La reencarnación a través del ADN
30.05.07 @ 21:42:38. Archivado en Literatura, Ficción
Cierta tarde, casi caía el crepúsculo, un grupo de amigos conversábamos sobre muy diversos asuntos, cuando después de habernos intoxicado los hemisferios cerebrales intentando comprender la política de nuestro país y del entorno regional alguien, como en un acto de revelación, propuso que la plática se inclinara a desgranar lo que sabíamos sobre la reencarnación.
En los recovecos de mi memoria se iluminaron algunas celdillas, algunos arcones oxidados donde se encontraban archivadas lecturas, sueños, miedos, terrores, reflexiones sobre la naturaleza de la muerte, al miedo que esta palabra produce en el espíritu, muy en particular el propio agobiado por cinco décadas a cuestas. Poco hubo del regreso del alma al ruedo de la acumulación de experiencias dentro de una estructura biológica, casi nada de religiosidad ni de premios ni castigos.
Como siempre, tengo la costumbre de soltar amarras y dejar la imaginación suelta sobre la corriente, a merced de los vientos y de las tempestades. Vislumbré de pronto millares de criaturas traslúcidas y fantasmales encapsuladas en una burbuja de cristal azul. Colocadas dentro de nichos pulidos y resplandecientes como el zafiro, las entidades estaban organizadas, no por sus virtudes o defectos, ni por sus merecimientos ni puniciones.
Al parecer se transmitían información genética. Pequeños corpúsculos en cuyo núcleo se encontraba la herencia eran introducidos en las formas espectrales sin rostros ni identidades a través de un traslúcido cilindro.
El tiempo no era importante, ni las experiencias como forma de crecimiento o evolución hacia formas superiores de la existencia. Tan solo se intentaba preservar a través de esta inoculación toda la información sobre la especie, luminosidades, chispazos, expresiones eléctricas que habrían de estimular los recuerdos, los hábitos, los instintos y otras estructuras del proceder humano.
Apareció de pronto un pequeño ensayo escrito por Jorge Luis Borges sobre Edward Fitzgerald, escritor, traductor, poeta e hispanista nacido en Inglaterra en 1809 y muerto en 1883. El texto de Borges comenzaba explicando que en el siglo XI de la era cristiana, el quinto de la Héjira, había nacido en Persia, Omar Kayán.
Tenía el conocido poeta y matemático dos amigos inseparables, Hassan ben Sabah y Nizam ul Muluk, con quienes compartía aventuras y desventuras, pasiones y sueños, ilusiones y ambiciones.
El primero de ellos, años más tarde fue el fundador de la secta conocida como de los Hashishin o los Asesinos. Este grupo inhalaba la niebla tóxica del hachís y por esos dinamismos y curiosidades del idioma, de la hierba alucinógena se emparenta con los homicidas.
Los tres amigos juraron que si alguno de ellos lograba fortuna, debería favorecer a los otros dos. Pues bien, esto ocurrió con el paso de los años, cuando Nizam alcanza la jerarquía de Visir.
El poeta Omar tan solo le pide un rincón para escribir sus versos y para imaginar ecuaciones matemáticas que le permitieran descifrar la razón de los movimientos del universo. Hassan pide un alto cargo que obtiene, pero alevoso y perjuro asesina al visir conforme a los dictados de su avaricia y su perversidad.
Sufre entonces Kayán la muerte de su amigo, el dolor es grande pero más lo es su atracción por los misterios del éter, mucho más su sensibilidad por la palabra y sus variaciones estéticas.
En la soledad de su claustro, Omar conoce los pensamientos de Plotino (Platón) y entra en contacto con Pitágoras, de quien recibe las primeras incertidumbres sobre la supervivencia del alma humana y sus tránsitos por la vida material, degradándose sin la reserva del conocimiento de la existencia previa a formas de vida inferiores.
Ahora un brioso corcel, luego una golondrina o un pez; nada les impediría ingresar en las revoluciones de esta rueda que también podría hacer escala en una veta salina, en un alga o en una avispa o hasta en un gusano.
