Los Laberintos de William Faulkner
15.03.07 @ 21:42:34. Archivado en Cultura, Literatura
William Faulkner es en muchos aspectos un escritor complejo. Su estilo no le concede espacio al lector. Cada página lleva el peso específico de un bloque de laberinto. Pero es un autor grande, de proporciones épicas son sus obras y para nada debe ser ignorado por las generaciones actuales y las futuras.
Fue integrante de una familia de acaudalados, terratenientes, hombres y mujeres del sur, delineados con sus falencias y sus vicisitudes. Alejados un tanto de la realización de las jornadas reivindicativas actuales, no dejan de pertenecer a su mundo de suspicacias, de prejuicios y de ciertas intolerancias.
De este germen, de esta savia surge, sin embargo, uno de los escritores de mayor importancia en la historia de la literatura estadounidense, el creador de un mundo emparentado con lo fantástico, con las amplitudes y opresiones de un bagaje todavía lejano de los cambios.
Los críticos no fueron muy consecuentes con su primera publicación El fauno de mármol, aparecido en 1924, así como La paga de los soldados en 1926. Dos intentos de alzarse sobre la masa pululante de escritores que por esa época apuntaban hacia las estrellas, pero que con seguridad eran lanzados hacia los barrizales.
Faulkner tenía fe en su trabajo, en su capacidad de observación, en su ingente memoria, en sus relaciones con el idioma. Vino después El ruido y la furia en 1929, novela en la que por primera vez utiliza el monólogo interior como base y sustento de su actividad creadora, también incluida en la agenda de trabajo de otro grande de la literatura James Joyce, a quien en su momento le dedicaremos un texto.
Ese acto de introspección revela la intimidad del personaje, representa la expresión psicológica subyacente, escondida en una dimensión sombría donde no ha llegado antes la mirada sorprendida del lector. Se ilumina la motivación del protagonista y los satélites que le rodean. Se logra comprender ese impulso, esa palabra, esa actitud, relegada a la interpretación más aguda y a la contemplación.
Con la novela Sartoris, Faulkner comienza el ciclo de novelas y relatos, cuyo centro será descrito físicamente en el imaginario condado de Yoknapatawpha (tal vez un anticipo del Macondo de García Márquez), con sus estrafalarios habitantes, con sus excéntricos personajes.
Así recrea la atmósfera del sur de los Estados Unidos, su resistencia a los movimientos impulsados por la industrialización y el mercantilismo. Abismados aún en su condición de región agrícola, este cuadrante geográfico ha sido una expresión de anti valores e intransigencia.
Vinieron después Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón!, Las palmeras salvajes, Intruso en el polvo, así como también los cuentos de Idilio en el desierto y Desciende Moisés.
Todas estas piezas complementan el estilo de este autor y le elevan al parnaso de las letras norteamericanas y universales. Rompe paradigmas con su fantástico mundo poblado de criaturas reales y fantasmas, de vacíos existenciales agobiantes y de relaciones disímiles y antagónicas que se mantienen unidos, precisamente por sus antagonismos.
La totalidad de su obra fue reconocida por la crítica mundial, a pesar del incierto comienzo y las detracciones. Faulkner recibe en 1949 el Premio Nóbel de Literatura y se reafirma el nivel ya clásico de su trabajo.
En pocas ocasiones, Faulkner es fácil de leer. Se instala en cualquiera de los niveles o puntos de su narración sin previa anunciación de haber torcido el sendero, de haber tomado un atajo para alcanzar la cumbre de una situación o la sima de un sentimiento.
Cuenta en detalle el movimiento de sus personajes y las situaciones son desembrolladas hasta con cierta lentitud, mientras se corre el riesgo de desviar la atención y extraviar el hilo de la trama.
Su aporte permite múltiples opciones y posibilidades a la reflexión. Se acerca a diversos puntos de vista sin establecer, al parecer, afinidad con alguno, para después sorprender con su acercamiento definitivo sin haber dejado rastros.
Es como si fuera necesario utilizar una lupa, una lente poderosa para no perder el cabo en la humareda, para no desviarnos del camino a pesar de que se estrecha y nos lleva hacia impensables abismos.
De allí, de esa bifurcación se van tejiendo otros derroteros y tan pronto destripa un detalle insignificante como se eleva a altura de mareo y de náuseas para hacernos ver el todo, la amplitud de ese universo y sus variables.
En oposición a su maestría narrativa podríamos mencionar su afición por el extravío, por la evanescencia de los paisajes, por la neblina del gesto, por lo leve de la certeza. Empero, nada de esto está de más ni sobra en sus trabajos. Están allí con ese preciso sentido de propiedad que se requiere para dibujar una atmósfera.
Es un estilo grandioso que mantiene la integridad de mantener la expectativa del lector al ser impelido por las oscuras habitaciones del corazón humano.
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Roderick Guzmán Meza








