El Engranaje de las Máquinas de Muerte
07.03.07 @ 20:04:45. Archivado en Historia, Política
La ocupación de Iraq mueve a reflexionar sobre diversas variables ligadas a ella. Una, por supuesto, es la muerte; otras son la violencia sectaria, el territorio dividido, la destrucción sistematizada de los cimientos de una cultura y la tecnología dedicada a la violencia.
Los países que invadieron la nación árabe, comandados por los Estados Unidos, en su mayoría ricos, tecnológicamente avanzados y con una población bajo hipnosis, destinan ingentes recursos a la fabricación de armas, en constante relevo generacional de modelos, capacidades y poder.
Cuando vemos los noticiarios, nos encontramos con que los instrumentos de guerra utilizados en los conflictos que hoy se dan en el mundo, representan una evolución del poder de exterminio insospechada por generaciones anteriores.
Nos sorprendemos del nivel al que han llegado estos artefactos de destrucción masiva, el poder con que penetran los linderos de la vida y arrancan de ella cualquiera de sus modelos o especies.
Tras ellos, naturalmente, la sabiduría, el conocimiento y el dinero. Hombres que experimentan con la materia, la reducen a minúsculos corpúsculos revoloteantes en torno a un denso núcleo. El cálculo y la sensibilidad de los instrumentos para detectar y abalanzarse sobre el blanco para después tan solo dejar un montón de escombros, son asuntos de inédita facturación en la historia de los eventos bélicos.
Los recursos concedidos a la fabricación de este tipo de instrumentos de exterminio intensivo, son precedidos por los fondos para la investigación que un estado destina de sus ingresos para preparar los laboratorios de la ruina y los pasillos de la muerte, así como también los estudios de determinados efectos sobre la población y sobre el ambiente.
Fabricar bombas de racimo, inteligentes, misiles teledirigidos por computadoras, es una forma de torcer el principio fundamental de la ciencia, a saber, el beneficio de la humanidad.
Que una mente conciba la posibilidad de hacer daño, de destruir, mientras más, mejor, es indiscutiblemente un acto de barbarie, enmascarado con los brillos y esplendores del conocimiento, de la tecnología.
Destinar dineros para reforzar ejércitos no es un asunto de gratuita complacencia por parte de algún gobierno. Más parece ser el resultado de la propia violencia reflejada en sus víctimas.
Si un país fabrica armas, como lo hacen Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania o Israel, significa que su política es guerrera, no porque los enemigos simplemente les acosen, sino porque la razón de sus propias existencias parece depender de la fuerza que sean capaces de demostrar y utilizar.
Así han sido los estados guerreros desde la antigüedad. Así han sido las naciones imperialistas en su afán expansivo, en su deseo incontenible de conquista y de la ejecución de su dominio.
Dice un dicho que “las avispas tienen aguijón porque sienten ira”. Esto podría aplicarse a las naciones guerreras. Lo son porque una violencia latente sube a la superficie y necesita expandirse.
Un ejemplo de la necesidad de violencia es precisamente esa escalada brutal de los occidentales en Iraq. En una campaña que ha demostrado haber fracasado de la manera más escandalosa, los países ocupantes insisten en permanecer en ese territorio asiático ocasionando el fraccionamiento de la población, sofocando con miedo a la población y sino haciéndolo ellos mismos, permitiendo que entre los iraquíes se maten de forma tenaz.
Más de 600 mil ciudadanos de Iraq han muerto en estos casi cuatro años a causa de la violencia sectaria o de las acciones militares de los ejércitos invasores.
En diciembre del año pasado, el ocupante del Salón Oval de la Casa Blanca, en uno de sus insulsos discursos maniqueístas, aseguró que la aventura bélica había costado la vida a unos 30 mil iraquíes, una cifra veinte veces menor que los números manejados por organizaciones independientes de los derechos humanos.
De igual manera, cuando de estas cifras de muertos se trata, los gobiernos occidentales rasgan sus vestiduras y lanzan aullidos de dolor. Un ejemplo de ello es la también irracional matanza en Darfur, Sudán, donde han sucumbido a la violencia unas 200 mil personas durante un período de tiempo similar al que lleva la ocupación de Iraq.
Recordemos que la intervención estadounidense en Vietnam firmó una factura de unos 3 millones de civiles fallecidos.
Tan solo pocos y breves ejemplos. La maquinaria de muerte de los Estados Unidos y sus cofrades de la desolación se aceita cada vez con más precisión, con sutil empeño. Necesita nutrir sus engranajes a pesar del costo financiero, del costo humano y del daño a la cultura y la naturaleza.
Todo este sistema de masacres ha modificado la relación con el entorno y también ha hecho escalas transformadoras en el léxico de los medios de comunicación, algunos cómplices por favorecimiento o por omisión.
Escuchamos frases como “daños colaterales” cuando los muertos no pertenecen a objetivos militares. También se ha instaurado el uso de los términos “fuego amigo”, “errores”.
De allí que toda oposición a esta escalada bélica sea considerada y llamada terrorista. Cualquier amago de contradicción compromete, cualquier disidencia es objeto de castigo.
Estados Unidos ha participado en cuanta guerra se haya desatado durante el último siglo. Se enfrascó con España, después en la Primera Guerra y en la Segunda, para seguir en la península coreana, Vietnam, los Balcanes, no sin dejar de apoyar a los rebeldes de Nicaragua, invadir Panamá. Ahora es Oriente Medio su próximo escenario debido a las razones por todos conocidas o intuidas.
Así, no deja de preocuparnos la necesidad de estos estados de hacer la guerra y de crear enemigos. Es para ellos, en su afán de dominio y de control, no solo de los países, sino también de sus recursos, imposible contener ese movimiento contrario a las normas de la civilidad y el humanismo.
Las naciones van a la guerra por su tendencia natural a la violencia y porque a través de ella han logrado la única posibilidad de materializar su expansionismo y su existencia. No precisamente por la presencia de enemigos que atenten contra su seguridad. Ellos se encargan de crearlos.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/79348
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








