Thomas Stearns Eliot
20.03.07 @ 20:30:00. Archivado en Cultura, Literatura
Thomas Stearns Eliot fue uno de los poetas más influyentes del siglo veinte. En su personalidad se conjugaban algunas polaridades sutiles y extrañas. Era un sujeto culto, pero oscuro, un caballero a la usanza inglesa, pero nacido en San Luis, Missouri, en los Estados Unidos, que se ganaba la vida como empleado de un banco. Pertenecía a una distinguida familia de Nueva Inglaterra, era hijo de un negociante y de una poetisa. Estudió en Harvard, la Sorbona y en Oxford.
Ejerció varios empleos, entre ellos podemos destacar el de profesor, subdirector de una revista literaria llamada Egoist, además del ya mencionado en una entidad bancaria. Contrajo matrimonio en 1915 con Vivien Haigh Wood, pero la relación se disolvió debido al desequilibrio mental de su esposa.
Su primera obra de relevancia fue Canción de Amor de J. Alfred Prufrock, donde empleó imágenes de la vida de ciudad, de los entresijos de los momentos de la urbe, aprisionados por el movimiento, por la desazón, por la decadencia y la desesperación.
Además de poeta fue crítico literario y dramaturgo. Su obra más famosa fue Tierra Baldía, una de las más relevantes piezas de inicios del pasado siglo. Fue su magno trabajo, su pieza de orfebrería realizada con dolor y sutileza, con lucidez y tormento.
TS Eliot no utilizaba una forma permanente o regular para componer su obra poética. En pocas ocasiones recurre a la rima y sus piezas teatrales utilizan los diálogos en verso de manera libre para expresar el pensamiento y las ideas de sus personajes.
Bebe de diversas fuentes para conformar su obra poética. Encuentra en la Biblia elementos de composición que hace renacer en sus versos. La filosofía le permite encontrar sentido a sus premoniciones estéticas, la historia le conduce al entendimiento del pasado como fundamento sustancial para la comprensión del presente y la proyección del futuro, la antropología le proporciona perfiles culturales de innumerables pueblos y sus sensibilidades creativas.
Todo este bagaje se torna erudición. Su conocimiento de las culturas orientales le permiten establecer oposiciones con el acerbo occidental, los declives, los ascensos, la luminosidad y la oscuridad, la quietud y la turbulencia.
Eliot es un autor eminentemente de cálculo. Cada palabra, cada frase, cada verso se encuentran en el lugar preciso. Cada elemento lingüístico precede y sucede al propicio vocablo, a la justa voz. Es frío y cerebral. Su mundo está formado por una gélida belleza que logra traducir en exquisitos ritmos poéticos, donde nada sobra y nada abunda.
Medita y calcula las consecuencias del uso de las palabras, la ubica en el riguroso sitial donde logrará el efecto deseado, donde saltarán tímidas chispas de un relámpago silencioso o susurros en mitad de la madrugada mientras el rocío perla las hojas de los árboles y humedece "la tierra baldía".
No obstante la fina escritura, la delicada punción en el espíritu, la obra de Eliot tiene una fuerza telúrica debajo de su serena intelectualidad. Las imágenes circulan sobre líneas precisas en rápida continuidad, llevando su carga de sensibilidad hasta rozar las fronteras de la última realidad de un mundo delineado por la decadencia y la decrepitud.
La poesía de Eliot es un lienzo abierto, desplegado sobre el embaldosado de una habitación iluminada y desnuda. Sobre este espacio escribirá y desarrollará su idea de la belleza, sobresalida entre las aristas y los peñascos que su estilo depurarán.
El artista podrá manifestar humor, un brillante estado de ánimo surgido de la esperanza, de cierta visión dogmática flexible, para después surgir aherrojado por el arrepentimiento y el pesimismo. En un mismo texto, Eliot puede deslizar versos de sublime belleza y también de un sacrílego horror y de una suciedad patética para describir la sociedad donde vive; cualquiera de sus textos podría desgranarse hasta la abulia y el vacío de criaturas sin horizonte.
No es fácil leer e interpretar a Eliot. Crea con las palabras un entresijo de exégesis no pocas veces hermético. Sus vocablos pertenecen a la dimensión de la más alta manifestación cultural y el extenso conocimiento, poco accesible para la masa desprevenida. Cada dispositivo aplicado a su poesía delinea seres y objetos que pertenecen a su mundo interior, imposibles de ser percibidos desde un ángulo diferente al del creador.
El oscuro empleado bancario, poseedor de amplísima cultura de proporción universal logra con las palabras más vulgares puestas en bocas de meretrices expresar un estado de elevación inusitado y alcanzar cimas de belleza inaccesible para poetas menos exquisitos.
Ejerce control sobre los giros del idioma al servicio del poema. La rapidez, la aparición de luces y tinieblas dentro del texto son manejadas con la elegancia del mago. Eliot es capaz de saltar a otros idiomas como quien brinca sobre charcos, para develar los colores detrás del cortinaje de su circunspección.
Con los verbos rompe los cristales de la rutina, hace saltar en pedazos de manera inesperada un carruaje adornado con plumas para convertirlo en un bólido de fuego sobre un pavimento rústico.
Eliot se asoma al balcón de una torre de Babel desde donde lanza su garrulilla de verbos, sustantivos, casi sin darle espacio a la adjetivación, como quien apenas crea el mundo a partir de su propia fantasía.
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Roderick Guzmán Meza








