El Dublín de James Joyce
25.05.07 @ 21:49:03. Archivado en Cultura, Literatura
La historia siempre ha sido la relación de hechos trascendentes, situaciones y condiciones bajo el control de quienes mantienen su hegemonía sobre el sistema político y ostentan el poder tangible. Está llena de proezas, de héroes y heroínas envueltos con las indumentarias de la grandeza. Los vapores del tiempo no los incorporan a su transparente sustancia porque se preservan en la memoria de la colectividad como parte de una verdad inapelable.
Pesada carga la de los cronistas es recordar cada suceso para ofrecerlos en un recuento de los hechos y avatares. Por tanto, se impone la selección de lo más relevante y sustancial. Los grandes hombres y mujeres surgen de los escombros humeantes de las epopeyas y de los mágicos movimientos del ego engrandecido.
No había poeta que le cantara al legendario periplo de los mediocres, de los numerosos y anónimos protagonistas secundarios que nacen, se alimentan, copulan, adicionan más individuos a la masa y luego dejan el mundo en el más estremecedor silencio. No existía un bardo capaz de tañer su lira para cantarles a los anónimos.
En la oscuridad de las buhardillas, en el desorden de los cuchitriles, en las aceras, en los parques ante los bustos de los próceres que alimentaron la historia, en las estaciones de trenes y autobuses donde la muchedumbre se moviliza como un solo monstruo multiforme, en los sitios de esparcimiento, en los caminos, en las oficinas, en las habitaciones, en los lugares más comunes y corrientes, se escriben a cada momento infinidad de historias, hechos fragmentados que no son incorporados a la tradición.
En este mundo de fraccionados contextos, de individuales concomitancias diarias y domésticas, no se había encontrado jamás el elemento nutriente de la inspiración y la imaginación del artista, del poeta, del escritor.
James Joyce descubrió este valor del parroquiano, del ciudadano de a pie, ni torpe ni genio, ni súmun ni escoria, esa magnificencia del individuo rutinario, con sus vicisitudes y tragedias personales, con sus potenciales hazañas heroicamente caseras destinadas a la clandestinidad y logró moldearlo con de la mano de su numen, de su eléctrica mirada casi nebulosa.
A través de las piezas cortas expuestas con singular maestría en su Dublineses, con el pincel de su prosa, dibujó esos gestos antes imprecisos, relegados al apuntalamiento las bases de las plataformas y no al esplendor del escenario, esas posiciones desconocidas, esos acentos inaudibles, esos movimientos de la organización ignota que es la ciudad.
Dublín, la segunda ciudad en importancia de la Gran Bretaña, era ese animal ignoto que se intuye en las sombras. Sus ojos resplandecían en lo profundo de la cueva húmeda de la indiferencia. Sus monumentos, edificios, parques, puertos, iglesias, tabernas, esquinas, callejones, cobertizos, estaciones, lupanares y suburbios habían sido establecidos para vivir relegados ante la presencia de la gran urbe de la Londres magnífica.
Pero todas las tradiciones gaélicas se encontraban en efervescencia cuando aquel dos de febrero de 1882 nació James Joyce en Dublín. En ese instante confluyeron con la aparición de ese espíritu de independencia y rebeldía para estimular la futura proyección de la vida de la metrópoli y su identidad sometida por las crónicas históricas a un horrísono provincianismo.
Este hombre que gustaba del vino y de las opíparas cenas, que cantaba con una excelsa voz de barítono, era producto de una herencia genética y cultural de las cuales habría extraer las nuevas formas de la novela, con su compleja construcción tomando como base esencias oníricas, pensamientos individuales y secretos psicológicos para poder elevar su catedral literaria hasta alturas infinitas.
Si bien el Dublín al que hemos tenido acceso, ya sea por visitas personales, por exposiciones documentales o folletinescas, posee esa magia cautivante, ese carisma grandioso, tan solo era una criatura helada, plana, sin dimensiones, un recuadro iluminado a medias por antorchas a punto de extinguir su luz.
Le toca a Joyce aportar ficción y fantasía para ofrecernos una perspectiva novedosa de la ciudad cansada y desajustada por el enfrentamiento secular y religioso, humeante y desolada después de la ira y el desenfreno, de la sangre derramada y los cuerpos pisoteados.
Soñó Joyce con una entidad vital y energética, con un emplazamiento de luces y tinieblas donde las criaturas fueran simples o grandiosas en su normalidad, donde cada momento estaba precedido y sucedido por verdades y mentiras, como lo es todo, como es todo lo que se ha construido en este universo ficticio de los seres humanos y esas imágenes perduran todavía con sus enigmas, con sus herejías y sus silencios.
En Dublineses exprime toda la sustancia de la que están hidratadas las existencias de los lugareños. Cada escena es un orbe de altibajos, de estremecimientos de conciencia, de dolor y de angustias, de simpatías y efusiones, pero escondidos tras un cortinaje de cotidianeidad.
La Irlanda de los duendes y los embrujos, el país donde comienza el arco iris se convirtió en un cosmos de interminable movilidad, un caudal en ebullición. Allí prefiguró su nacimiento, su culpa, su condena y su redención. Nace con Dublineses, se carga de culpa con el Retrato del Artista Adolescente y se redime con Ulyses; entra a un solitario parnaso, ni limbo, ni infierno, ni paraíso con Finnegan´s Wake y sus ininteligibles procesos de comunicación.
Termina su vida ciego. Es el Homero celta. El aedo inseguro que camina por la ciudad blandiendo su bastón y lanzando insultos a los fantasmas, vociferando contra los gnomos, los elfos y las hadas que lo acosan mientras sobre su cabeza flota una nube.
Para lograr su ingente tarea, Joyce se valió de esa prodigiosa memoria verbal, propia de los grandes creadores literarios, de los alquimistas de la palabra. Reparó en cada cosa, en cada color y forma, pronunció los nombres de sus vecinos como fórmulas rituales y captó el mínimo detalle de sus sonidos.
Podríamos decir, para concluir, que Dublineses es una colección de cuentos, de historias separadas, pero concatenadas por el sentido y la similitud de sus argumentos. Pero el personaje no son los protagonistas de Los Muertos, ni de Arabia, ni de Las Hermanas, sino Dublín. Nos queda a nosotros la deuda de volver a escribir sobre el James Joyce de Ulises.
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Felicidades
Tabucchi
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Roderick Guzmán Meza






