El Genio de la Luz y el Tiempo
14.03.07 @ 21:21:06. Archivado en Cultura, Historia
"Soy en verdad un viajero solitario y los ideales que han iluminado mi camino y han proporcionado una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida han sido: la belleza, la bondad y la verdad." ALBERT EINSTEIN..
Albert Einstein nación en Ulm, cerca de Stutgart, Alemania el 14 de marzo de 1879. Era tímido, retraído y disminuido, apocado tal vez por sus dificultades para hablar y su lentitud para asimilar conocimientos durante los primeros años escolares.
Su pensamiento no se encontraba en esta dimensión, su imaginación, sin duda en abierto vuelo por el espacio sideral, por las regiones inalcanzables del orbe oscuro y desconocido, no estaba identificada con ciertas disciplinas, al menos eso parecen decir sus biografías.
Sentía pasión por las ecuaciones, por esas incomprensibles fórmulas utilizadas para descubrir los misterios del universo, de un todavía invisible firmamento, tan criptográfico para los profanos. Este afecto por la exactitud de las matemáticas, le llegó de su tío Jacob, quien le hizo incursionar en los laberintos del álgebra.
Pero el genio matemático, la lumbrera cósmica instalada para iluminar su mente, también poseía una exquisita sensibilidad que le permitió entregarse al aprendizaje de un instrumento musical como el violín, a desgranar sus notas con el mismo placer con que descubría los misterios velados a los demás mortales.
Einstein logró integrar conocimientos anteriores y desde allí partió para romper cerrojos, para abrir compuertas y cortinajes, los expuso con la magia del hechicero, tradujo ese lenguaje secreto, esos arcanos inaccesibles, con la sutileza del poeta y los legó a una humanidad todavía bárbara y pedestre.
Su estadía en el nivel medio del sistema educativo no le era del todo afortunada. No tenía mucha solvencia en algunas disciplinas convencionales y era en matemáticas y física donde el genio se explayaba, donde el numen despertaba de su letargo para comunicarse en ese lenguaje laberíntico. Lo demás podía hacerlo parecer un mediocre estudiante.
En su obligado paso por Italia a los dieciséis años, a causa del descalabro financiero y laboral de la familia, pudo conocer la tradición de la hermosa y sólida cultura de ese país, donde pasaba horas en la contemplación de la obra de Miguel Ángel, que ejerció sobre su sensitivo espíritu una influencia imborrable.
Allí también se interesa por fenómenos como el movimiento a la velocidad de la luz, un enigma que al resolverlo, permitió a Einstein transformar la física y la percepción del cosmos para siempre.
Curioso es que Einstein no pudiera obtener un trabajo permanente al egresar el liceo. No tenía recomendaciones de sus maestros porque no llevó con ellos relaciones aceptables. Esto lo mantuvo en una especie de frustración letárgica hasta que él mismo ejerció como maestro dictando clases particulares.
Mantenía esa rebeldía contra estos personajes sombríos a quienes podía considerar gárgolas, medusas petrificadas del conocimiento, incapaces de enseñarle lo que le deslizaban ciertas potestades, ciertos arcángeles de luz.
Gracias a su amigo Marcel Grossman logró un puesto como experto de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna, donde pudo utilizar su tiempo de trabajo para dedicar tiempo a sus estudios sobre las propiedades físicas de la luz, como resultado de su habilidad para dominar las tareas asignadas y resolverlas con eficiencia.
Allí en esa oficina, en medio de innumerables folios, ante estanterías y escritorios repletos, bajo enormes cuadros de príncipes y archiduques, Albert había resuelto el dilema del tiempo en su ámbito laboral, sin dejar de cumplir con sus responsabilidades.
El sabio no era un tonto de capirote huidizo y patético. Durante las jornadas nocturnas, las veladas se extendían hasta altas horas de la madrugada, en medio de ruidosos encuentros, que fastidiaron a sus vecinos. Allí había de conversarse sobre un remolino de hielo y polvo espacial o sobre la ondulación de los corpúsculos contenidos en un rayo de luz.
Este hombre que acercó el conocimiento de las leyes que rigen el universo, que las tornó más comprensibles para nosotros los profanos, declinaba el ruido de la fama y prefería pasear tranquilamente por las calles solitarias, comer un helado o interpretar alguna melodía con el violín.
A los veintiséis años, Einstein publicó cuatro trabajos. Habla en ellos sobre los cuanta de la luz y con ellos explica el efecto fotoeléctrico. Uno de los más relevantes es el que trata sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, donde aparece su famosa teoría de la relatividad especial.
En 1916 da a conocer su teoría general de la relatividad, en lo que él consideró un período de excitaciones existenciales pleno, lleno de vivencias, de experiencias gratificantes.
Muchos otros aportes se derivan de los trabajos y estudios de Einstein. Este breve espacio no nos permite abarcar tan monumental obra, tan grandiosa amplitud de conocimientos.
Este judío alemán de temperamento bonachón y simpático, tuvo una intuición genial, similar a la del pensamiento de Isaac Newton. No obstante no desapareció entre las nubes como muchos de sus colegas. Su lucha por la preservación de la paz, su interés por la resolución de los conflictos de manera pacífica, le convierten en uno de los principales protagonistas, no solo de las ciencias del siglo veinte, sino también en la dimensión social y humanitaria.
Einstein es una leyenda, un mito. Su actitud burlesca en los póster son una demostración del desenfado de la conducta de alguien que se sabía un genio, pero no un ser sobrenatural que sobreviviría a la tormenta de la existencia. Como todos los humanos, le asaltaban los miedos y su natural amable no toleraba la violencia con que se utilizaba la supremacía del conocimiento.
Sin embargo, a pesar de la bondad de su corazón, de su distracción jocosa de su apego a la verdad y su benevolente excentricidad, Einstein es considerado uno de los padres de la bomba atómica que nos ubica siempre al borde del Apocalipsis.
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Roderick Guzmán Meza








