Martes Trece
13.03.07 @ 20:44:42. Archivado en Cultura
El número trece está emparentado con la mala suerte, según algunas tradiciones populares. Más fatídico es aún si coincide con un día martes, como ocurre hoy. Esto de acuerdo a las supersticiones de nuestra cultura hispana, pero en viernes si se trata del bagaje anglosajón.
Algunos han dicho que la maldad, la adversidad y la mala suerte atribuida al día martes, sobre todo trece, provienen de su relación con el dios de la guerra romano Marte, mecenas de la muerte, de la destrucción, de la emanación de sangre, la violencia y en general todas las acciones donde se ignore la paz.
Otros prejuicios destintados a fatalizar el día martes se encuentran incluidos en el refranero popular. Ya sabemos aquello de que ni te cases ni te embarques.
Por su parte, los herederos de las costumbres y tradiciones de los anglos y los sajones consideran como día de mal agüero al viernes. Es fama entre sus seguidores que lo fatídico del viernes es porque Cristo murió un día como ese.
El número 13 está asociado a todo tipo de creencias relacionada con las tinieblas, con los antivalores, con la polaridad negativa, con lo oculto, con la brujería, las artes adivinatorias, la magia, la oscuridad y lo maléfico. Entre los nórdicos se hablaba de trece espíritus del mal. En el Apocalipsis el artículo número trece es el sitio donde se hace mención al Anticristo y a la Bestia.
En continuidad con el párrafo anterior y si utilizáramos los métodos de adición, podríamos echar mano de la cifra que identifica al enemigo de Dios, el 666, sumarlo y obtener gratuita y graciosamente, el número 18, del cual a su vez, lograremos un 9 si sumamos ambos dígitos, al parecer sin relación con el fatídico 13.
Mientras tanto, el Tarot, otro famoso sistema de adivinación, cuando menciona el número trece hace referencia a la muerte. Así mismo otra tradición da cuenta que durante la Última Cena, los participantes eran trece, contando a Judas. La cifra vilmente denigrada sería en este caso el resultado de la intromisión del mal en el redil del número doce que ampara a Cristo y los apóstoles.
Las sagas escandinavas recogen algunas curiosas narraciones sobre los dioses. Se cuenta que a un banquete en el Valhalla, doce dioses fueron invitados. El espíritu de la discordia, Loki, se hizo presente en el ágape y sumado a las demás entidades celestes, el número llegó a trece. Se produjo una lucha para expulsar al advenedizo Loki y Balder, el favorito de las divinidades encontró la muerte en el enfrentamiento. Esta referencia se difundió a través de Europa.
A pesar de la era tecnológica que vivimos, del triunfo de la luz sobre las sombras, aún persiste este resabio de antiguas supersticiones en la mente del hombre y la mujer del siglo veintiuno.
Alguno se negará a reconocer que un susurro repentino le advierte sobre cierta calle, sobre cierta puerta. Otro guardará sepulcral silencio ante la visión de un gato negro y de una escalera abierta en plena calle, en tanto los cuervos vuelan hacia el este. Se sobrecogerá de espanto al romper un espejo o ver un paraguas abierto en un sitio cerrado o quizá en sutiles actos de malabarismos intentará no posar la planta de sus pies sobre las líneas divisorias de la baldos.
No dejarán de ocultar sus temores por las sombras que se expanden con la llegada de la noche, ni controlarán cierto temblor, quizá imperceptible para todos, al recibir un cupo número trece en una fila de atención pública o en el recibo por el pago en una ventanilla o el ingreso a un piso precisamente marcado con ese número.
No sé si los números poseen algún tipo de vibración cósmica, alguna recóndita energía capaz de influir en la existencia de los seres humanos. No sé si el número trece sea capaz de acumular tanta carga negativa como para ser injuriado y rechazado. Lo cierto es que toda esta parafernalia de evitar las escaleras, los gatos negros, santiguarse al pasar frente a una iglesia, colocar las escobas detrás de las puertas, lanzar la sal por encima del hombro, responde a mi parecer a la generalización de situaciones aisladas a hechos sin fundamentos racionales y no a movimientos de la fatalidad.
Es decir, si un individuo descuidado transita por una calle un día como hoy, martes 13 y se acerca sin percatarse de la presencia de una escalera abierta en cuya cúspide se ha colocado una lata de pintura y tropieza por esa distracción aislante, lógico es suponer que nada de mágico hay en ese acto y su consecuencia. Sin embargo, mentalidades manipuladas no dejan de ver un momento crucial en la relación del cosmos con las criaturas humanas, influidas por la fatídica cifra. Además, es de suma torpeza tratar de pasar por debajo de una escalera porque simplemente puede caernos encima.
Lucano, el poeta latino en la época de Nerón, decía que “los hombres temen a los mismos dioses que han inventado”. En tanto que Edmund Burke, político y escritor irlandés (país de muchas supersticiones), decía que “la superstición es la religión de las mentes débiles”. Con fina ironía, el escritor y semiólogo italiano Umberto Eco asegura que “la superstición trae mala suerte”.
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Roderick Guzmán Meza