Siete siglos más tarde, Fitzgerald ve la luz en la isla británica. Resplandores y sombras, batallas y cataclismos han ocurrido. El mundo establece ciertas concordancias, el universo depura el horrísono caos y le otorga serenas armonías a la expansión del diámetro de sus esferas.
En ese lapso de vértigo, en esa amplitud donde han surgido y caído imperios, saltan de un individuo a otro, el género no importa, la infinitesimal molécula, la invisible espiral. Se inserta ahora en un guerrero, luego en una meretriz o en un bufón, porque su camino no permite distracciones hasta alcanzar la veta oscura donde ha de germinar otra vez en poeta.
En un infinito espacio, cuerpo tras cuerpo, el ácido de la vida vaga dentro de su cápsula de cristal mientras se conforman las circunstancias y los hechos que habrán de sustentar el encuentro entre dos químicas similares, una transmisora y otra receptora, entre dos corporaciones o ejércitos de átomos delineando la materia, cuya masa ha sido difuminada con anterioridad y sin misericordia por el tiempo y la muerte.
Cierta alquimia secreta se conjuga en el éter y se estimulan los encuentros. Fitzgerald es poeta y en momentos de soledad, trabajado por la pesadumbre y la tristeza, descubre la obra de Omar Kayán, las Rubaiyat. Para descifrar sus misterioros arabescos persas y para interpretar su esencia se vale de la lengua clásica, el latín y no de las incipientes armonías del inglés. Vierte sobre el papel la sensibilidad y la pasión del poeta matemático y de pronto se siente impregnado de esa esencia nacida siete siglos antes en el Irán.
¿En qué momento se encuentran estos invisibles circuitos? ¿De qué manera uno le transmite su eléctrica pulsión al otro y le convierte, no solo en su amanuense, sino también en su continuidad material, en su reencarnación?
Tal vez Omar Kayán pervive en esas células que estimula la corriente biológica de Fitzgerald y la energía no proviene de ningún espíritu en latencia mientras se integra el receptáculo orgánico que le alojaría para cumplir los propósitos desconocidos de la vida.
No lo sabemos. La charla con los amigos siguió por derroteros algo insípidos. Obtuvo protagonismo Dios y los ángeles, los demonios y hasta las interpretaciones menos sesudas comenzaron a desgranarse en una orgía de reflexiones filosóficas y bacanales especulativos.
La humanidad es inmortal, no el individuo. El hombre y la mujer no se salvan de la ausencia y de la nada, pero la especie lucha por sobrevivir transmitiendo ese corpúsculo de microscópicas dimensiones generación tras generación. Esto sería una forma de comprender que más allá de esta densidad corpórea en la que hoy nos encontramos inmersos no existen fuerzas creadoras, no puede haber esencias infinitas observando nuestros pasos con una balanza sobre la mesa de los premios y los castigos.
Estas reflexiones del maestro Borges, permitían la libertad de interpretación, el camino quedaba libre para especular y dar nombre a las hipótesis y las teorías. Nosotros nos hemos detenido a imaginar al ADN y al espiral abecedario que lo explica, interpreta y nombra, como el verdadero asiento de la eternidad, la fórmula con la que la especie evoca la supremacía y la ejecuta.
Comentarios:
No me extraña, por tanto, que deba haber una base tangible en la que se manifiesta esta transmisión de una herencia que posibilita que una personalidad que vivió en una determinada época, pueda volver a encarnarse y vivir en otra. Pero no me parece que esto ocurra sólo en un sentido material del ser, sino que, puesto que la persona es una combinación de materia y espíritu, para mí indisociable (es decir, con una interacción manifiesta), pienso que tiene mucho que ver la evolución tanto a nivel físico como psíquico de una persona en concreto, que transmigra a través de la historia de la humanidad en aras de su aprendizaje y consecuente evolución. Y que, actos realizados en ...
Pero esta teoría que aquí se expone no tiene en cuenta la ley kármica, que a mi modo de ver, está íntimamente relacionada con el asunto de la reencarnación.
No dudo de que esa transmisión de la esencia pueda, por así decirlo, ir grabada en algo material, tangible y visible...
En épocas pretéritas, esta forma de comunicación que nos resulta
tan familiar hoy día, como puede ser a través de Internet, hubiera podido
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Roderick Guzmán Meza


