Delincuentes incendian barrio
22.03.07 @ 20:24:31. Archivado en Cultura
Un incendio de dimensiones colosales consumió parte del barrio marginal conocido como Curundú, en el cordón periférico de la ciudad de Panamá, durante el amanecer de este miércoles 21 de marzo.
Este Curundú es una de las áreas rojas de la capital del país y allí se hacinan cientos de personas de exiguas condiciones socioeconómicas.
Durante los últimos años, este sector adyacente a la antigua zona del Canal se ha visto azotado por una epidemia delincuencial incontenible y, al parecer, aún sin remedio.
Su población es mayoritariamente una mezcla de tipos negroides, indígenas y emigrantes del interior del país. Entremezclados, han configurado una combinación de mestizos, cholos y zambos.
La mayoría de sus habitantes son ejemplos de voluntad, de tenacidad, de laboriosidad. Día a día enfrentan su mundo de carencias con un estado de ánimo emparentado con el estoicismo.
Muchas mujeres son madres solteras, sin forma de ganarse la vida, dedicadas a actividades de carácter informal como la venta de lotería clandestina, comida, refrescos y otras.
Por su parte, los hombres realizan diversas labores para mantener a sus familias. Pueden ser albañiles, electricistas, fontaneros, boxeadores, policías y algunos se dedican a actividades no muy remunerativas como el reciclaje de metales y botellas de soda.
Pequeñas casas de madera construidas sobre vigas de cemento, bajo cuyas estructuras surcan negros caudales de aguas de excreta, fueron borradas del mapa por esta deflagración que tuvo un insólito inicio.
Dos pandillas se enseñorean en el área: “los niños sicarios” y los niños de la tumba fría”. Estos dos grupos de marginales se disputan la hegemonía del barrio y se enfrentaron por enésima ocasión para aclarar esos asuntos propios de sus intereses: drogas, territorio y venganza.
Uno de los líderes de estos consorcios del crimen fue abatido a balazos hace algunos días. Su cuerpo fue encontrado en unos pasadizos laberínticos, circundados por casuchas enclenques y por cerros de desperdicios olisqueados por los perros y los gallinazos.
Las acechanzas comenzaron al día siguiente de la muerte del delincuente y culminaron cuando dos antisociales, apostados frente a la casa donde residía uno de los supuestos asesinos, lanzaron sendos cócteles de Molotov contra la vieja estructura de madera.
Las llamas se propagaron con una pasmosa celeridad en una crepitante danza de muerte. El viento soplaba con fuerza. Eran las tres de la madrugada. Pronto un círculo de casas se había desvanecido, mientras sus moradores intentaban infructuosamente extinguir las feroces flamas y rescatar sus pocas pertenencias.
Al llegar los bomberos el agua de las tuberías no podía ser impulsada por una eficiente presión, llegaba con escasez al nicho infernal y no podía ya impedir el avance de las llamas. Los lugareños debieron recurrir a las atascadas aguas negras que surcan como laguna Estigia el paupérrimo perímetro.
Tres personas fallecieron. Dos niñas y un niño. Una de las muertas, de catorce años, era una minusválida intelectual que intento socorrer a los otros dos menores. El humo y el fuego minaron sus frágiles resistencias. Al final nada quedó de ellos, salvo astillas de huesos, al menos eso adelantaron los facultativos.
Los pandilleros se mantuvieron en esta Gehena prestos a intervenir para frenar cualquier intento de rescate por parte de los grupos especializados. Impedían a los bomberos apagar el fuego. Con armas hicieron que los camisas rojas desistieran de su abnegada labor y se retiraran hasta que apareciera la policía y los detuviera.
Después, la mitad del barrio se había convertido en una inmensa hoguera. Lenguas de fuego lamían la noche, las estrellas se hundían en el oscuro firmamento. Finalmente, solo cenizas humeantes, escombros, llanto y dolor.
Lo anterior ha exacerbado a la ciudadanía, ha colmado la paciencia. No es raro el combate entre bandas rivales a plena luz del día, en medio de la ciudad, ante la mirada estupefacta de los parroquianos. Sin embargo, la provocación de esta deflagración ha rebasado el último nivel de comprensión al que puede aspirar la civilidad.
Jóvenes y niños pandilleros se han convertido en una verdadera pesadilla. Nadie les puede sustraer de ese mundo donde la muerte es la única escala, donde la invalidez viene a convertirse en un estado idílico y la incapacidad no devalúa sus méritos de continuar inscrito en la agenda de los gangsters.
Las leyes son inoperantes, frágiles piezas de cristal sobre bases de alambre. Los malhechores quebrantan las leyes y estas mismas normas les permiten salir impunes de las cárceles, tan solo por ser menores de edad. La interpretación de los reglamentos que rigen la sociedad ha permitido toda clase de incongruencias que favorecen a quienes comenten delitos.
Los malandrines quemaron su propio barrio. ¿Cuánto de karma y de factura puede derivarse de esta tragedia? ¿Cuánto de injusticia y estulticia existe en esta siniestra operación?
Fueron 137 las viviendas borradas, más de 700 personas que se ponen en manos del gobierno para recibir ayuda, albergue, comida, ropa y otros. Ellos han quedado reducidos a la mínima expresión, ya sin nada, ya sin espacio vital para desarrollar lo poco que queda de si mismos.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/82868
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Pienso que habría que buscar otros culpables, diferentes a los autores de este crímen salvaje. Otros culpables que, seguramente, ni pasan hambre, ni necesidades materiales, ni carecen de educación, aunque tal vez sí de escrúpulos.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








