La Inextinguible Luz de Cervantes
06.02.07 @ 21:31:13. Archivado en Cultura, Literatura, Historia
Don Quijote de la Mancha no nos ha permitido ver con minuciosa atención los detalles de la vida de su autor, Miguel de Cervantes Saavedra. Cada palabra del ingenioso hidalgo, cada frase de Sancho Panza, deslucen el brillo de la lucha del autor alcalantaíno por llevar una digna existencia en medio de los escabrosos senderos por donde transito.
Es fama que Cervantes fue entre otras cosas soldado, mercader, inspector de aduanas; se hizo a la mar rumbo a Barcelona, le aprisionan piratas berberiscos y le convierten en un ínclito esclavo. Fue arrestado por abusos de autoridad, por supuesta corrupción y hasta por ser sospechoso de un homicidio.
Sin embargo, ni los cinco años pasados en el cautiverio de Argel, ni la herida en la batalla de Lepanto, ni la reclusión, la pobreza y la enfermedad, impidieron a este singular castellano cumplir con la misión deparada por las potestades celestes: construir la catedral literaria más monumental de todos los tiempos.
El gran hombre no siempre es un buen hombre. No nos extraña que tanto escándalo, tanto bullicio en su vida hayan sido precisamente consecuencia de las no muy preclaras cualidades de Cervantes, sobre todo en sus relaciones familiares y sociales.
Que un individuo sea un genio no debe asombrarnos, muchos han existido y lo continuarán siéndolo. Pero que este sujeto sea perseguido con tanta vehemencia por la adversidad, seguro no sería por la incorruptibilidad de su pensamiento y su calidad como ente creador.
Debe haber un gen hereditario en esta condición trasgresora, en este ímpetu secreto por situarse en medio de conflictos y chanchullos de toda naturaleza. El padre no le fue mucho a la zaga al hijo, según las crónicas, porque al asentarse en Valladolid, las deudas contraídas le valieron no solo la cárcel, sino también el decomiso de todos sus bienes.
Esta situación financiera era muy frágil. Propio de los audaces y los impulsivos es el riesgo y el padre del escritor, un cirujano nombrado Rodrigo Cervantes, debió sucumbir a muchas tentaciones de proveerse de manera expedita una holgada condición socioeconómica. Lamentablemente, su errado juicio resquebrajaba la tranquilidad de la atmósfera hogareña y de sus caudales.
A pesar de todo, no deja de provocarnos curiosidad que la formación académica de Miguel, quien es matriculado en el colegio jesuita de Santa Catalina, donde bebería en la fuente de la picaresca, más tarde plasmada con la precisión del orfebre en sus textos, no promoviera algún tipo de comedimiento o de cautela en la consagración personal a las empresas.
Lo anterior lo hemos escrito de pasada sin pretender ingresar en el terreno de las especulaciones sobre la herencia genética y la influencia del ambiente. Lo cierto es que dogma y credo de por medio, Cervantes anduvo por la vida, salpicado por los escándalos, sin una pizca de vocación por los altares y los orbes de luz donde moran los mártires y los santos, hasta ya muy entrado en años.
Algo ha de haber de torpeza para estos menesteres, porque en su estadía en Sevilla allá por 1564, vuelve a encontrarse de frente con el espantajo de las deudas, lo que le obligaría a retomar la senda de la trashumancia y de la mudanza.
Padre e hijo son modelados por el mismo barro, oscurecidos por un mismo sino de perturbadoras sombras. Destruidos por la banalidad de sus estrategias mercantiles, no pocas son las veces que han de estar al borde de los acantilados, perseguidos por los gendarmes y los representantes de la ley y los tribunales.
Cervantes posee un profundo valor, una necesidad impostergable de trascenderse a sí mismo en los frenesís de la gloria y el honor que han de haberle acometido. Así, de pronto un buen día se encuentra en la lista de los camareros de monseñor de Acquaviva, en Roma.
Sobre este evidente exilio, existe una posible explicación. Según cuenta una provisión real, con fecha de septiembre de 1569, se ordenaba la captura de un joven estudiante con el mismo nombre de nuestro autor, como consecuencia de las heridas ocasionadas en un duelo a un maestro de obras cuyo nombre nos llega desde ese oscuro y varias veces secular pasado como Antonio de Sigura.
Pletórico de una poderosa expresión autodestructiva, Cervantes se convierte en soldado y en la ya famosa batalla de Lepanto, recibe tres disparos de arcabuz, dos en el tórax y uno en la mano izquierda. Ese último fogonazo terminaría inmovilizándole este miembro.
Pero Cervantes, más allá del lustro de esclavitud, por encima de los desasosiegos y los conflictos, fue un sujeto con muchas dificultades para encontrar estabilidad laboral que le permitiera proporcionarse una vida al menos decorosa.
Tantos altibajos, empero, no difuminaron su imaginación, no diluyeron su materia gris ni los vuelos de su pensamiento. Perseguido por las penurias, por la desgracia, no pierde la fe en si mismo. Escribe con dificultad apoyado sobre su brazo inutilizado y muerto en la penumbra de un calabozo.
Allí ha de alumbrar su ingenio una de las más poderosas fuerzas de la imaginación. Allí ha de superar la incertidumbre, el dolor, la angustia, la depresión para dibujar con tan coloridos matices, el inmortal retablo donde hemos visto brillar la locura y la inteligencia encandilar.
A Cervantes, el final le llegó una noche de abril. Su cuerpo trabajado por la malevolencia de un impío destino, sucumbía ante los embates de la hidropesía. Ha de haber estado hinchado, endurecido, con el vientre abultado, acometido por la hipertensión y la retención urinaria provocada por uno aparato renal desarticulado.
El organismo intoxicado por sus propios humores, es abandonado por esa luz parnasiana, por esa criatura sideral que un buen día se antojó encarnar en el cuerpo de un sujeto nacido para no sentir a plenitud la delicadez de la dicha y la prosperidad.
Todo lo anterior, toda la selección de sucesos desagradables y de situaciones lamentables no han tenido otro propósito que reflexionar sobre la dimensión de la obra de este hombre, común como todos nosotros, pero tocado por la magia, por el esplendor de los númenes eternos.
¿Puede habitar un espíritu tan luminoso una humilde morada? ¿Puede la luz inundar los parajes oscuros de una mansión desolada por las penurias y el desasosiego?
Cervantes nos dejó una obra inmortal. Más allá del tiempo, su fama y su ingenio han perdurado, los siglos se desvanecen ante su gloria. El Quijote y Sancho continúan cabalgando mientras nosotros nos convertimos en cenizas y polvo.
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Roderick Guzmán Meza






