiones de los esbirros de la perversión y la lascivia.
Este panorama es desolador. La tarea es singularmente difícil, pero con voluntad y firmeza debemos enfrentar esta aberración que destruye el futuro y despedaza el presente como una flor pisoteada en una estampida.
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Roderick Guzmán Meza


